UBI TU, IBI EGO 22. tu #2
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22. tu #2

Lorenzo y Agatha se miraban como si esperaran que el otro fuera el primero en dar el paso, en hablar o en encontrar una solución.

Pero la pobre sintió como si el peso del suelo bajo sus pies temblase porque algo en su interior se estaba desmoronando, como si todo aquello que creía real se hubiera deshecho en un torbellino de imágenes borrosas y emociones que no le pertenecían.

—¿Memoria genética? —preguntó Federico—. Cioè, ¿te refieres a que están recordando cosas de sus antepasados?

—No… Cuando se trata solo de memoria genética, la gente ve fragmentos, tiene sensaciones, pero ellos dicen que es algo vívido, ¿no es así?

—Como si nuestras almas hubieran estado aquí antes.

El aire en el Panteón de Agripa se volvió más frío y denso, pero probablemente solo era por la sugestión del momento, que, aunque ninguno confesaba, todos sentían en sus huesos.

—Dijiste haber empezado con esos sueños al llegar aquí, ¿me equivoco? —habló al fin Lorenzo, alzando la mirada.

—Al venir a Roma, sí. Pero ha sido como que… se han ido intensificando a medida que tú y yo nos hemos ido conociendo —admitió.

—No es casualidad —canturreó Federico, poniéndose de cuclillas, ya cansado.

—Desde que te vi tocando en la plaza, algo dentro de mí cambió, ¿sabes?

Acto seguido, una intensa luz iluminó el lugar y, después de unos segundos de silencio, este se rompió con el fuerte sonido de un trueno que, aunque lejos todavía, cada vez se acercaba más a ellos.

Reverberó en las paredes del lugar, como si corroborase las palabras de la mujer.

Y como un torrente incontenible, las imágenes volvieron a Lorenzo: un pergamino, gritos ahogados en la distancia, el sabor del miedo y la sangre, y un nombre… Cornelia Apronia.

El italiano jadeó cuando se llevó la mano a la cabeza y comenzó a tambalearse de un lado al otro, y ella palideció, pero antes de poder asistirle, Yara rompió el silencio con una nerviosa y sarcástica risa que siguió de un aplauso sin entusiasmo real.

—Caralho, ¡bravo por vosotros! Sois dos actores de primera, y puedo permitirme decir esto porque sé de qué va el gremio —sonrió—.

Estoy segura de que podrían contrataros para una telenovela italiana de esas que pasan a mitad de tarde…

Probablemente tengáis empleo siempre como actor y actriz, pero…

Es suficiente, ¿no creéis? —pero el resto del grupo la miró con incredulidad.

—¿No los crees…? —susurró la castaña.

—A ver, como actuación tienen mis dieces, y como broma… Ha sido fantástica. Muy convincente, de verdad. Pero me han empezado a dar mucho miedo, y si hubiera querido que alguien me contase una historia de terror, hubiera aceptado el plan de Ben de ir a un escape room de esos, por el foro romano.

Y entonces los ojos de la británica se llenaron de decepción y el peso invisible que le oprimía el pecho se hizo más pesado hasta que algo se quebró en ella.

—Eh, se acabó —aseguró, agachándose a recoger sus cosas con torpes movimientos.

—¿Pero qué haces? —murmuró Benedict.

—Un placer haberos conocido, en serio, pero esto… Ha llegado demasiado lejos. Creo que he perdido la cabeza, y lo mejor será… Que me aleje de todos.

Unas silenciosas lágrimas resbalaron por sus mejillas y, aunque la visión se le tornó borrosa, no se detuvo.

—¿A dónde vas, Ag…? —Mia le sujetó el brazo preocupada, pero la pelirroja se zafó de ella como si el contacto le quemase la piel.

—Tal vez… In un posto dove non perda la testa —dijo, sorprendiéndolos a todos, incluso a sí misma.

Aquellas palabras fueron una daga: Nadie supo qué decir, pero el peso de esa decisión se sintió como un abismo… Como una brecha en el curioso grupo que habían formado.

Sin mirar atrás, avanzó hacia la gran puerta del Panteón, que no esperaba haber sido abierta hasta pasadas las cuatro de la mañana, como el guardia les había prometido, pero ella le pidió que lo hiciera, mirándolo con los ojos llenos de lágrimas.

—Pecas… No te vayas así, por favor —ella cerró los ojos como si eso pudiera contener el llanto que empezaba a ahogarla—. Por favor, Agatha…

Pero cuando su vecino y buen amigo vio sus ojos rojos y el temblor en su cuerpo, entendió que no había nada que pudiera hacer por retenerla, por lo que suspiró con resignación y su mirada se clavó en la de ella buscando una última razón para no dejarla irse… Pero cedió.

—Avísame cuando llegues a casa —fue lo último que le pidió, para después empujar uno de los portones que se abrió con un chirrido que retumbó en el silencio sepulcral del lugar.

Y Agatha Lawson cruzó aquel umbral sin mirar atrás.

Dentro, el grupo se mantuvo en silencio. Mia jugueteaba con la perforación de su labio inferior, Benedict mantenía el ceño fruncido y Yara se acarició los muslos, nerviosa.

Estaba dispuesto a ir detrás de ella, pero Federico se colocó frente a él con una mirada seria.

—Oye, Capitán, no puedo dejarla que se vaya así.

—Lorenzo… Necesita espacio, la conozco poco, pero sé que lo necesita… Prometo ayudarte a solucionar esto, pero ahora debes dejar que se marche, o será peor.

Marchiesi se tocó el pendiente con nerviosismo porque todo dentro de él le estaba gritando que debía ir y correr tras ella para decirle que no estaba sola. Que no debía cargar con tantas dudas y que juntos podrían encontrar las respuestas… Pero no lo hizo.

Se mantuvo observándola desaparecer en la oscuridad con la sensación de que, al dejarla ir, algo más grande acababa de ponerse en marcha.

Y era algo que ya no podían detener. No había vuelta atrás.