UBI TU, IBI EGO 22. tu
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22. tu

Un suspiro ahogado la trajo de vuelta al escapar de su boca y empujarla a incorporarse, asustada. Su respiración estaba más acelerada de lo normal y, tratando de recuperar el aire que se le escapaba, se llevó la mano al pecho.

El hombre de su lado la ayudó a incorporarse despacio mientras veía cómo los ojos de su amiga denotaban absoluto terror.

—Amiguinha, estás aquí… —escuchó.

La portuguesa le acarició la nuca con el mismo cuidado que solía hacerlo con Yara cuando eran pequeñas.

Y con cierta desesperación, Agatha se colgó del cuello de la castaña, apoyando su cabeza sobre el hombro de esta, que no atinó a reaccionar.

De forma instintiva, la británica deslizó sus ojos hacia el lateral izquierdo, donde Lorenzo continuaba tirado en el suelo, mientras que Benedict se encargaba de recostar la cabeza de su amigo entre sus piernas, mientras lo abanicaba con el cuaderno que habían sacado del bolso de la pelirroja.

Y es que no pudo apartar su mirada del cuerpo inerte del guitarrista, y tampoco quería hacerlo. Algo se removió en su interior cuando lo vio respirar con calma, de forma suave, como si su cuerpo se estuviera resistiendo a abandonar el sueño. Pero ella tenía una extraña sensación de vacío.

—¿Cómo te encuentras? —cuestionó Federico.

Y ella no le prestó atención. Estaba pendiente de los dedos del músico, moviéndose lentamente como quien trata de memorizar una pieza de piano, pero que en su caso pareciera que estaba tocando los trastes de la guitarra…

Se removió y frunció el ceño antes de abrir los ojos con cierta pereza, porque realmente estaba a gusto en aquella fantasía que de algún modo le pertenecía.

Parpadeó desorientado, buscando encajar los fragmentos de lo que acababa de experimentar… Pero se incorporó con avidez, manteniendo una mano en su propio estómago.

Miró a su amigo y separó los labios con la intención de hablar, pero volvió a cerrarlos cuando el británico le lanzó una mirada que en silencio aseguraba que le había vuelto a ocurrir otra vez.

La temblorosa mano de Marchiesi buscó a tientas la de Agatha, y cuando por fin logró alcanzar a rozar sus dedos, fueron sacudidos por un leve cosquilleo.

Entre tanto, las miradas del grupo iban de un lado a otro buscando comprender qué estaba ocurriendo, pero nadie tenía respuestas ante aquello… Bueno, casi nadie.

Agatha mantuvo la mirada clavada en el hombre de pelo desordenado que estaba tomando aire, tratando de calmarse a sí mismo, mientras que Benedict y las hermanas murmuraban palabras a las que ella no prestaba atención por mantener su atención en él.

Y Federico le agarró la mano en un intento de mostrar su presencia, pero su vecina no sintió tal tacto, que buscaba reconfortarla.

No podía dejar de mirar a Lorenzo.

No podía dejar de mirar a… Elio.

Ese nombre se había colado en su mente como un susurro que estaba anclado en lo más profundo de su ser, y él lo sintió, porque de un momento a otro la atravesó con sus dos grandes ojos del color del chocolate.

Él se pasó la mano por la cara, aún tratando de recuperar el aliento, y es que sentía como el corazón le pulsaba en las sienes, y no entendía si esa sensación era por el sueño tan vívido o por la insistente mirada que lo estaba escaneando, como si pudiera ver algo dentro de él,

que ni él mismo entendía.

—¿Qué caralho ha sido eso…? —murmuró Yara.

Benedict sacudió su cabeza como si esperara que así todo cobrase sentido, pero no lo hizo. Federico, que estaba experimentando la misma sensación que Agatha, le apretaba con suavidad la mano en un intento de hacerla volver en sí. Pero ella no reaccionaba; su mente oscilaba entre Lorenzo y Elio.

—Pecas —susurró al fin—. ¿Te encuentras bien?

Pero continuó perdida en sus pensamientos y en los ecos de algo que no le era posible verbalizar.

Y fue con el sonido seco de la mochila de Mia cayendo al suelo que algo se sacudió en el interior de la británica: una certeza imposible que demostraba que los hilos de su vida estaban entrelazados con los de la de él…

Ignoró completamente la pregunta de Federico y se puso en pie, aún algo mareada, pero poco le importó porque no cesaba de ir de un lado a otro a la par que se sobaba la frente bajo la atenta mirada del grupo.

—Levanta el culo, Solista.

Su amigo fue el único en echarle una mano a ponerse en pie.

—Oye, Agatha… —Extendió su mano tratando de alcanzar el brazo de la mujer, pero ella se apartó con furia.

—No me toques —susurró.

Lorenzo la observó con desconcierto. ¿Por qué de repente estaba actuando de esa forma…?

—Lo sabías —acusó.

—¿Saber el qué, Rizos...?

—Elio y Apronia… Tú y… yo.

Fue entonces cuando el guitarrista la miró con una expresión totalmente diferente: No había sido solo cosa suya, ambos lo habían visto…

Él suavizó el ceño, pero sus ojos se oscurecieron con algo que hizo a Agatha ladear la cabeza, porque no solo era culpa o frustración, también había algo que llevaba estando presente desde el principio.

—Jammo, Agatha… —musitó, volviendo a intentar alcanzarle el brazo. Pero esta negó dando un paso atrás.

