26. cantami #2
—Diría que esto no es más que el principio. En ocasiones, una voz interior, me dice que esta historia no depende solo de este pobre guitarrista.
—Y si tuvieras que escribir el final de la historia…
—Ya te he dicho que no era más que el principio —interrumpió—. Pero de todos modos, supongo que tendré que improvisar.
—¿Y no tienes esa sensación de estar volviéndote loco con todo esto? Ya sabes. Al haberte reencontrado con un amor del pasado.
—Jammo, así que «amor del pasado» —repitió, deslizándose unos centímetros hacia ella, de forma que la pelirroja percibió como galante y ante lo que no pudo evitar reír avergonzada.
—Oye, no te rías de mí, es una forma de hablar… Si cuando llegué a la ciudad me hubieran dicho todo lo que viviría, y que daría contigo… Me habría reído.
—No veo que te rías ahora —se cruzó de brazos, enarcando una ceja.
La británica entrecerró los ojos: Lorenzo tenía razón y le fastidiaba tener que admitirlo.
—Pienso que deberíamos preocuparnos por si estamos repitiendo la historia que ya estaba escrita o… La reescribiremos… juntos.
El italiano vio aquello como una oportunidad bien clara, por lo que dejó la copa en el suelo y, volviendo a mirarla, respondió con contundencia:
—¿Y por qué no escribimos una nueva? Podemos recordar lo que una vez fuimos, pero sin quedarnos atrapados en ello.
Sorprendida por la respuesta del hombre, que no dejaba de mirarla con la cabeza ligeramente inclinada, y, esperando una respuesta o una reacción por parte de la chica, parpadeó repetidas veces, como si no comprendiera del todo la propuesta.
Le tembló el labio inferior, el aire se espesó entre ellos, cargado de algo eléctrico que la obligó a contener la respiración…
Se puso en pie sin ser plenamente consciente de lo que estaba haciendo, pero los nervios la llevaron a caminar hasta el muro.
Lorenzo se frotó la cara: estaba siendo tarea más difícil de lo que él esperaba. Asintió resignado y con la convicción de que, si deseaba llegar a algo con ella, debía insistir solo un poco más.
—Qué filosófico te has puesto de repente, ¿eh? —soltó, viéndolo cruzarse de brazos y apoyarse en el muro junto a ella, pero dándole las espaldas a la ciudad.
—Será el vino.
—El vino, sí.
Él la observó un poco más, quería guardar en su memoria cada una de las pecas que adornaban la nariz y las mejillas de la británica. Y cuando hubo tomado el valor suficiente para ello, deslizó su mano sobre la piedra, dejando que las yemas de sus dedos le acariciasen el dorso de la mano.
—No tienes que decidirlo ahora, Agatha. Cazzo, incluso puedes decir que no —se mantuvo unos segundos en silencio, observándose las puntas de las botas—. No tenemos porqué atarnos a un recuerdo.
La mujer lo estaba mirando con una expresión más seria de lo que realmente pretendía, porque, pese a no estar segura de si sería o no lo correcto, ya había tomado una decisión.
—¿Y si tal vez te digo que no quiero pensar en el pasado, ni tampoco en el futuro?
—Literalmente solo nos queda una opción —rió, inclinando la cabeza—. Vivamos el presente, Agatha Lawson —le tomó la mano apretándola con cuidado.
Ante tal gesto, se giró hacia el italiano y, hundiendo su mirada en esos ojos que le habían robado el aliento, se mordió el dedo índice, como si así fuera capaz de calmarse.
Lorenzo se estaba relamiendo los labios despacio, sin apartar la mirada de ella ni titubear, a lo que la mujer, siguiéndole el juego, le colocó la palma de la mano sobre el pecho mientras sonreía, despacio.
—Tengo una idea —susurró él, apartándose unos centímetros—. ¿Recuerdas la noche en el pub al que Federico nos llevó?
