UBI TU, IBI EGO EPÍLOGO
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EPÍLOGO

ARRIVEDERCI ROMA, ARRIVEDERCI

Las saetas del reloj —que la perseguía allá donde fuera— corrían cada vez más deprisa. Al darse cuenta de que el tiempo no era otra cosa que una ilusión a la que continuaba aferrada, su mundo se vino abajo, otra vez.

Los años pasaron.

Cada cual hizo su vida.

Benedict consiguió aquello que tanto anheló desde niño: convertirse en un reconocido neurocientífico de éxito que ocupaba su tiempo libre organizando las próximas conferencias que daría al rededor de Europa.

La primera y última fueron en España, y ahí también fue donde se reunieron todos por última vez antes de que sus caminos se separasen para siempre.

Federico tuvo su boda soñada con su prometido —marido a día de hoy—, a la cual solo invitó a la que un día fue su vecina, y a su pareja: Agatha fue dama de honor, lo ayudó en todos los preparativos necesarios y estuvo con él en cada momento…

Federico siempre dijo que a pesar de que su familia de sangre le había dado la espalda, esa mujer, había aparecido por suerte en su sendero.

Yara, aunque continuó siendo única y tomándose la vida con su propia filosofía, sentó cabeza cuando, instada por Lorenzo, se apuntó a una escuela de teatro en Lisboa…

La cosa comenzó como un mero entretenimiento, un pasatiempo más bien, pero la interpretación se convirtió en una parte fundamental de su vida: gracias a los estrenos fue que conoció al que llegaría a ser su…

«amigo especial», como ella prefirió llamarlo.

El tipo era técnico de luces y sonido en la compañía para la que ella también trabajaba, y entre bambalinas y deslumbramientos surgió el amor.

Eso sí. Yara no iba a ninguna ciudad a estrenar obra sin que su hermana la acompañase, porque decía que la morena era su amuleto de la suerte.

Mia tuvo otra crisis de identidad donde dejó de lado todos los proyectos personales que había estado construyendo a lo largo de los años…

Pero por suerte su hermana pequeña siempre estuvo ahí, y en cierto modo, por mucho que le fastidiase admitirlo, encontró la estabilidad gracias a ella: acabó trabajando como fotógrafa para la compañía, conoció a la que años más tarde se convertiría en la madre de su único hijo,

al que claramente llamó «Ezzio» por su pasión por esa saga de videojuegos y sí, mantuvo el contacto con el italiano al que tanto cariño cogió en el verano de dos mil veintidós.

Ese mismo italiano siguió los consejos de su tío Antonio, de crearse una carrera musical y llegar a ser alguien en el mundo del espectáculo: pasó de tocar en las calles de Roma por un par de euros, a llenar salas completas.

Le costó lo suyo, todo hay que decirlo. Sacrificó tiempo.

Mucho tiempo. Más del que habría deseado en un inicio, pero gracias a eso tuvo la posibilidad de retirarse una vez cumplió los cincuenta: primero se dedicó a visitar los lugares que siempre creyó imposibles, más tarde lograría asentarse en la vida.

Agatha por su parte acabó volviendo a Londres…

Finalizó los estudios que empezó tiempo atrás, los cuales había dejado colgados por falta de motivación, y sí, se graduó en estudios ingleses, con mención en educación.

También es destacable que, instada por su amigo Federico, con el que jamás perdió la comunicación, cedió a realizar un Erasmus en la que un día sintió como su propia casa, como su propio hogar… Roma.

El recién casado haría todo lo posible porque Lorenzo y ella volvieran a reunirse otra vez, dado que cuando todo acabó, cuando el verano de dos mil veintidós finalizó…

Cada cual volvió a su ciudad, dejando atrás una historia de verano que contar en un futuro…

Y claro que se reunieron: aprovecharon todo lo posible los meses que Agatha estuvo realizando sus prácticas en Italia para retomar aquello que un día dejaron pendiente, pero más maduros y conscientes de que quienes estaban al otro lado del espejo, cada vez que se miraban en él,

no eran Elio y Apronia, sino Agatha y Lorenzo.

Y sí, por supuesto que tuvieron idas y venidas en la relación: a los meses de haber acabado el Erasmus y haberse sacado un alto nivel de italiano —por fin—, regresó a Londres con el pretexto de una fuerte discusión con el italiano,

en la que juraron no volver a dirigirse la palabra y vivir cada cual por su lado, pero siendo realistas, no pudieron estar la una sin el otro.

Así que Marchiesi tomó las riendas de la situación aquella vez —porque no pudo estar más de un par de meses sin ella cerca—, sacó un billete de solo ida a la ciudad del Big Ben, y con ayuda de Mia, que se encargó de pasarle la dirección de la pelirroja,

se presentó en la puerta de su porche con una maleta repleta de ropa, un ramo de flores blancas y rojas, y como no, su guitarra.

—Si no eres feliz conmigo en Italia, me encargaré de que lo seas aquí, o donde tú decidas… Pero no me hagas irme otra vez —le dijo, desarmándola por completo. Claro que lo invitó a pasar y por fin le presentó a sus padres.

Estuvieron un tiempo viviendo en Londres: alquilaron un pequeño apartamento en Camden Town, y mientras ella se iba a continuar con sus estudios por las mañanas, él trabajaba en una cafetería en la que ofrecían «café de especialidad»: aquello no le gustaba demasiado,

pero tenía claro que solo sería durante una temporada, lo que fuera por poder estar con Agatha.

En las tardes, él se quedaba en casa tocando la guitarra, a veces se iba a pasear por el barrio tan colorido y dispar en el que vivían, con el propósito de dejar su currículum en los locales donde ofrecían ambiente nocturno.