Las manos de Lorenzo se cerraron en puños a los costados de su cuerpo, sabiendo que había algo que debería hacer o decir, pero no se atrevió a hacerlo.

—Lo sabías —insistió—. Por eso me preguntaste por mis sueños, por eso estabas tan preocupado en los desmayos…

Fue cuando él desvió la mirada hacia un lateral, que, con ese gesto, lo dijo todo sin necesidad de abrir la boca: no trató de negar lo evidente.

La respiración de la británica era irregular porque el corazón le palpitaba con violencia y los pensamientos eran un caos en el que todo encajaba y se desmoronaba a la par.

—¿Qué demonios…? Yo me largo de aquí —admitió, encaminándose hacia la puerta—. Gracias por la experiencia, Cuentacuentos, pero yo… Me marcho.

—Pero, ¿por qué ibas a irte? —la más joven del grupo intentó detenerla, y como si una cuerda invisible hubiera tirado de Agatha, esta se encaró a ellos.

—¡Porque necesito tiempo, maldita sea! Necesito aclararme y tal vez… Saber qué está ocurriendo conmigo.

De una forma completamente inconsciente, Lorenzo se frotó el tatuaje del brazo, y ella siguió ese gesto con la mirada. Pero Mia desvió su atención.

—Anda ya… Nadie va a marcharse todavía, ¿vale? Al menos no hasta saber qué ha sido eso que os ha ocurrido… Porque muy normal no ha sido, pá.

Benedict miró a su amigo, de brazos cruzados, y negó, como si estuviera decepcionado con él. Pero en realidad lo que estaba era preocupado por el italiano.

—No es la primera vez que le ocurre… En mi última visita a Italia le pasó estando en el parque, y ya con el tiempo se atrevió a confesarme que le había sucedido en otras ocasiones —suspiró—.

Enzo se desmayaba, perdía el conocimiento y durante días estaba distante y apático.

Podría decirse que estaba en otro mundo, no lo sé…

Pero no tenía ni idea de que siguiera ocurriéndote.

El implicado apretó los labios con fuerza, avergonzado, y le retiró la mirada al sentir que todos lo observaban.

—¿Por qué no me habías dicho nada?

—Jammo… No tiene importancia, Rizos.

—¿Cómo que no tiene importancia, Lorenzo…? ¡Has visto y sentido lo mismo que yo…! —él negó sin mirarla—. ¡Pues claro que sí, demonios… Ambos lo sabemos!

Avanzó hacia él a grandes zancadas hasta que quedaron a escasos centímetros de distancia, y el hombre que robó cada una de sus miradas desde el momento en el que se cruzaron en aquella plaza contuvo el aliento y con él las ganas de lanzarse a abrazarla.

—Mírame a los ojos y dime que es mentira, Lorenzo… ¿Eh? Dime que no tiene importancia —insistió.

Él separó los labios con la intención de confesarse al fin, pero volvió a unirlos y apartó la mirada una vez más… No estaba preparado.

—Então… ¿Alguien podría explicarme de qué estáis hablando? Me he perdido hace un rato.

Agatha se apartó del italiano, con las manos temblando: no estaba acostumbrada a verse obligada a sacar el lado malo de su carácter, y menos aún deseaba hacerlo con cualquiera de ellos, pero la situación había podido con ella, y era como si otra persona ajena a sí misma hablara en su lugar.

Mia fue la única en percatarse del movimiento involuntario de manos de su amiga, así que se acercó a ella, le tomó ambas manos y empezó a acariciarlas.

—Esos desmayos que, como Ben ha dicho, yo tenía y que Agatha tiene desde que llegó a Roma, son algo más que… desmayos —suspiró—. No soy capaz de explicar de qué se tratan, pero…

—Yo siento como si fueran saltos a un pasado del que no recuerdo tener noción —admitió—. Siempre fueron una especie de sueños lúcidos, pero lo de esta noche… ¡Demonios! —y sin esperarlo se rompió.

Durante unos interminables segundos, el Panteón quedó en absoluto silencio, en el que todos evitaban cruzar miradas con el resto.

Lorenzo sintió el peso de las palabras de esa mujer sobre su pecho, como el eco de algo que había estado intentando ignorar durante más tiempo del debido.

—¿Saltos al pasado dices? —repitió Benedict en voz baja, como si la idea en sí misma resultase absurda—. Digamos que… ¿aseguras recordar cosas de una vida pasada?

El tono que había empleado resultó escéptico a oídos del resto, pero en el interior el neurocientífico sabía que aquella idea probablemente no fuera tan descabellada como la habían hecho sonar.

—Es que no son exactamente… recuerdos. Siento que lo revivo como si estuviera ahí, como si se tratase de otra persona y no de mí… ¡Tal vez parezca una lunática diciéndoos esto!

—No estás loca —aseguró Lorenzo, con un nudo en la garganta que por poco no le dejaba hablar.

—¿Y si no es solo el pasado…? ¿Y si tiene que ver con algo que nunca terminó del todo?

—No le hagáis caso, Mimi lee demasiada fantasía y eso le afecta al coco.

—Honestamente, no suena tan descabellado. Verás, hay una teoría que explica la memoria de los lugares, la llamamos memoria genética.

Pero el silencio a continuación fue todavía más denso, porque aunque ninguno lo confesara, todos sentían estar a punto de descubrir algo que cambiaría sus vidas para siempre.