UBI TU, IBI EGO 27. pompei
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27. pompei

El uno de agosto, el grupo al completo se dirigía en el autobús hasta los restos de la ciudad que había sido sepultada por la lava en el 79 d.C.

Alquilaron una habitación para seis en un hostal de Nápoles con la esperanza de que no fuera cuchitril, pero…

Mia, que buscaba ahorrarse unos eurillos, se lanzó a lo más barato y terminaron alojados en una vieja casa, regentada por una mujer de la zona que parecía sacada de una película de terror…

Porque el alojamiento tenía polvo por todas partes y los muelles de las camas no solo se les clavaban en los costados, sino que además chirriaban cuando hacían algún movimiento, por no hablar del suelo de madera que crujía cada vez que tenían que salir al lavabo situado al fondo del oscuro pasillo.

Mia, que dormía en la misma cama que su hermana, porque sí, estaba aterrorizada, tuvo que acompañarla dos veces para que pudiera ir tranquila al baño.

En el bus, Federico miraba de reojo a su compañera de asientos, que parecía estar perdida en la música de sus auriculares, como siempre: movía la cabeza despacio, de un lado al otro, a lo que su vecino frunció el ceño, divertido.

—Gracias por ignorarnos —canturreó la portuguesa, asomando la cabeza por el respaldo del asiento delantero—. Siempre me hacéis sentarme con mi hermana, estoy cansada de ella —admitió, a lo que Mia hizo la misma aparición que la rubia, tirándole de un mechón.

—Cicè, es tu hermana, no sé de qué te quejas.

—¿Nos oye…? —susurró Yara, señalando a Agatha con un sutil gesto de cabeza, pero la británica parecía estar sumida en sus pensamientos, manteniendo los ojos cerrados.

—Juraría que no. Antes he intentado decirle algo y…

—Me debéis diez pavos cada uno —interrumpió Mia.

—¿Pero de qué hablas…?

—Pues que la amiguinha me ha confesado que fue a buscar a Lorenzo la otra noche…

—¡Lo sabía! —asomó la cabeza, apoyando su mano en la cabeza de Federico.

—¿No se suponía que estabas dormido, Ben?

—Ese es Lorenzo. A propósito, me debéis diez pavos a mí también, porque aunque él dice que solo fueron a tomar vino a un mirador… Me da que ocurrió algo más que vino.

—Es de mala educación apostar por vuestros amigos, ¿eh? —habló, sin abrir los ojos.

—Cicè, que sí nos estabas ignorando… Muy bonito.

—Bueno, en defensa propia diré que yo solo aposté porque irías a buscarle…

—Que no fui a buscarlo, solo fui a verlo.

—¿Pero por qué negar lo evidente…? ¡Mira qué cutis tienes hoy! —Yara estiró el brazo, tratando de tocar la cara de su amiga.

—Basta, dejad ya el tema —rió nerviosa—. Solo una cosa más, ¿habíais apostado si pasaría, o cuándo pasaría?

—Ambas —carraspeó Federico.

—Es que sois tan previsibles… Míralo, lleva durmiendo todo el viaje, lo tienes agotadito.

—¡Yara!

Una vez pasaron las taquillas de venta de entradas, sortearon a los visitantes y huyeron de la multitud, Federico fue el encargado de llevarlos a perderse por ese lugar. El británico se colocó junto a su amigo, aprovechando que el resto iba por delante, y lo sostuvo de los hombros.

—Solista, ¿estás bien? Te has pasado todo el viaje durmiendo como una marmota.

—Es que… Otra vez esos sueños, cada vez son más intensos y, al tratar de recordar algo, soy incapaz de hacerlo… Lo difícil es cerrar los ojos e intentar dormir, porque…

El italiano miró en la dirección del resto del grupo: Clavó sus ojos en la británica que iba dando pequeños saltos por una de las aceras de Pompeya, porque Mia la había retado a ver cuál de las dos se caía antes.

—Lo malo de soñar es que cuando despierto… Ella ya no está a mi lado. Pero lo más raro de todo es que la noche que dormimos juntos, descansé. Me sentí completo, ¿sabes?

—¿Y cuál es el problema…? —El italiano ignoró a su amigo con la excusa de pararse a mirar lo que una vez fue un puesto de comida callejera.

—Es posible que sea solo obsesión mía por todo lo que llevamos viviendo tantos días, pero siento el ambiente bastante más tenso de lo habitual.

—No eres el único —admitió Federico juntándose a ellos.

—¿Sabíais que encontraron cuerpos fosilizados…? Quiero verlos, tiene que ser alucinante —oyeron a Yara desde lo lejos, que, pese al silencio casi sepulcral de la avenida, la portuguesa se hacía notar, y no poco.

—Diría que todos hemos leído algo de historia —bromeó Benedict por lo bajo una vez consiguieron alcanzarlas.

Tomaron asiento en unas piedras algo más alejadas, donde todos aprovecharon para llenar sus botellines de agua en una fuente —que no sabían si era o no potable—.

—No es lo que esperaba, caralho. Son todo ruinas.

—Muy bien. Yara. ¿Entiendes el concepto «ciudad consumida por la lava»?

—Eh, ¿es cierto lo que dicen de que los lugares retienen energía…? —cuestionó de repente.

—¿A qué te refieres, Pecas?

—¿No notáis como si en el ambiente todavía quedasen requejos de lo ocurrido…? Siento el miedo, desesperación… No querer ser consumida por las cenizas… Juraría que es energía que no ha desaparecido, y puede que no lo haga.

