UBI TU, IBI EGO 26. cantami
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26. cantami

Casi no había dormido por culpa de esas ensoñaciones en las que, después de escuchar una campanita, caminaba con cautela por un lugar desconocido, triste y grisáceo, donde una túnica de color blanco era lo único que le cubría el cuerpo.

El aire era especialmente denso y el aroma entremezclado de hierro e incienso le inundaba las fosas nasales.

Al mirarse la palma de la mano izquierda, podía ver en ella la cicatriz de un corte poco visible bajo la temblorosa luz de unas antorchas que poco parecían alumbrar los costados de aquel corredor de piedra.

Donde el sonido de sus sandalias resonaba con un eco hueco cuando se estaba aproximando al final del pasillo, donde un portón de madera se abrió sin toque alguno, bajo un crujido.

El viernes treinta de julio cargaba con un bolso de color rojo en su hombro, con un claro destino que no era otro que el local que Antonio le había mencionado, donde, al cruzar la puerta de cristal, el sonido de una guitarra eléctrica y una voz rasgada, pero bella, la aturdió.

Lorenzo estaba sentado en un taburete sobre el pequeño escenario, centrado en los trastes de la guitarra, así que al verlo con la atención en no equivocarse delante de todo el local, evitó distraerlo —algo difícil entre tanta gente—.

Cuando llegó a la barra, se pidió lo de siempre: un Aperol, que se había convertido en su preferido desde que lo había probado al llegar.

Mientras que la camarera le servía la bebida, se detuvo a mirar el local, viendo cómo colgadas de las paredes había varias fotos de los dueños junto a gente famosa.

Cosa que debió intuir, porque Agatha no conocía a ninguno de ellos, pero observó que bajo cada marco había una dedicatoria en cada una de ellas.

Desde la poca altura del tablado, el italiano sintió un frágil cosquilleo acariciarle la nuca, y fue al girar el cuello hacia la barra que la vio: Vestía una negra falda hasta los pies y tenía el cabello recogido en una especie de moño sujetado por una de sus características pinzas en forma de flor

y que, para variar, andaba distraída.

Le fue inevitable hacer una mueca de diversión cuando la vio, porque aunque no lo decía con palabras, le resultaba fascinante la facilidad que Agatha tenía para perderse entre los detalles de allá donde se encontraba,

prestándole atención a ese tipo de cosas que para cualquier otra persona serían insignificantes.

Apreció que había acudido sola, por lo que se prometió a sí mismo que esa vez, sí o sí, al acabar de tocar, la invitaría a tomar algo, porque aquella vez no pensaba huir de su destino tal y como siempre acababa haciendo.

Lorenzo hizo un sutil gesto al técnico que se encargaba de los focos de luz y esta bajó la intensidad de las mismas, cambiándoles el color a uno más íntimo donde el local se veía oscuro y rojizo. Algo íntimo que decenas de personas presenciarían, pero que no dejaba de ser solo de ellos dos.

Tomó aire y tocó los primeros acordes buscando que las palabras que diría a continuación sonasen tan suaves que ella pudiera sentir el cariño a través del micrófono.

—Esta que viene ahora la compuse pensando en los milagros inesperados —aseguró, y aquello atrajo a las dilatadas pupilas de la británica que lo miraba con una sonrisa torcida.

Antes de que él empezara a cantar, Agatha alzó la copa, brindando al aire, porque sabía que eso iba dedicado directamente a su persona…

Aunque la gente prestó poca atención a la composición del italiano una vez se lanzó a entonarla, Lawson se acercó a las mesas situadas frente al escenario, y es que resultó haber sido como si la música la hubiera atrapado, porque con cada palabra que entonaba,

algo en el interior de la mujer se removía.

Colándose sin buscarlo delante de unos franceses que grababan a Lorenzo, se detuvo al borde del escenario con la barbilla ligeramente inclinada hacia arriba y la mirada en él.

Desde su posición lo veía engrandecido y, pese a haber metro y poco de altura que los separaba, Agatha se dio cuenta de que no solo se trataba de un distanciamiento físico.

Se relamió el labio superior, desafiándolo, y tal como ella buscaba, Lorenzo caminó con micrófono en mano y la guitarra a su espalda.

Deberíamos empezar a creer que los milagros existen.

Porque tenerte aquí conmigo lo es.

Se declaró entre cantos, detenido al borde del escenario y con su propia silueta a contra luz.

Con su mano derecha estaba sosteniendo el micrófono, mientras que la izquierda reposaba en su pecho porque, pese a que el público vio eso como una simple interpretación de la canción, en verdad el hombre sentía que su corazón se pondría a dar saltos de emoción.

Inclinó ligeramente el cuerpo hacia adelante, acercándose a ella, que, cubierta por la sombra de Lorenzo, buscó su mirada, desesperada, porque esos bombones la habían atrapado en un vaivén de silencios cubiertos por el saxofón de fondo,

que el técnico de sonido se encargaba de hacer sonar siempre que Lorenzo decidía dejar su guitarra de lado.

Entreabrió los labios como si fuera a decir algo, pero dudó.

En lugar de eso, inspiró con profundidad y se inclinó apenas un poco más.

Lo justo para acortar las distancias, pero sin llegar a romperlas del todo.

