25. è la chiave
Apretó los labios. El peso de su propia mente la estaba arrastrando a un lugar que de sobras conocía, y la lista de reproducción con las canciones que la habían acompañado durante su aventura, animándola… Ya eran pura nostalgia.
—Anda ya, quítate eso —Mia señaló los auriculares de color blanco que se habían convertido en el complemento más preciado de la británica—. ¿Todavía sigues zangada con mi hermana? Ya sabes que a veces resulta un poco bocazas.
—No, es que creo que actué mal. No culpo a Yara por lo que dijo, tal vez… yo hubiera dicho algo similar en su lugar.
Ambas miraron a la rubia que estaba discutiendo con un vendedor de botellas de agua que pretendía cobrarle cinco euros por una botella diminuta, y a la que claramente ella se había negado.
Benedict había sido el encargado, aquel veintiocho de julio, de volver a reunir al grupo.
Aunque en realidad los había arrastrado hasta el apartamento de la británica para ver cómo se encontraba.
El chico era bastante serio e incluso algo calculador, cualquiera habría dicho que solo se miraba su propio ombligo, pero la realidad es que el neurocientífico tenía un corazón inmenso, y de lo que trataba de huir era de volver a pasar por lo mismo que cuando era adolescente…
Tenía miedo de encariñarse con la gente y que estos le dieran la patada, como siempre le había ocurrido… Pero con ellos, todo fue distinto.
Agatha valoró aquel gesto como ningún otro, y es que aquellas amistades que había hecho en Italia eran verdaderas. Creía conocerlos más que a sí misma porque, al fin y al cabo, habían pasado prácticamente juntos todas las noches de aquel verano del veintidós.
Sabía cómo sonaba la escandalosa risa de Yara cuando esta trataba de contenerla, o cuando Federico propondría algún plan poco legal, como tantas veces.
También conocía cuándo Mia estaba a punto de engancharse de su brazo porque le había dado, como ella los llamaba, un ataque espontáneo de cariño.
Era consciente de que cada vez que su vecino sugería algo ilícito, Benedict les reprendería por hacerle caso.
Sabía que siempre estarían allí y serían un refugio para ella… Al menos mientras aquella fantasía durase.
El chico llegado de Cambridge carraspeó y, seguido de una mirada cómplice con Mia, habló:
—¿Has vuelto a hablar con él? —Agatha alzó una ceja con duda—. Supongo que debes estar haciéndote la dura… ¡Con Solista! ¿Con quién si no? —cuestionó tomando asiento en un banco de madera.
—¿Sigues soñando esas cosas tan raras? —habló Mia.
Asintió sin apartar la mirada de Yara, que le estaba exigiendo al vendedor algo que nada tenía que ver con las botellas por las que se había sentido estafada.
—No son sueños. Me cuesta explicarlo, pero realmente estoy en ese lugar y resulta que la última vez que intenté hablar de ello acabé saliendo por patas del Panteón, ¿eh?
—Sientes que perteneces a esta ciudad.
—Pá, son recuerdos de una vida que ya viviste.
—Y esa conexión que tienes con Lorenzo… Resulta que encontré algo en mis apuntes sobre una teoría relacionada con la reencarnación y la… memoria celular.
—¿Vienes de vacaciones y traes contigo los deberes?
Benedict rió por aquello. Su amiga no iba desencaminada: por mucho que quisiera darse a la buena vida durante el verano, le preocupaba la idea de olvidar lo que tanto le había costado aprender en la universidad, y en cierto modo, él estaba obsesionado con la neurociencia.
—Hay recuerdos que pueden quedarse grabados en el alma de las personas e ir de una vida a otra.
—Caralho, eso es muy poco científico por tu parte.
—La que faltaba, ¿has acabado con ese pobre vendedor?
—Eh, si eso fuera realmente cierto… ¿Por qué ahora? Quiero decir, nunca antes me había ocurrido algo similar.
—¡Es un viejo amor, está claro!
—Llamarlo así es demasiado fuerte.
—¡Pero si nunca antes he visto una conexión tan… intensa, como la tuya con Lorenzo! No me vengas con esas.
—Mia tiene razón. Si le preguntas a mi amigo, no diría lo mismo que tú en este momento, créeme.
—Me ha dicho que le gustaría verte.
—¿Desde cuándo Lorenzo y tú os escribís? —cuestionó Yara, tirando del borde de la camiseta de su hermana.