—¿Dices que hay fantasmas en Pompeya?

—¡Demonios, no…!

—A ver, claro que puede haberlos.

—No me sugestiones a éstas alturas, por favor… —pidió Mia—. El alojamiento es el escenario perfecto para una película donde solo suceden cosas extrañas y solo uno de nosotros se queda con vida…

—Eso que dices, Rizos… Explicaría la sensación de estar siendo vigilado todo el rato.

—¡Pero eso es Agatha mirando como te queda ese chaleco nuevo! —todos ignoraron el comentario de Yara—. ¡Venga ya, que ese ha sido bueno…!

Instantes después de eso, el grupo volvió a dispersarse por la zona del Foro, donde la rubia se dedicaba a buscar la sombra como una lagartija, en compañía de Lorenzo, Mia le hacía fotos a todo, y Benedict escuchaba junto a Agatha la explicación de Federico, pero…

a la británica le pareció poco interesante lo que su amigo tenía para ellos, por lo que aprovechando las insistentes preguntas del chico de ojos azules, se escabulló a una zona sin gente.

Un silencio sepulcral la condujo a cruzar un gran portón frontal, enmarcado por un friso de mármol, y aunque no sabía donde se encontraba, halló paz en ese lugar… Cerró los ojos, tomó aire, lo soltó y…

—Apronia… —alguien estaba susurrando cerca de ella, por lo que abrió los párpados de golpe, en búsqueda de aquella voz espectral.

Pero allí no había nadie… Continuaba estando sola en aquel lugar, e incluso le pareció que se había puesto unas gafas con filtro de color, porque el ambiente se volvió cálido, algo amarillento.

Al girarse hacia todas las direcciones, por fin se topó con algo: Una sombra blanquecina que la observaba desde detrás de un murete.

La figura parecía no tener rostro —pero claro que lo tenía—, solo que el velo que cubría su cara dejaba libre a la imaginación.

Un estremecimiento le agitó el cuerpo al continuar viendo esa figura observándola, y un instante después, desapareció…

Algo la incitó a ir tras ella y seguirla a través de los pasillos que estaban a la intemperie, pero que resultaban de lo más escalofriantes.

Tropezó algunas veces con las piedras que había camufladas entre el césped, hasta que volvieron a terminar donde había huido de las explicaciones de Federico.

Al verlos se paró en seco porque… La estaban buscando por todas partes: se les veía nerviosos y preocupados, está claro que perder a un miembro de tu grupo en una excursión no es una experiencia demasiado agradable, así que al notarlo, Agatha corrió hacia ellos.

Sus amigas insistieron en que les contase dónde narices se había metido porque llevaban buscándola más de media hora. La llamaron al teléfono móvil, pero este nunca sonó, y aunque preguntaron a algunos turistas, nadie la vio.

—Pá, ¿dónde te habías metido? Nos habíamos asustado.

—Tampoco ha sido gran cosa —explicó viendo como la figura que momentos antes la había guiado por lo que una vez fue un lugar de culto, hacía una última aparición en la lejanía, justo antes de volverse ceniza ante sus propios ojos—.

¿Lo habéis visto…? —señaló hacia el edificio, pero ella hablaba de la misteriosa figura fantasmal que jamás volvería a ver.

—Eso de ahí es el edificio de Eumachia —explicó Federico, jugando con las cintas de su mochila.

Ante sus palabras, las piernas de Agatha temblaron porque, ¿acaso hablaba de la misma Eumachia en la que Apronia hubiera confiado su vida…?

—¿Qué sabes sobre ella? —preguntó con tanto ímpetu, que hasta Benedict se sorprendió.

—Atención a esto: esa mujer por la que preguntas fue influyente en su época, y se dice que se hizo poderosa mediante el comercio, la religión… Lo típico.

—¿Por qué lo preguntas? —cuestionó Mia. Pero Lorenzo se anticipó a la respuesta.

—Porque la conoce… Más bien, Apronia la conoció.

Todo quedó en silencio.

—Veréis, me da igual que me toméis por loca, pero acabo de ver a esa mujer, a Eumachia. Aunque en realidad no sé si era ella realmente porque tenía la cara cubierta, pero…

—El cosquilleo en tu estómago sabe que es ella —susurró Lorenzo, sosteniéndola por los hombros. Y es que él sabía de lo que hablaba.

—Antes estelinha ha preguntado si los lugares retienen energía, y a lo mejor no iba tan desencaminada, porque una vez vi algo de eso en un vídeo de casos paranormales.

—Tú sí que eres paranormal Mimi.

—Lo primero que recuerdo que mi profesor de primero de carrera me contara, es que los monumentos históricos absorben los ecos de cosas importantes sucedidas en él…

—Espera, ¿acabas de ver un fantasma?

—Caralho…

—¿Absorber ecos? Tal vez no sea algo tan descabellado, lo siento como algo familiar, pero…

—Ajeno a la vez. Es como si perteneciéramos al lugar, como si estuviera reclamándonos —concluyó Lorenzo.

—Dudo mucho que sea cosa del lugar… ¡Mirad todo esto! Es una estafa, no hay nada realmente, solo… piedras.

—Ya empezamos… —murmuró Federico con fastidio.

—Mi hermana tiene razón. En el Panteón quedó demostrado que hay algo más que no conocemos que conecta con vosotros mediante visiones…

—¿Pero por qué nosotros…? No lo comprendo.