UBI TU, IBI EGO 24. mosaico
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24. mosaico

La noche siguiente, al otro lado de la ciudad hacía pocas horas que había amanecido, pero para Agatha seguía siendo una continuación de todo porque no había sido capaz de pegar ojo desde que se había marchado del Panteón.

A través de las rendijas de la vieja y verde persiana, se colaban los reflejos del sol, iluminando la penumbra en la que se había sumido al ver que todo lo que había estado ocurriendo las semanas que llevaba allí, en Roma, no solo eran delirios de su mente,

porque a Lorenzo le ocurría exactamente lo que a ella.

Recordó la imagen del italiano entregándole el paquetito que había envuelto de cualquier manera, con papel de un periódico viejo, justo antes de que todo cambiase para ambos.

El silencio de la habitación le pesaba sobre los hombros, y si cerraba los ojos podía ver a Elio con esa sonrisa suya tan burlona…

Pero sus ojos la observaban de una forma que pareciera estar atrapado entre el presente y algo que se escapaba entre los dedos…

Esa mirada ya la había visto anteriormente en Lorenzo.

Y sí, pese a que le resonaba descabellado por mucho que se lo repitiera en voz alta a sí misma, ese hombre que caminaba por la ciudad, con la guitarra a cuestas y unos pantalones rasgados, era el mismo que siglos atrás se había sentado con ella en esa cascada.

Elio y Lorenzo… Dos nombres… Dos vidas separadas por el paso de los años…

¿O no…? Ella apretó los ojos fuertemente, tratando de aclarar su mente, pero esa imagen persistía, porque, ¿cuál era el papel que el italiano estaba jugando en todo aquello?

¿Cómo era posible que alguien a quien conocía desde apenas dos meses hubiera podido ocupar tanto espacio en su cabeza y en su corazón?

Por mucho que el orgullo le hiciera negar cada vez que Federico le lanzaba indirectas.

Al encontrarse con fuerzas, al fin salió de la cama.

En su mente resonaba: «No lo abras todavía, hazlo cuando estés sola», que la llevó a buscar casi a trompicones el regalo.

Este estaba sobre la amplia mesa del salón, aún sin abrir porque cuando esa noche llegó al apartamento, lanzó su bolso contra el mueble, de cualquier forma, haciendo que el detalle se saliera de la cartera del color de las cerezas.

No paraba de observar aquello mientras que se dejó caer sobre el mullido asiento del sofá azulado que tan poco bien quedaba con la pintura anaranjada de las paredes… Y se le pusieron los vellos de punta al recordar el tacto de la mano del hombre sobre su brazo.

Quizá esa reacción suya que tuvo había sido desproporcionada… O quizá no.

Toqueteó lo que fuera que aquel papel de periódico, arrugado, guardaba en su interior, y notó que era duro y de forma cuadrada.

Sus dedos temblaron nerviosos al retirar el envoltorio que lo cubría, y la curiosidad le podía…

Estaba emocionada —y enfadada—, pero al ver de lo que se trataba, el aire de sus pulmones se estancó.

Se trataba de un pequeño mosaico hecho a mano donde unas piezas de lo que parecían vidrio y cerámica formaban un patrón conocido para ella.

Las puntas de sus dedos tocaron con cuidado la superficie de lo que parecía ser un pergamino, y los recuerdos la asaltaron con fuerza, como una oleada de violencia descontrolada.

Se le aceleró la respiración, no podía ser mera coincidencia, pero de todos modos su mente trataba de buscar una explicación lógica cuando la realidad era que la respuesta estaba en su interior… Dentro de Agatha.

Sus ojos se nublaron de lágrimas, el pecho se le contrajo en una espiral de angustia y pudo sentir cómo la locura se filtraba entre los resquicios de su cordura, como el eco de algo mucho más inmenso…

Al darle la vuelta, notó un pequeño papel pegado en la parte de atrás, donde Lorenzo había escrito lo siguiente con letra algo irregular:

«Está hecho a mano —por mí—.

Espero que te guste y te ayude a recordar».

La certeza la golpeó con la intensidad de los truenos que habían asediado el Panteón…

Y es que eso no solo era un mosaico en el que, Lorenzo se había entretenido como quien hace una manualidad para regalar…

Era un mensaje. Una pieza más del rompecabezas en el que sin ser consciente, siempre estuvo atrapada.

Después de haber estado todo el día sin salir del apartamento, por fin lo hizo.

Pero fue al anochecer. No quería ser vista, no quería toparse de frente con ninguno de ellos, y es que había acudido al mirador al que Federico la llevó semanas atrás cuando el pobre la llamó llorando, porque extrañaba a su prometido…

Con la única compañía de dos porciones de pizza al corte y una botella de vino, veía desde los muros cómo ascendía la luna, en lo alto.

Incluso en la distancia, la ciudad parecía estar repleta de vida, pero a diferencia, Agatha continuaba sintiendo ese vacío desolador en su interior.