—¿Hablas de cuando terminaste subido a la barra, a bailar con Yara y nos echaron?
—¿Qué? ¡No…! —soltó una carcajada porque aquello había sido bastante vergonzoso—. Hablaba del chispazo.
Extendió la palma de su mano hacia ella, que suspiró al ver la marca que la moneda dejó en su piel. Pronto cambió de opinión y la estrechó. Él frunció el ceño esperando que la corriente los sacudiera, pero… nada ocurrió.
—Es posible que no haya funcionado porque la otra vez estábamos… más cerca —adelantó un paso, quedándose más cerca del cuerpo de Agatha y extendiendo la otra mano.
A Lawson le gustaba ese juego, por lo que lo siguió mientras que trataba de esconder una sonrisa: imitó el gesto de él, y lo tomó de ambas manos.
Fue entonces cuando notaron una especie de corriente agradable que impulsó a ambos unos centímetros adelante, pero que por continuar mirándose a los ojos, no fueron conscientes de ello.
Se rozaron la punta de la nariz: ella sonreía, él se mantenía nervioso porque los nervios se lo estaban comiendo por dentro.
—¿Y ahora qué? —susurró antes de dejar un pequeñísimo beso en la mejilla del italiano, que acababa de cerrar los ojos.
Inspiró lentamente porque necesitaba ser consciente de todo lo que estaba ocurriendo y de lo que probablemente ocurriría. Al volver a abrirlos, se separó escasamente unos centímetros de ella para hablar una última vez:
—¿Puedo…? —cuestionó.
Agatha asintió y le colocó ambas manos sobre los hombros. Él, en cambio, apoyó su mano izquierda en la cintura de la mujer, mientras que la derecha no paraba de acariciarle la mejilla. Tomó aire. Cerró los ojos e hizo aquello en lo que tanto tiempo llevaba pensando.
La besó.
Agatha experimentó cómo una hormiguita subía por su columna una vez le siguió el beso, pero no era otra cosa que la energía acumulada entre ellos desde hacía tanto tiempo.
Pequeñas chispas por todo el cuerpo les recordaron que estaban ahí físicamente.
Pequeños destellos les enseñaron la belleza de los colores que veían en ellos, y las luces…
Era como si los fuegos artificiales de alguna festividad estuvieran siendo explotados…
por ellos mismos. El ambiente en el que estaban inmersos se movía con energía propia, y en ese momento estaba claro que solo existían ellos dos.
Sintieron vértigo, lo que llevó a que él afianzase todavía más su agarre a la cintura de ella.
Algo profundo, casi ancestral y poderoso estaba despertando en lo más profundo de sus almas cuando vieron unas luces doradas que venían acompañadas de destellos azules y rojizos, como si fragmentos que habían olvidado de repente hicieran su acto de presencia,
recordándoles que siempre estuvieron con ellos…
Un último estremecimiento les recorrió el cuerpo, y por un instante no eran él y ella, más bien eran un solo corazón, una sola alma…
Al igual que Lorenzo dio el primer paso de unión, también lo hizo al separarse.
—¿Tú también lo has sentido? —le preguntó, con los ojos llenos de lágrimas.
—Nos dejaron una vida pendiente, Enzo —.
Mantuvieron sus miradas porque ninguno de ellos deseaba romper aquella especie de hechizo con el que se habían confabulado el uno al otro, sin buscarlo.
Estaban tan apenados… Pero tal y como se habían confesado momentos atrás, ninguno de ellos deseaba atarse a un recuerdo que, aunque les pertenecía, no era del todo suyo.
—Déjame probar de nuevo. —Entonces la besó otra vez, pero con más ganas, con más ansia, con más deseo.
Hasta ese instante ninguno sabía cómo se sentía el éxtasis en sus propias carnes, pero vieron sus ojos reflejados en los del otro, a centímetros de distancia, con los cuerpos pegados como si necesitaran del calor mutuo y estando fuera de sus cinco sentidos, siendo una misma alma.