UBI TU, IBI EGO 21. dea fortuna
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21. dea fortuna

La brisa de la mañana era la encargada de arrastrar con gracia la cortina de la sala en la que Cornelia Apronia se encontraba tumbada, observándose frente al espejo, con las ropas que su madre se había tomado la molestia de elegir para la ocasión.

Y es que ese día se celebraría el festival en honor a la diosa Fortuna, y con ello, el acto en el que oficialmente se anunciaría el compromiso de Domiciano con la mediana de los Cornelio.

Notó la palma de su mano humedecerse otra vez: al mirarla, comprobó cómo la tela blanca que cubría a diario su extremidad había vuelto a teñirse de rojo.

—Maldita vieja agresiva —murmuró, poniéndose en pie.

Estaba realmente hermosa, la estola de color lila junto con los abalorios y la corona de laureles quedaban a la perfección con ese color rojizo que tenía ahora su cabello.

Se perfumó las muñecas y el cuello con unas gotas de aceite perfumado y fingió una sonrisa delante del espejo…

Al que instantes más tarde golpearía con rabia.

No quería ir, no quería hacer aquello… Se había dado cuenta de que estaba atrapada en un ciclo de miedo y ansia donde cada suspiro era una lucha por mantenerse calmada.

Tiempo después, la festividad dio comienzo: el emperador mantenía constantemente la mano de su recién esposa tomada con cariño, donde él iba, ella lo hacía.

Y Cornelia parecía estar encantada con ese ambiente, ya que no paraba de conversar con la gente, dándose a conocer como la emperatriz de Roma, y Tito no podía estar más feliz con aquello.

Por otro lado, Domiciano mostraba menos interés en Apronia del que ella esperaba, el hombre se había centrado en andar discutiendo diferentes intereses políticos y de negocios. Pero tampoco le molestaba la idea de que la dejase en paz al menos unas horas.

Cornelio y Octavia se mantenían al tanto de que absolutamente todo saliera tal cual lo habían planeado, y así fue.

Su hija mediana estuvo jugando con el menor de los Cornelio hasta que el niño terminó agotado y se quedó dormido en los brazos de Tullia, que estuvo prácticamente toda la celebración en un rincón, apartada.

Apronia había tomado asiento en un banco y no dejaba de tocar su dorado brazalete, esperando poder calmarse, cosa que le fue imposible. Y hubo alguien que estuvo pendiente constantemente de ella: Elio no apartaba la mirada de la joven que parecía no dejar de moverse incómoda.

Ella todavía no se había percatado de su presencia, estaba más atenta a hablar de vez en cuando con los asistentes y fingir alguna que otra sonrisa.

Pero una extraña sensación volvió a posarse en el interior de él: era como si el vacío que llevaba años sintiendo, al fin se hubiera llenado con Apronia.

Pudo ver cómo en la distancia, un vacilante Domiciano caminó hacia ella y que, tras tomarla de la mano, la obligó a ponerse en pie y caminar junto a él con la intención de recrear una danza frente a todos los allí presentes.

Se le llenó el pecho de ira, porque verla con él, teniendo todavía presente la conversación en la cascada, lo deshizo por dentro.

Con un gentil gesto de mano que esperó todo el mundo viera, la invitó a bailar.

—No seré yo la más afortunada —comentó con cierto retintín antes de tomarle la mano.

Con un disimulado tirón consiguió que quedasen pegados el uno al otro, a lo que el público hizo una breve ovación, pero ella intentaba disimular su malestar lo mejor que podía.

—No ironices, Luna mía —amenazó.

Tito hizo un movimiento de mano y al instante los músicos comenzaron a amenizar el ambiente al ritmo del címbalo y el tambor: a Apronia siempre le había gustado la danza y la practicaba siempre que podía, lo que la había llevado a ser una gran bailarina en eventos,

pero en ese baile no estaba disfrutando de la música y del movimiento porque sentía no estar expresándose adecuadamente.

Era como si cien puñales le estuvieran atravesando el pecho, como un augurio donde sus pesares más temidos se harían realidad en tan solo unos días…

Y sí, la coreografía que ambos conocían desde temprana edad estaba cautivando las miradas a su alrededor, y pese a que ella estaba concentrada en no equivocarse en cada movimiento, Domiciano le lanzaba largos vistazos cargados de deseo.

Incluso llegó a bromear buscando que se relajara, e increíblemente lo consiguió: Apronia lanzó un par de carcajadas, pero jamás se sabría si fue por lo que su futuro esposo le había dicho, o por los nervios de estar siendo observada por todas partes.

Desde la distancia, el mercenario veía la escena con una expresión más seria que de costumbre. Había cruzado sus brazos y no paraba de repetir en su mente lo desgraciada que la pobre sería el resto de su existencia.

—Y dime, Luna mía… —le susurró—. ¿Serás una esposa dócil o continuarás teniendo esa lengua afilada?

Notó el cálido aliento de Domiciano contra su piel y un escalofrío le recorrió la espalda, pero mantuvo una postura firme, sin ceder a un solo gesto de debilidad.

—Todo dependerá de la clase de esposo que seas.

Detuvo el movimiento un momento para presionar su mano con fuerza, dejando claro quién mandaba ahí. Pero ella no se achantó, le sostuvo la mirada aunque notara el peso de su propio destino sobre sus hombros.

