23. ti manchi
Se dejó caer sobre el asiento del dueño de aquella tienda escondida detrás de la estación de Termini.
Luchaba consigo mismo por mantenerse despierto, pero el cansancio se apoderaba de él debido a que la noche anterior al veintiséis de julio no fue capaz de pasar por el piso en el que vivía junto a sus tíos y sus tres primos.
No solo es que no pudiera pegar ojo, es que no deseaba tener que andar dándole explicaciones a su familia del porqué llevaba los ojos tan rojos y las manos le temblaban.
Y resulta que se pasó toda la noche dando vueltas por la ciudad. Necesitaba despejarse, porque de algún modo se sentía culpable de todo lo que había ocurrido, que se preguntó a sí mismo si debió confesar a la británica todo desde el primer momento.
Pero lo habría tomado por loco… O quizá no.
La cuestión es que cada vez que la puerta del local se abría, Lorenzo se quedaba mirando hacia la entrada…
esperándola… Pero aquello no ocurriría. Y tampoco es que hubiera demasiada clientela en aquel momento, tan solo unas cuatro o cinco personas, pero para él eran demasiadas porque lo único que necesitaba en ese momento era la soledad.
Había metido la pata, pero bien, con la única mujer en la que alguna vez tuvo un interés genuino y con la que veía algo de futuro, por muy incierto que fuera.
Y no… No es que se estuviera aferrando a los recuerdos de Elio; a los recuerdos del pasado, es que en esos meses el italiano había desarrollado un cariño especial hacia ella, porque cada noche antes de acostarse, la sonrisa de Agatha venía a él, sus rizos, sus labios…
Estaba dispuesto a pasarse horas, días y noches escuchando su voz, así como de la loca idea que siempre tuvo de alquilar una furgoneta e irse a recorrer Europa…
O quizá hacer la famosa Ruta 66 en moto —cosa que hubiera sido imposible para ambos, porque no tenían la licencia…
—, pero la realidad es que él la habría seguido al fin del mundo, de ser necesario.
Cuando coincidieron aquella noche, estaba claro que era cosa del destino que sus almas volvieran a reunirse, pero estaba en manos de la una y el otro continuar con aquello, o decidir dejarlo atrás.
La vez que acabó en esa misma tienda, por pura casualidad…
le apenó no haber podido invitarla a tomar un Aperol en un bar cercano al que solía ir después del trabajo para conocerla algo más, pero tenía prisa por llegar a tiempo al aeropuerto, a recoger a Benedict, que venía a pasar unos meses con él hasta que debiera volver a la universidad.
¿Pero de verdad que era más importante recoger a su colega en el aeropuerto que quedarse ahí hablando con ella…? ¿O acaso solo era una excusa para huir del pasado?
Pero lo que al italiano le pareció una cruel broma del destino fue habérsela cruzado en Florencia, porque desde ese momento, frente al David, el que empezó a aflorar sus sentimientos no era Elio… sino Lorenzo Marchiesi.
A lo mejor con el tiempo era capaz de olvidarse de ella, y ella de él, y de poder comenzar una nueva aventura con otra chica…
Pero es que, aunque Agatha siempre tuviera una simpática sonrisa dibujada en los labios rojizos, cuando estaba junto a Lorenzo era diferente…
Con él, esa sonrisa era auténtica, como si, pese a no ser consciente de esa conexión milenaria que sus almas tenían, supiera que algo ocurría entre ellos.
Por no hablar de lo graciosa y sumamente irónica que le resultaba, y justo aquello fue lo que de verdad lo había conquistado…
No solo se había aferrado a un supuesto recuerdo que lo atormentaba desde hacía meses, es que Lorenzo había creado nuevos recuerdos, y en todos ellos estaba Agatha Lawson.
Por un momento se planteó volver a retomar la vida que tan poco le llenaba, y es que había dejado la universidad en el último curso y fue trabajando en un lado y en otro, en lo que le surgía, hasta que el verano de dos mil veinte recibió la llamada de su tío Antonio,
y una oportunidad para salir de Sorrento y con ello, dejar atrás lo que no le hacía feliz.
El cascarrabias de su tío le había ofrecido la oportunidad de vivir con él, su mujer y sus tres hijos, a cambio de trabajar en la tienda. ¿Que por qué lo hizo…? Porque era consciente de que su adorado sobrino no estaba pasando por una buena época. Aunque aquel año no fue bueno para nadie.
El cincuentón insistió en que su sobrino tenía un gran potencial con la música, en especial con la guitarra eléctrica, por lo que en su cumpleaños número veinticuatro le regaló un bono de clases de canto con el pretexto de que le agotaba oírlo meter berridos cada vez que se duchaba…
Pero en realidad, el hombre, que en su juventud se había dedicado a la música e incluso tuvo su propia banda de rock italiano, se vio forzado, por su enfermedad degenerativa, a abandonar lo que más amaba en la vida, después de su familia…
Así que deseaba que al menos su sobrino preferido —y único— llegase alto… o que al menos lo intentase.
