20. sii il mio colosseo
Pocos días pasaron desde la celebración de la unión entre Cornelia y Tito, la cual duró tres días y llenó la ciudad de procesiones, celebraciones e intercambios de regalos entre la familia imperial y los Cornelio.
Cuando Apronia fue testigo de cómo su familia le entregaba dos esclavos al emperador, como si se tratasen de dos simples sacos de arroz a los que el recién casado daría más bien poca importancia, ella tuvo claro que de ser necesario, pediría a Tullia para que la acompañase…
Le daba igual no volver a ver a Octavia, con tener a aquella mujer de mediana edad junto a ella, tendría cubierto el cariño de una madre.
Los guardias que solían encargarse de acompañar a Domiciano allá donde fuera cada vez que salía del Monte Palatino, estaban apartados de la futura pareja que parecía estar acordando los últimos preparativos antes del enlace inminente, y para el que solo pareciera tener ilusión él.
Pero la mirada de Apronia no dejaba de viajar entre las puntas de su ondulado cabello, que había cautivado completamente al hermano del emperador haciéndole sentir más ganas de enlazarse de las que ya tenía, y el mercenario en quien Domiciano confiaba su vida.
Este, de espaldas a ambos, sentía la tensión por la situación apoderándose de su cuerpo.
Desde la terraza en la que se encontraban podían contemplar el Coliseo… Una de las vistas más hermosas que Apronia tendría la dicha de ver en su vida… Pero no le estaba prestando la más mínima atención.
Había tomado asiento sobre el pavimento, descalza, y veía como el que sería su futuro esposo… su futura cadena perpetua… caminaba de un lado a otro, con ambos brazos cruzados detrás de la espalda.
—¿Ocurre algo, Domiciano…? —cuestionó con fingida cortesía, mientras lo miraba con detenimiento.
Cualquiera que lo viera con los ojos que no fueran de Apronia, diría que era un hombre bastante atractivo, de elevada estatura y ojos grandes, pero lo que más gracia le causaba a ella cada vez que los miraba era la escasa largura de los dedos de sus pies: algo de lo que todo el mundo era conocedor,
era del complejo de Domiciano por eso mismo y por su pronta calvicie.
En ocasiones, por más que ella lo odiara con todas sus fuerzas por haber sido obligada a su unión a él, sentía pena por Domiciano cuando recordaba la historia que él mismo le había narrado en una de sus visitas al hogar de los Cornelio, donde, en un intento por acercarse a ella,
le explicó que cuando su hermano y su padre estaban liderando los ejércitos de Judea y Germania, la vida le dio un duro golpe, llevándose las almas de su madre Domitila la Mayor y Domitila la Menor, su querida hermana.
Como consecuencia de ello y quedándose solo en este mundo, quedó al cargo de su tío Sabino.
A veces Apronia buscaba el sentido a la crueldad de su futuro esposo y lo excusaba en que el tío lo había enseñado a ser un hombre fuerte y autoritario.
Era necesario confesar que la sonrisa de Domiciano era encantadora y tenía una elegancia espectacular… Pero detrás de toda esa fachada de mármol se escondía un tirano que lo deseaba todo y más.
Ante la pregunta que ella le había hecho se detuvo en seco. La observó sin dulzura en su expresión, pareciera estar calculando algo, como siempre que parecía estar midiendo cada situación, observando y asegurándose de que el mundo entero se doblegase a su voluntad.
—Me incomoda tu silencio —admitió con voz firme y carente del afecto esperado en un hombre a punto de casarse.
—No sabía que mi opinión importase tanto —entrelazó sus manos sobre el regazo, como le habían enseñado.
Pero el peligroso brillo en los ojos de Domiciano le erizó la piel.
—Todo en ti me debe importar… Pronto seremos uno solo.
El estómago se le revolvió con aquello. Hubiera querido bramarle que jamás serían lo mismo, que nunca le amaría o sentiría deseo hacia él, que hubiera preferido morir a pertenecerle… Pero en lugar de eso, sostuvo la mirada y sonrió con una frialdad que lo divertía.
Tomó asiento a su lado.
—¿Es que acaso no te entusiasma la idea de nuestro matrimonio? —le tomó un mechón y empezó a juguetear con él—. Porque yo no puedo esperar el momento, Mi Luna.
La piel de Apronia ardió bajo su toque, pero no de placer, si no por la repulsión que Domiciano había provocado en ella. Cada hebra de su pelo entre los dedos de ese hombre era como una cadena invisible más; como otra señal de que su destino ya estaba escrito y no había escapatoria posible.