La danza al fin había finalizado con una última reverencia, y tal y como se esperaba de ella, sonrió como si aquel fuese uno de los momentos más bellos de su existencia, cuando la realidad es que su vida hacía mucho tiempo que dejó de ser suya… En realidad, nunca lo fue.

Los presentes habían vuelto a sus banales conversaciones, alguno que otro ya andaba con el estómago lleno de comida y la garganta templada por el vino, y todos parecían estar algo más desinhibidos.

Así que, aprovechando aquello, se apartó varios metros para sostenerse de un árbol cercano de rojizas hojas, porque sí, estaba saturada del momento y de la multitud, las parafernalias nunca fueron con ella.

Al pasear su mirada buscando algo con lo que distraerse, notó unos ojos que la observaban desde una esquina.

Lo hacían en silencio y con algo más profundo que no consiguió adivinar del todo porque su corazón se había puesto a dar saltos en su pecho y, como consecuencia, el bullicio de la multitud se había desvanecido.

Elio le hizo un sutil gesto que solo ella percibió, en el que señalaba hacia la derecha de la mujer, que, habiéndose asegurado de que nadie la viera, desapareció del lugar.

Caminó con cautela por un jardín trasero bastante descuidado y para nada transitado, donde las hojas secas y algunas flores que empezaban a secarse se encargaban de teñir el lugar de marrón y tristeza… Justo como ella se sentía.

El mercenario se separó de la sombra en la que se ocultaba y avanzó hacia ella con paso firme, y ella no se movió del sitio. Su respiración cada vez era más pesada cuando él se detuvo a escasos centímetros, pero lo suficiente para que el calor de su cuerpo la alcanzase.

—No sabía que anduvieras por aquí.

—Siempre ando cerca de Domiciano, ya deberías estar acostumbrada —carraspeó—. ¿Vas a decirme que todo está bien, Apronia?

Pero ella agachó la cabeza avergonzada. Habría querido decirle que sí, que todo andaba perfectamente y que sería la mujer más feliz, pero por alguna extraña razón, a él era incapaz de mentirle.

—Claro que no lo está. Pero es mi deber aparentar que sí, ¿no crees…?

El hispano cerró los ojos buscando reprimir lo que amenazaba con desbordarse dentro de sí mismo, y luego, con una suavidad que la tomó por sorpresa, deslizó su mano hasta la de ella, rozándola apenas.

Apronia sintió su pecho contraerse. Tragó saliva y con un esfuerzo titánico levantó la barbilla… En cualquier momento se rompería si él la miraba con esos enormes ojos.

—No quiero hacerlo —admitió. Y fue suficiente para que una chispa se encendiese en los ojos del mercenario, que soltó su mano como si quemara.

Ambos dieron un paso atrás.

—No dejo de pensar en la tarde en que nos conocimos.

—Yo tampoco.

Elio apartó la mirada un momento y entonces la vio: había una flor más colorida que el resto y que llamó su atención por ser la única en mantenerse con vida.

Sin decir una palabra, se separó de la mujer para caminar hacia el arbusto y arrancar la bonita flor: era grande, blanca y con los bordes salpicados de un color rojizo bastante peculiar.

Se la llevó a la nariz sintiendo el delicado aroma, y cuando volvió junto a ella, apartó algunos mechones que cubrían su tímido rostro.

—¿Puedo…? —susurró, no quería hacer nada sin el permiso de Apronia, que ante tal gesto asintió con los ojos más brillantes que nunca.

Con una mano retiró los mechones y con la otra sostuvo la flor que colocó con gracia sobre la oreja izquierda de la chica. Se apartó unos metros y con una sonrisa observó cómo el reflejo del sol caía sobre su cara sonrojada.

—Diosa Fortuna… —susurró—. Eres mi Fortuna.

Ella lo miró algo cohibida, pero impulsada por algo que desconocía, se encaminó a él hasta quedar a escasos centímetros de Elio. Le posó la mano con suavidad en la nuca, y él, aunque cómodo por el contacto, se tensó por tan atrevido acercamiento.

Apronia usó el truco infalible: alternó su mirada entre los labios y los ojos de su acompañante, que le sonreía mientras la tomaba por la cintura y se inclinaba hacia ella.

Y fue entonces cuando el ruido y las preocupaciones desaparecieron. El mundo alrededor de ellos había vuelto a desvanecerse, y lo único que se podía sentir era el fuerte latir de sus corazones por el roce de sus respiraciones.

Apronia cerró los ojos intentando grabar en su piel la sensación del momento, mientras que él con un suspiro contenido, cedió a lo inevitable: acortó la distancia entre ellos, y sus labios se encontraron en un lento —y temeroso— beso,

como si tanto ella como él tuvieran miedo de entregarse por completo o ese instante fuera a desaparecer como un bonito sueño al despertar con el amanecer.

Pero no se rompió… Tampoco desapareció.

Elio la sostenía delicadamente, como quien sostiene algo sagrado. Apronia se aferraba a sus anchos hombros, temblando, sabiendo que ese instante sería efímero y que el destino que le habían impuesto pesaba demasiado.

Y cuando finalmente tomaron distanciamiento, sus frentes permanecieron unidas, pero ninguno hablaba.

Tampoco había necesidad de hacerlo.

¿Que por qué no…? Porque con ese beso, lo habían confesado todo sin tener que pronunciar nada.