Lo consiguió, sí. Estuvo algunos años tocando en uno de los más conocidos bares de la zona, y gracias a eso fue que logró hacerse un nombre en el mundo del espectáculo.

Agatha iba cada tarde a impartir clases a una academia, y nada más salir, acudía a donde él estuviera para regresar juntos a casa: aunque tuviera que esperarle por horas, o estuviera lloviendo a mares, allí estaba ella.

Años más tarde, cuando la carrera de Lorenzo se estabilizó y firmó contrato con la discográfica, entró en un bucle algo difuso: adoraba lo que hacía, pero sentía que era una atadura que no le permitía vivir como él hubiera deseado.

Agatha por su parte, creyó que coger todo y mudarse juntos a Italia acabaría con el problema, y en parte lo hizo: obviamente la presión de los conciertos y de las giras estuvo presente en todo momento, pero ella se adaptó a aquello, siguiéndolo allá donde fuera a tocar.

Uno de los golpes más duros para ambos fue el deceso del tío Antonio: ninguno se lo esperó, fue algo totalmente repentino que truncó los planes que la pareja tenía de que ese hombre fuera uno de los padrinos de la criatura que se gestaba en el interior de la británica,

a la que acabarían llamando Livia, porque sí…

Tanto Lorenzo como Agatha volvieron a experimentar algún que otro episodio nocturno en el que se reunían con sus antepasados, y en uno de esos, Cornelia le dijo que tenían que llamarla Livia… Tal y como debió llamarse la suya.

El tiempo pasó más deprisa. El grupo se reunió una última vez en España, para la conferencia final que Benedict daría, y aunque todo se mantenía exactamente igual que siempre, el paso del tiempo había causado sus estragos.

Federico había enfermado y no terminaba de valerse por sí mismo, pero ahí estaba Francesco para él, siempre estuvo a su lado…

Mia fue la encargada de comunicarle al resto que su hermana había sido diagnosticada con demencia a temprana edad, y el polvorín del grupo aseguraba que ella quería perecer subida encima de un escenario porque se negaba a perder la memoria y con ello, dejar de ser quien un día fue: Yara Pereira.

Esa reunión fue la última para todos…

Años más tarde, Lorenzo y Agatha se retiraron a una pequeña villa en Sorrento, donde cada mañana al despertar, lo primero que veían era el Mar Tirreno que tan buenos recuerdos de su niñez le traía a él.

Cada verano desde que Livia se mudó a Cambridge, a «seguir los pasos de su tío Ben», la pareja pasaba en Roma desde junio hasta finales de agosto y llevaban el mismo recorrido que, años atrás, realizaron.

Desde bien pequeña, Livia escuchó de sus padres la historia de dos almas que prometieron reencontrarse allá donde estuvieran…

Así fuera con el paso de los siglos, que se encontrarían…

y cuando la chica alcanzó los veinte, en una reunión familiar a la que por supuesto acudió Federico, acompañado de su inseparable bastón y de su marido, este le narró por fin la historia de sus padres, y en parte, gracias a eso, decidió que estudiaría neurociencia como Benedict,

porque pese a no haberlo confesado jamás a nadie, ella también tuvo una serie de ensoñaciones desde que cumplió los catorce años.

¿Sería casualidad? ¿O sería algo… familiar?

El día del cumpleaños número setenta y cinco de Agatha Lawson, desayunando frente al mar, le confesó a Lorenzo que sentía que le quedaba poco tiempo en este plano terrenal: y así fue.

Medio año después estaba él, llevándole flores a Roma, donde siempre quiso descansar.

Cuando al fin Livia y él se quedaron a solas con la urna de Agatha, él se aferró a la vasija tal y como ya hizo una vez.

—He vuelto a perderla —admitió, sollozando.

A lo que su hija atinó a abrazarlo por los hombros y lamentarse por la pérdida.

Vio que la melena de color plateada de su padre hondeaba ligeramente, pero la realidad es que allí donde se encontraban no se movía ni una pizca de viento, y no lo diría, pero sabía que su madre estaba presente en ese instante en el que sus cenizas fueron esparcidas.

Desde entonces, Lorenzo Marchiesi mantuvo la costumbre de viajar cada verano a Roma y volver a pasear allá donde un día lo hizo junto al amor de su vida, dado que sentía que esa era una buena forma de tenerla cerca siempre.

Entre los objetos de su mujer, encontró un cuaderno desgastado por el paso del tiempo, donde, en la primera página se leía claramente «Allí donde tú estés, estaré yo».

Dicha libreta era algo similar a un diario repleto de tachones, colores y fechas importantes transcurridas a lo largo del dos mil veintidós, donde la vida de ambos cambió para siempre…

Desde que encontró el manuscrito de Agatha, cada noche lo leía con lágrimas en los ojos: a veces de tristeza, pero la mayoría eran de nostalgia al poder revivir una y otra vez cada momento vivido junto a ella.

Ese día, después de la cena en su restaurante preferido dio un largo paseo bordeando el Coliseo.

Subió los escalones de un parque que solo los locales conocían, y donde podía contemplarse la construcción en absoluto silencio, tranquilamente y sin turistas.

Aprovechó el momento para sentarse en un banco de madera y leer la última página del cuaderno, pero algo lo detuvo un instante.

La silueta de una mujer de largo cabello, vestida con una túnica blanca, que reía llena de felicidad junto a un hombre de armadura, le encogió el alma: eran Elio y Apronia y por fin parecían estar felices… y reunidos.

—Ubi tu, ibi ego… —murmuró el viento con una suave voz femenina.

No fue necesario. Pero Lorenzo Marchiessi supo que se trataba de Agatha diciéndole que, siempre estaría allí donde él estuviera.

FIN