UBI TU, IBI EGO 28. ordine
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28. ordine

La noche del diez de agosto, cuando llegaron al alojamiento refugiándose de una tromba de agua que nadie esperaba aquel día, y Agatha había sido la peor parada debido a que cuando trató de esquivar que un adoquín mal colocado y este le salpicase, un coche acabó mojándola de arriba a abajo.

Cuando ya se hubo duchado y conseguido deshacer del asqueroso olor a suciedad de la calle, estaba envuelta en una toalla, observando su propio reflejo en el cristal empañado por la humedad del agua caliente —ardiendo casi—, con la que solía bañarse siempre.

La luz del baño parpadeó. Todos lo achacaron a la tormenta eléctrica que se cernía sobre el hostal de mala muerte, pero instantes después ella oyó un zumbido proveniente del espejo, y lo que vio, la dejó sin poder hablar: Apronia ajustaba unas joyas en su cuello,

y es que estaba realmente hermosa y perfectamente ataviada…

Pero era como si ella también la estuviera observando desde el otro lado.

La romana se ajustaba unos largos y ostentosos pendientes cuando una figura apareció detrás de ella, observándola con deseo, y cuando se percató de que el responsable de esas miradas era Domiciano…

La pobre agachó la cabeza, como quien hace una reverencia…

Le tenía pavor a esa mirada intensa, ávida y sobretodo cruel…

Cuando los dedos rechonchos del hombre rozaron la piel nívea de Apronia, a Agatha se le formó un nudo en el estómago porque era como si su «yo» antigua se hubiera resignado ante él.

Se vistió a prisa y no le contó nada a ninguno del grupo cuando estuvo en el salón con ellos. Hacía meses que no llovía tantísimo como aquella noche: Fuertes truenos, relámpagos que iluminaban el apartamento sin necesidad de prender las luces…

Con disimulo, Federico se encogía asustado en su sitio cada vez que el estruendo de la tormenta retumbaba por toda la estancia. Y Benedict notó eso.

—¿Estás bien? —le susurró, pasando su brazo por los hombros del italiano—. A mi hermana pequeña tampoco le gustan las tormentas, ¿y sabes qué solemos hacer? Té, y escondernos en un fuerte improvisado con mantas, igual que cuando tan solo éramos niños.

—Espera… ¿Tienes una hermana y no me lo habías dicho…? Caralho, y yo creyendo que teníamos algo especial.

Ante tal comentario y la gracia que le había causado, Lorenzo, que estaba sentado como siempre en la repisa de la ventana, soltó un bufido.

Aparentaba estar tranquilo y ajeno a lo que ocurriera en el salón, mientras rasgueaba las cuerdas de su guitarra en silencio…

Pero en realidad su mente iba a un pasado que lo retenía entre los restos de una civilización a la que una vez perteneció, y volvía a un presente que aunque era claro, sentía que le faltaba algo…

Agatha percibió que algo no andaba como debiera, por lo que no cesaba de darle ligeros vistazos de vez en cuando hasta que en una de las ocasiones la cegadora luz de un rayo, que hizo brincar del sitio a Mia, inundó toda la sala de estar.

Pero lo más curioso de todo, y extraño, fue que cuando Agatha miró a Lorenzo, a quien ella vio fue a Elio, que la miraba aterrorizado…

La respiración de la británica se entrecortó cuando su mente intentaba procesar lo que de sus ojos eran testigos.

—¿Elio…? —susurró.

El resto la observó en silencio, pero todos se dieron cuenta de cómo miraba al guitarrista, fijamente y sin entender porqué lo hacía de ese modo.

Otro trueno y un instante de luz intermitente iluminó las facciones de este con claridad, y entonces pudo verlo pálido…

Elio tenía la boca entreabierta, como si intentase decir algo pero no fuera capaz de hacerlo, así que ella caminó a paso lento hasta la ventana, con la mente dividida entre la lógica y el presentimiento.

—¿Por qué me estás mirando así? —susurró Lorenzo, con desconcierto, pero ella solo veía como Elio parpadeaba rápidamente, como si con aquel gesto intentase decirle algo, y es que su expresión cambió del miedo a la desesperación cuando abrió la boca y ningún sonido salió de esta…

En su lugar, una sombra parecía reptar por su cuello, oscureciendo su piel como si algo le estuviera devorando desde dentro.

Aquello claro que asustó a la pelirroja, que de forma instintiva dio un paso hacia atrás, sintiendo cómo el pánico crecía en su interior, hasta que otro rayo iluminó la sala y, en ese segundo de claridad, Elio al fin desapareció…

La ventana abierta. Lorenzo sentado en ésta aferrándose a su guitarra. Un frío helador que movía las cortinas como si un susurro le estuviera advirtiendo… algo.

—¿Qué ocurre? —Yara le tocó el hombro.