Fue gracias a Antonio que el joven empezó a tocar en las calles de Roma, ganándose algún que otro euro, invitaciones a fiestas privadas y, con el tiempo, un puesto en el club al que solía ir a tocar cada noche.
Aquel mismo verano, en julio, Lorenzo tuvo su primer episodio mientras visitaba el interior del Coliseo: se desmayó frente a una multitud de gente que no supo qué hacer.
Mientras la gente veía el cuerpo tendido en el suelo, su mente soñaba con el Monte Palatino y con una fura pelea entre gladiadores donde él era el siguiente.
Pero es que esos episodios iban en aumento al pasear por determinados lugares, o dependiendo del objeto que tocase… Siempre acababa tirado en el suelo, recordando.
Su tío le obligó a ir a los médicos, pero tal y como el chico imaginaba, no era otra cosa que su imaginación jugándole una mala pasada, porque todo en él estaba perfecto.
Todo, salvo su cabeza.
Sentía estar volviéndose loco cada vez que esas fantasías parecían ser más reales. Incluso llegó un punto en el que, al despertar de ellos, se sentía completamente vacío, como si la vida de Lorenzo Marchiesi no le perteneciera.
Como si no fuera suya…
Pasaron los meses, y en febrero de dos mil veintidós, en aquellas imágenes comenzó a aparecer una mujer que lo descolocaba completamente: su nombre era Cornelia Apronia.
Solía soñar con ella incluso estando despierto en el presente, y es que el amor que sentía por esa desconocida mujer era tan fuerte, que muchas de las madrugadas despertaba llorando al resignarse ante la desdicha de ella.
Pero solo eran sueños… O eso se obligó a creer.
Una noche de junio de ese mismo año, todo cambiaría, algo daría la vuelta a su mundo repleto de discos, púas y pines de bandas, poniéndolo patas arriba.
Instado por su primo esa vez, tocó en una plaza donde solían ponerse universitarios y algunos turistas, ya que Nino —hijo mayor de Antonio y heredero de su nombre— le aseguró que se ganaría unas cuantas monedas extras, que si había algún grupo de estudiantes españoles,
seguro que la plaza se vendría arriba con los ánimos…
Pero el dinero no fue lo único que ganó esa noche.
Estaba cansado de tocar las mismas cinco canciones de siempre de aquel grupo emergente que había conocido a través de las redes sociales y que tanto parecían gustar a la gente, así que ese día se decidió por una balada ochentera, porque sí, Lorenzo era un nostálgico de cuidado…
Y al alzar la mirada se topó con ella, con la mujer de sus sueños…
Con Cornelia Apronia… Se quedó sin aliento cuando la vio vestir con una larga falda bastante actual, que, aunque él no lo sabía, era de una tienda de segunda mano en Camden Town.
Las ondas en su pelo se habían convertido en una cascada de rizos rojizos, pero sus ojos, su mirada…
Continuaban siendo los que él conoció una vez.
Pero ella no lo recordaba…
Se había convencido a sí mismo de acercarse a hablarle una vez acabase el conciertillo, pero no le dio tiempo porque las dos chicas con las que iba insistieron en marcharse antes.
Y le dolió tanto el alma con eso que de verdad se enfadó con el destino, que creyó le estaba gastando una broma pesada, no permitiéndole volver a verla…
Hasta que apareció en la azotea… en la tienda de música… y en Florencia.
No solo sus almas se habían reconocido entre tanta gente, es que, pese a ella no ser consciente aún, se iban buscando, y de verdad parecía que el universo conspiraba en favor de Lorenzo, intentando unirlos otra vez… o separarlos.
Esa segunda vez la culpa había sido del italiano, por no tener el valor suficiente de confesar las cosas a su debido tiempo, y no es que hubiera sido por falta de oportunidades para hacerlo, no…
Es que cada vez que se envalentonaba a ello, algo en su pecho tiraba de él desde dentro y le impedía hablarle de lo que tanto deseaba hacer.
—¿Qué sucede, bambino? —cuestionó, dejando una caja de cartón algo pesada sobre el mostrador de cristal, a través del que se veían diferentes tipos de púas y abalorios expuestos en la parte baja de este.
—Niente…
—No le mientas al que paga tu sueldo… Dai, raccontami…! ¿Problemas de faldas…?
—Antonio, por favor…
—Que sea tu tío no quiere decir que no puedas contarme las cosas como a tus… colegas —se acomodó las gafas antes de continuar—. No insistiré más, pero puoi contare su di me... Ahora necesito que te decidas a qué hacer con estas dichosas cintas de música que no querrían ni en un anticuario.
Entonces, gracias a su tío Antonio, surgió una idea en él.