Él ladeó la cabeza mientras que la observaba con esa sonrisa suya que no era más que un disfraz de su vanidad y de su sed de poder y control.
—Mi dulce Apronia, conmigo no debes fingir… Sé que aún no me amas, pero lo harás.
Ella apretó los puños sobre su regazo cuando sintió sus dedos empezar a temblar de ira: le habría encantado la idea de estampar la cara de su futuro marido contra el frío suelo, pero no podía, si hacía eso acabaría muerta o encerrada por los guardias… Por Elio.
También habría deseado decirle que jamás lo amaría porque nunca admiraría a un hombre que lo único que sabía hacer era someter y poseer a quienes estuvieran por debajo de él…
Pero las palabras volvieron a atascarse en su garganta, porque supo que decirlas en voz alta no cambiaría nada, y solo la pondrían en peligro.
Hubo un duelo silencioso de miradas en el que ella preguntó: «¿Y si no lo hago…?» y él le respondió: «Lo harás». con una sonrisa tan segura, tan aterradora… Tenía la certeza de alguien que no contemplaba la posibilidad de perder.
Apronia desvió la mirada hacia el cielo, buscando el consuelo del último destello del sol antes de que la noche cubriera todo, porque quizá aquella fuera la última vez que veía la luz antes de quedar atrapada bajo la sombra de ese monstruo llamado Domiciano.
Pero este se removió de su asiento y se colocó frente a ella, buscando amedrentarla todavía más, y la cogió del mentón obligándola a mirarlo.
—Con el tiempo olvidarás tus dudas, Luna mía, y aprenderás a quererme.
—Tienes demasiada confianza en ti mismo.
—¿Por qué no habría de tenerla? —deslizó los dedos sobre la mejilla de Apronia antes de ponerse en pie de forma calmada, y es que cada uno de sus gestos era premeditado, y todo era para demostrar control absoluto.
—Desde el primer momento en que te vi ahí, frente a mi… asustada como una pequeña ratita… Supe que serías mía, que te haría mía. Verás, desde bien pequeños mi madre nos enseñó a pelear por lo que queríamos…
—¿Es acaso esto una pelea? Porque yo veo con claridad quién saldrá perdiendo —lo detuvo.
—No vuelvas a interrumpirme —advirtió alzando la mano, y cuando la hubo bajado despacio, prosiguió—. Nos mostró que parte del corazón de un ciudadano romano que se haga respetar radica en luchar por lo que deseamos, por lo que ansiamos… Eso que haga a nuestro corazón latir de… lujuria.
Caminó en silencio algunos pasos y cuando cruzó los brazos sobre su propio pecho habló:
—¿Ves eso de ahí? Para mi padre, mandar a construir el Coliseo no solo fue un regalo a nuestro pueblo o una muestra de nuestro poder…
—Creí que se trataba de propaganda imperial —murmuró ella de modo que Domiciano no llegó a oírla.
—Fue su mayor deseo, su ambición. Así que dime Luna mía, ¿No es lo mismo que hago yo contigo?
—volvió a acercarse a ella como un depredador que juega con su presa y sonrió—.
Eres mi Coliseo. Eres mi más grande deseo ahora mismo…
Y al igual que la construcción para mi padre, tú también serás un símbolo de mi victoria cuando gobiernes a mi lado… Cuando seas mi emperatriz.
—Tu hermano es el emperador…
—Lo único que te pido es que seas mi Coliseo, Apronia… Gobierna junto a mí llegado el momento.
La cobriza tomó aire repetidas veces, ¿es que acaso estaba tramando su futuro esposo algún macabro plan para deshacerse de Tito…? ¿O solo se trataban de elocuencias suyas…? Lo más probable, sí.
Al ver que Apronia no respondía, continuó.
—Pronto comprenderás lo afortunada que eres —aseguró con absoluta certeza, justo antes de alejarse.
Y fue en el momento en que se quedó a solas consigo misma en el que un fuerte sollozo escapó de su garganta, porque no, jamás entendería que lo que todo el mundo veía como una fortuna, sería una desgracia para ella.
Se había planteado la idea que su hermana le dio, buscarse un amante para distraerse y escapar de Domiciano: era muy probable que él también lo hiciera, pero la que sería juzgada por ello sería Apronia.
Qué injusticia veía aquello.