Observó el Coliseo en la lejanía y sintió cómo los dioses romanos se divertían a su costa, y pese a que cualquiera hubiera dicho que se trataba de una simple casualidad, ella sintió como una llamada de estos la brisa que se coló por su camiseta y le acarició la espalda, notando ansia, duda,

desconcierto…

En su mente se proyectaron las imágenes de una azotea, una guitarra, una cascada, el Vaticano y él…

Permaneció un rato allí sin moverse apenas. Solo respiraba profundamente, con la única intención de que sus pensamientos fluyeran con libertad, porque a lo mejor así al fin se quedaría tranquila de una vez.

Sobre ella estaba la constelación de Escorpio, que en ese momento brillaba más que ningún otro día de esa semana, lo que quería decir que julio estaba llegando a su fin, y que le quedaba un mes para volver a Londres, pero…

¿De verdad Lawson deseaba volver a su ciudad sin concluir el regalo que la vida tenía para ella?

La verdad es que Roma te elige una sola vez en la vida, y al margen de todo lo que había sucedido aquel verano que tantos años llevaba esperando y ahorrando para ello, esos meses estaban siendo los más especiales de toda su vida, y no, no era porque permanecía atada a un recuerdo incapaz de borrar…

Era porque a diferencia de lo que creía, había conseguido hacer un grupo de amigos maravilloso.

Entonces comprendió que realmente todo ocurre por algo.

Recordó a las dos portuguesas bailando por las calles de Trastevere… a Federico citando a Dante Alighieri junto a las catacumbas situadas en un barrio alejado del centro… O a Benedict cayéndote del patinete que habían alquilado para ir de una punta a otra de la ciudad… O de Lorenzo.

Aún podía ver sus redondos ojos cuyo color tanto le recordaba a los bombones que su padre le regalaba cada vez que conseguía algo importante para ella: como cuando logró acceder a la universidad, o con su primer trabajo, o cuando finalizó la terapia…

Esos bombones la miraban con una sonrisa, mientras Federico y ella se bañaban en un estanque de Villa Borghese, que no solo estaba prohibido, sino que además era bien entrada la noche…

Pero cuando se es joven y una trata de vivir su vida lo mejor que sabe, o que puede…

Todo le da igual, porque solo piensa en el aquí y el ahora.

Gracias a esa mentalidad fue que Agatha Lawson pudo guardar en su memoria uno de los más bonitos recuerdos del viaje a Italia.

—Honestamente… Si nos llevamos una multa, sería más que merecida.

Esto es ilegal, por si a alguien no le ha quedado claro con el cartel de ahí —Benedict señaló a un rótulo, pero a Yara y a Federico les importó poco porque estaban bien a gusto bañándose en el agua que de día solía estar repleta de blancos cisnes y alguna oca con mal carácter.

El eco de la risa de Mía, que había bebido un poquito más que el resto, resonó por todas partes, y la causa fue que Agatha había tratado de tirar a Lorenzo al agua, pero la que terminó sumergida fue ella.

—¡El cielo está precioso hoy…! —oyó a Federico chapoteando cerca de ella, pero no le prestó atención.

La británica se recostó en el agua porque le encantaba cómo el suave vaivén le acariciaba la piel…

Y Lorenzo la estaba observando desde la orilla, con una mano que no paraba de juguetear con el pañuelo anudado a su pantalón.

Benedict notó eso, conocía a su amigo y sabía cuándo su colega estaba inquieto…

y es que había algo en su sonrisa, en su forma de mirarla, que sin palabras lo decía todo.

Esa misma noche el grupo anduvo bailando y escuchando música en un altavoz, junto a unos bancos de piedra.

Agatha se había alejado unos metros, envuelta en una toalla que su vecino le había prestado y tomó asiento en unos tablones de madera cercanos a unas barcas.

Reclinó la cabeza y observaba el reflejo de las estrellas en el agua: su mirada se perdió en el dibujo de las constelaciones, todo parecía lejano.

—¿Es posible que prefieras estar aquí que escuchando el maravilloso fado que Mia ha insistido en mostrarnos…? —ironizó. Habló con esa voz rasgada tan característica suya, pero tan suave y clara como siempre.

La pelirroja le hizo un gesto, invitándolo a tomar asiento junto a ella, y es que sus sinceros ojos y su tranquila sonrisa la hicieron sentir como si él siempre hubiera estado ahí junto a ella…

Por lo que, cuando al fin se sentó a su lado, Agatha recostó su cabeza en el hombro del italiano, que sintió como algo en su interior se estremecía.

—Me siento segura contigo cerca —confesó.

—¿Tanta sinceridad de repente…? ¿Qué pasa, Rizos?

—No sé si quiero volver todavía a Londres. Algo dentro de mí me dice que aún es pronto.

—Vive el momento —propuso, dándole un pequeño beso en la cabeza.

—Ya lo hago, créeme. Pero desearía que esto durase un poquito más, ¿sabes?

—Entonces quédate aquí.

Agatha se apartó y buscó los ojos de él con necesidad.

—¿Aquí en Roma…? El alquiler me saldrá por un ojo de la cara —bromeó.

—Aquí, conmigo.

Ante aquello, ella sonrió… y ambos quedaron en silencio.