Desde ahí la observó, esperando que fuera ella la primera en dar el siguiente paso.

—No puedo detener este sentimiento —le dijo en voz baja, tendiéndole su mano.

Agatha dio el último paso hasta el borde y apoyó ambas manos sobre la tarima, cuando Lorenzo enredó sus dedos entre la maraña de rizos cobrizos, sosteniéndola por la nuca. Eso había sido demasiado para ella, que separó los labios dejando escapar un ligero suspiro.

—Lorenzo... —susurró, al sentir que la música, el ambiente y el mundo entero se desvanecían con aquello.

Él exhaló pesadamente y le acarició la cabeza con nostalgia, con anhelo…

Se inclinó solo un poco más hasta llegar a unir sus frentes.

El sonido del saxofón se escuchaba lejano.

Las luces se desvanecieron, hasta que los aplausos y vítores del público los sacaron del trance, por lo que se vio obligado a apartar el micrófono a un lado para que nadie más lo oyese, y susurró:

—Aspettami…. —depositó un pequeño beso en la frente de Agatha y, cuando se hubo puesto en pie, retomó su trabajo.

Le acababa de pedir que lo esperase. Y eso fue lo que hizo hasta que acabó.

Después se encontraba aguardando por él a las puertas de una pequeña tienda —que solo los locales conocían— y que se encontraba en un barrio algo alejado.

Tenía la intención de comprar algo para esa noche en la que, pasadas las doce, el italiano la guió hasta un punto secreto de la ciudad en el que pudieron contemplar toda una panorámica de la Roma nocturna que tanto les gustaba a ambos…

Sin ruido ni gente, solo ellos dos y un par de farolas que iluminaban la sonrisa de Agatha cada vez que intentaba no verse tan nerviosa ante él.

—¿Qué se supone que has comprado, eh? —preguntó mientras alzaba una copa de plástico.

—Creo recordar que una vez dijiste que preferías el vino blanco, pero eso es porque no has probado este tinto, — explicó sacando de la bolsa una botella de cristal.

—¿Tendré que confiar en el gusto de un italiano? —rió, viéndolo pelearse con el corcho.

—Jammo, mi gusto es el mejor… A la vista está —sonrió—. Así que has venido a verme tocar… ¿Cómo sabrías que estaría ahí? Porque ésta vez no cuela eso de la casualidad.

—Confieso que tengo espías secretos repartidos por toda la ciudad. Además… Solo he ido a tomarme una copa, no seas tan egocéntrico, si hubiera querido verte, habría ido a la tienda de Antonio.

—Sí, pero has ido a tomarte una copa… A donde yo estaba trabajando… Qué curioso

Rió cuando, el ruido del corcho, al salir de la botella, la hizo dar un brinco, asustada.

—Tenía ganas de poder verte, Lorenzo.

—Yo también tenía ganas de volver a verte, aunque creí que no podría. Con la impulsividad esa tuya, eres capaz de coger un vuelo de vuelta a Londres.

Sirvió la bebida en las copas de plástico, que parecían de juguete, y tras brindar mirándose a los ojos, dieron un sorbo.

—Mi impulsividad es lo que nos ha traído aquí esta noche.

—Cazzo, es cierto… —sonrió encantadoramente—. ¿Y cómo sientes tú haber vivido dos veces? Porque creo que llegados a estas alturas… Uno no puede negar lo evidente por más que quiera.

Aquella pregunta la pilló por sorpresa, y por más que buscase las palabras adecuadas, verlo girar la copa nervioso, mientras veía el vino deslizarse de un lado a otro del plástico, la hizo darse cuenta de que no solamente ella sentía ese desasosiego tan fuerte.

—He ido a buscarte porque quería verte a ti, no recordar lo que ocurrió en el Panteón.

—Admites entonces que has venido en mi búsqueda. Mira, Agatha, no pretendo recordarlo, en realidad, tu reacción fue lo único lógico esa noche —enarcó una ceja.

—¿Por qué demonios sacas entonces el tema?

—Porque odio dejar las cosas a medias, Rizos. Siento que de alguna manera el universo nos ha concedido esta segunda oportunidad por algo.

—¿Y qué es ese algo…?

—Eso es lo que querría averiguar contigo.

Se mantuvieron en silencio unos largos instantes en los que solo se dedicaron a observar los distintos puntos iluminados de la ciudad. Incluso pudieron ver que cerca del Altar de la Patria se estaba llevando a cabo una fiesta, en una terraza cercana.

—Es como tener un eco dentro de mí y que mis propios recuerdos estuvieran compitiendo con otros que no son míos del todo.

—¿Qué cazzo dices ahora?

—He respondido a tu pregunta, Marchiesi. Es mi turno, ¿qué se siente al haber vivido dos veces?

El italiano soltó una risotada que denotaba diversión y perplejidad, por lo que tomó un largo trago de vino tinto antes de responder. Necesitaba sentir que el líquido le calentaba la garganta antes de poder continuar con aquello.

—Para mí, es más como… leer un libro que jurabas no haber visto antes, pero que cada una de sus páginas te resulta extrañamente familiar.

—¿Y eres capaz de recordar cómo acaba? —apoyó la mano sobre la madera del banco en el que estaban sentados.