—¡He visto a Elio! —explicó—. Trataba de decirme algo —cuando quiso continuar hablando no pudo, Lorenzo se llevó la mano a la sien porque estaba sintiendo otra vez ese maldito murmullo dentro de su cabeza, y aunque no dijo nada, ella lo supo y no hicieron falta palabras.

Agatha se colocó junto a él y besó su mejilla buscando darle la calma que tanto necesitaba porque al fin y al cabo desde que fue a buscarle al local, pasaron juntos cada una de las noches en el alojamiento de la chica, que se había convertido en el hogar que ambos tanto necesitaban…

La confianza que tenían el uno con la otra, era de un nivel superior ya que jamás habían tenido algo semejante con sus anteriores parejas.

—¿Sigues tratando de recordar…? —él asintió.

—¿Pero por qué lo haces? —cuestionó Federico, buscando distraerse de los truenos. Esa pregunta pilló al músico desprevenido, que buscando las palabras adecuadas, miró a su guitarra y sonrió débilmente.

—Por muy caótica que parezca, incluso estridente en ocasiones… La guitarra eléctrica a veces busca orden y tranquilidad —explicó, pero claramente no hablaba de la Fender, si no de sí mismo… Y es que sí, no deseaba otra cosa más que la paz que no había tenido en su infancia.

Agatha sonrió con ternura por aquello, sabía la historia, y es que el padre de Lorenzo había decidido abandonarlos a él y su madre cuando tan solo tenía diez años, y se había marchado a vivir a España…

Desde entonces Lorenzo jamás volvió a saber nada del hombre que le dio el apellido, y cuando creyó que nunca tendría la figura paterna que tanto anhelaba, apareció su tío lanzándole un salvavidas y la segunda oportunidad que lo conduciría hasta Roma y sus calles…

Le besó la frente, sintiendo como algunos de los cabellos desordenados de su flequillo le hacían cosquillas en la nariz.

—¿Pero de verdad que vais a conformaros con que esto solo sea una bonita historia que contarles a vuestros hijos el día de mañana…

? Es que caralho, no veo que hagáis por hallar las respuestas…

Sinceramente, a mí no me gusta dejar las películas a medias y a lo que nos demos cuenta, cada una de nosotras habrá vuelto a su país, Benedict habrá terminado sus estudios y Federico estará dándole el sí quiero a su prometido frente al altar…

Que por cierto, espero que me hagas un hueco en la mesa de «solteros de oro»…

Pero Lorenzo, ¿tú que piensas hacer? ¿Continuar viviendo de los recuerdos en una ciudad que busca recordarte el pasado… ?

—Suelo dormirme viendo todas las películas, pero honestamente… Ésta vez no quiero quedarme a la mitad —admitió Benedict, intentando darle por un lado la razón a la rubia, y por otro restarle peso a su última pregunta… A veces podía resultar bastante osca diciendo las cosas.

—Yo estoy asustada —admitió Agatha por fin—. Tengo la sensación de que no es tan sencillo como creemos, y sé que ocurrió algo que truncó nuestros destinos, y que ese algo es lo mismo que nos impide ver más allá del presente.

—¿Y por qué?

—A lo mejor porque estamos dando vueltas sobre lo mismo una, y otra, y otra, y otra vez…

¡Vamos directamente al grano…! No quiero ser la protagonista de ésta historia, pero pensadlo: Puede que cada uno de nosotros sea una pieza fundamental en el puzle, porque Federico abrió el portal del Panteón, por llamarlo de algún modo, que os condujo a que vuestras almas se reconocieran…

Además de la cantidad de historias con las que lleva semanas dándonos la chapa…

—Cicè, ¿debo darte las gracias…?

—Si yo no hubiera propuesto ir a pasar el día a la playa, jamás habrías encontrado la moneda en Ostia, y si mi hermana no se hubiera puesto tan pesada en ir a visitar el David, no habríamos dado con Ben y lo mucho que sabe sobre las secuencias esas de memoria… ¿cómo era? —movió la mano.

—Latente Yara. Memoria latente.

—¡Eso! Así que dadle una vuelta porque sé que entre vosotros hay tensión y que estáis deseando avanzar en ésta historia, pero que al mismo tiempo el miedo os detiene.

—Tienes razón, y me fastidia admitirlo —Lorenzo bajó de un salto antes de dejar su guitarra apoyada junto a la librería—. Puede que abriéramos un portal esa noche en el Panteón y que siga abierto… Debemos volver.

—Y si lo hacemos, ¿qué cambia en realidad? No estoy segura de poder volver a enfrentarlo, y quizá… Tal vez sea la última vez y entonces… «Todo» termine.

—No terminará «todo», Agatha. Lo que sea que te asuste, lo enfrentaremos juntos, ¿vale? Te lo prometo.