—Es que no tiene sentido.
—Claro que tiene sentido, caralho. ¿Sabes lo que yo daría por estar en tu lugar…? Que un italiano se enamore de mí y vivir el romance que tanto me gusta ver en las obras de teatro.
—¿Venías con esa idea, Yara? —Mia se vio obligada a aguantarse una risa cuando su hermana la miró con cara de «»es posible».
—Digamos que no tiene sentido… Pero tú lo sientes cuando estáis juntos u os miráis, ¿verdad? Algo en tu interior reconoce a Lorenzo.
—Quizá cuerda rota sea la clave —concluyó la portuguesa, siguiendo con la teoría de su amigo.
Agatha cerró los ojos y exhaló de forma pesada, porque le molestaba admitir que a lo mejor… tenían razón, por mucho que ella insistiera en creer que todo era una locura. Sin embargo, había una verdad en su pecho que era incapaz de continuar ignorando: Lorenzo era la clave.
Fue la conversación previa con las portuguesas y Benedict lo que la llevó a buscarlo en la tienda de discos de su tío Antonio, donde siempre olía a disco viejo.
El propietario seguía en la misma postura de la vez anterior, leyendo una revista, sentado detrás del mostrador. Parecía una figura de exposición en la tienda…
—¿Puedo ayudarte con algo? —se ofreció, sin levantar la cabeza de su revista de coches.
—Busco a Lorenzo —admitió, intentando que no le temblara la voz.
—No está —pasó la página.
—¿Sabe dónde puedo dar con él? Es importante.
Pero el cincuentón negó repetidas veces con un gesto de cabeza. Su bigote canoso se movió a causa de un tic que el hombre tenía en el labio, y eso llamó la atención de Agatha.
—Verá, busco a Enzo porque… Bueno, soy su amiga y hace varios días que no sé nada de él. Estoy algo preocupada por su sobrino.
Por fin levantó la cabeza, estudiando a la joven.
—Últimamente anda algo desaparecido y escaqueándose de su puesto en la tienda. Sé que va de aquí para allá con su chitarra.
—Como siempre —rió.
—Como siempre, sí… Verás, lleva unos días más despistado que de costumbre y más callado de lo habitual, y si bien lo conoces… Sabrás que es muy extraño que Lorenzo se mantenga callado. ¿Sabes a qué puede deberse?
Agatha tragó saliva y, sin mirarlo, negó.
Ante tal gesto, el italiano caminó con dificultad hasta conseguir colocarse en la parte delantera del mostrador, apoyado en este.
Se cruzó de brazos y miró a la mujer de sonrojadas mejillas, que por un momento creyó haber visto la viva imagen de su…
amigo… unos años más adelante. Estaba claro que Lorenzo tenía por referente a su tío e incluso había copiado de él los gestos más sutiles y difíciles de descifrar, pero que para ella no resultaban ya ningún misterio.
—No voy a entrometerme en asuntos del bambino, pero lo conozco, y sé cuándo está bien y cuándo no lo está, como ahora. Cazzo, no pretendo culparte por su estado anímico, Dios me libre de ello, solamente te diré que si ha ocurrido algo entre vosotros dos, deberíais solucionarlo. Acabar bien.
Pero ella tomó esas palabras como algo de lo que defenderse: cruzó los brazos sobre su pecho y lo miró fijamente, no le había gustado lo que Antonio insinuó.
—¿Acabar bien? Pero qué demonios, no hay nada que terminar porque jamás empezamos algo.
—Cara mia, quizá tú lo tengas bastante claro, pero insisto, conozco a Lorenzo y ha estado prácticamente todo el verano hablando de una tal…
Agatha. Una mujer que había llegado de Londres y que, aunque no lo ha confesado, lo tiene encandilado.
No me ha dado demasiadas explicaciones, por lo que no me meteré en lo que no es asunto mío —tosió—.
Arreglad eso que tengáis entre manos —pidió mientras que volvía a su puesto en el mostrador, como si nada, y retomaba su lectura.
—¿Podría decirle al menos que he venido…?
Puedes decírselo tú misma. Este viernes toca en un local de Trastevere —se rascó la cabeza—. Creo que se llama Luna Nuova, en mis tiempos yo mismo toqué ahí antes de que mi banda se diera a conocer, ¿sabes? Éramos muy buenos… Está claro que Lorenzo heredó eso de mí.
Y esa era la información que necesitaba para hacerle frente a una realidad tangible.