UBI TU, IBI EGO 19. solo gli dei lo sanno
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19. solo gli dei lo sanno

Tenía por costumbre huir de los problemas, o de lo que ella consideraba como tales… Prefería hacerlo antes de llegar al agobio extremo y estallar con quien menos era merecedor.

Estaba saturada con los preparativos de las que vendrían siendo las uniones del año, así que tomó su preciado caballo de negras crines y, habiendo seguido el sendero de frondosos árboles, se topó con una hermosa cascada que ella sintió como si se tratara de un oasis de pureza.

Dejó al gran animal atado a un árbol cercano, no quería perderlo de vista ni un solo instante, ya que en ocasiones sentía que aquel tordo era el único ser que la comprendía en su desdicha.

Se desprendió de su túnica que clareaba sin buscarlo por algunas partes y sin meditar si el agua de aquel lago estaría a una temperatura favorable, porque le daba igual lo fría que estuviera, solo buscaba purificar su alma.

Y así fue, que, por primera vez en días, había encontrado una calma real para su ser: No pensaba en nada, no sentía congoja porque simplemente el sonido del agua cayendo con fuerza tras ella era lo único que necesitaba.

Al mirar hacia el cielo, fue testigo de las formaciones montañosas que se alzaban a su alrededor y que sintió como un regalo divino de la naturaleza… Era un rincón del mundo reservado solo para ella, y por un instante conectó con algo más grandioso que sí misma.

Se sumergió por completo en aquel remanso de agua en el que realmente creyó no limpiarse de forma física solamente, si no espiritual… Era algo tan liberador que la necesidad de volver a la cruda realidad parecía un concepto muy lejano.

Comenzó a tararear, feliz, una vieja melodía que Tullia solía cantarle de niña y que ella misma aseguró siempre que si algún día llegaba a dar a luz, entonaría para su criatura. Y fue entonces cuando en la mediana lejanía vislumbró un hombre observándola con cautela.

Asustada por aquello cubrió su pecho y volvió a esconderse bajo el manto de agua cristalina que poco tapaba, pero que mantuvo visibles solo sus ojos y parte de su cabello,

el cual había decidido entintar con henna y azafrán con el único objetivo de asemejarse a las mujeres de la Galia que tan bellas le habían narrado que eran.

Creyó que quizás, así, su apariencia resultase más imponente o salvaje ante los ojos de Domiciano y que a lo mejor…

Se cansaría de ella y negaría querer unirse…

Pero la realidad es que con ese tono rojizo, de cobrizos reflejos, aún le resultaba más atractiva a sus ojos.

El hombre que buscaba ocultarse entre los arbustos se tapó los ojos y retrocedió.

—¡No se preocupe…! ¡Marcho ya! —caminó en dirección al sendero por el que había llegado hasta allá.

Pero en el interior de la, ahora taheña, la obligó a salir del agua y vestirse a prisa.

—¡No es necesario que marche…! Hay sitio para ambos.

Él se giró con sorpresa, como si las palabras de esa mujer hubieran alterado el curso de… todo. Y es que fue al mirarlo en silencio que estudió su apariencia: tenía el pelo oscuro y sus rizos estaban bastante alborotados; probablemente por ir al galope hasta allá.

—No quería molestar… Siempre acudo a este lugar cuando busco escapar de mi realidad —admitió, sin saber muy bien el por qué, pero esa mujer le transmitía confianza.

—Puede quedarse, señor —admitió.

Estaba empapada en agua y su larga túnica se ceñía a sus curvas, algo ante lo que él no pudo evitar esbozar una sonrisa antes de verse obligado a mirar para otra parte.

Era extraña la comodidad que sentía pese a haber intercambiado a penas un par de diálogos con él, y es que realmente había sido una conexión instantánea, como nunca antes… Y fue algo difícil de comprender para ambos.

Él permaneció en su lugar. La miró a los ojos mientras que procesaba las palabras que él había percibido como una invitación, y en cambio a ella un hormigueo le recorrió su interior: No terminaba de ser una sensación completamente clara porque a pesar de la humedad que continuaba adherida a su piel,

sintió un creciente calor. Un cambio en la atmósfera.

—Me llaman Elio.

Sonrió sin articular palabra y le sugirió tomar asiento junto al lago, en el césped.

—Al verla he creído que era una náyade, por eso me he mantenido oculto.

—¿Una qué…? —rió sorprendida.

—Ya sabe… Una ninfa del lago. Una protectora de este lugar tan especial —se encogió de hombros al verla sonreír de aquel modo—. La he visto tan perfecta y llena de tranquilidad, que parecía emanar un poder natural.

—Sería el reflejo del sol.

La imponente presencia de aquel hombre al que llamaban Elio la atrajo de tal sobremanera, que se vio en la obligación de tomarlo de la mano y dejarle una pequeña caricia en el dorso.

Y se detuvo a observarlo… Le resultaba de lo más familiar, pero cuando trataba de averiguar de qué lugar lo conocía, sus rasgos y ese aire de rebeldía que desprendía lograron sacar una imperceptible mueca en los labios de la chica.

Elio tenía los pómulos muy marcados y una definida mandíbula que reforzaba su masculinidad, pero su tierna y expresiva mirada reflejaba astucia y vulnerabilidad…

Algo que enloqueció todos los sentidos de la mujer.

—¿De dónde viene, Elio? —cuestionó, al ver su ligeramente prominente nariz que desvelaba su procedencia de Hispania.

Sus labios se curvaron en una burlona sonrisa sin llegar a perder el toque desafiante del inicio, porque estaba claro que no le revelaría que había sido raptado por el imperio romano cuando aún era un muchacho de veinte años.

No provenía de una familia noble ni rica, y su historia era la de muchos ciudadanos romanos que a lo largo de generaciones habían conseguido forjarse un lugar en Roma.

De muy niño quedó huérfano, no tenía propiedades ni nombres ilustres, pero cuando hubo conseguido la tan ansiada espada de madera luchando contra el único al que había considerado como un hermano, y al que se vio obligado a arrebatarle la vida,

se ganó el respeto de quienes dirigían la ciudad por ser tan dedicado en lo suyo.

—Trabajo para el imperio —aseguró mirando al agua.

—¿Es soldado…?

—Puede hablarme con confianza —sonrió—. Podría decirse que sí, soy una especie de soldado que desempeña el puesto de… mercenario de un semidiós.

—¿Trabajas para… Domiciano…? —apartó su mano con cautela. ¿Es que acaso su futuro esposo le había enviado a alguien que siguiera sus pasos?

Algo dentro de la mujer se removió tensándose de forma inevitable y él lo notó… Claro que lo notó, porque hubo un cambio en el aire que los rodeaba y su mano empezó a acariciar el brazo de ella de forma instintiva.

—¿Ocurre algo?

Permaneció en silencio un momento antes de dar el paso, como si las palabras estuvieran atascadas en su garganta. Su mente parecía dar saltos del presente a un lugar lejano a ellos, pero el roce de la áspera mano de Elio sobre su piel, la sacó del ensimismamiento en el que se encontraba.

—¿Me conoces? —espetó.

Elio dudó, pero algo en los oscuros ojos que lo miraban le decían que la conversación acababa de dar un giro hacia un terreno desconocido para él.

—¿Eres la hija mediana de Cornelio…?

—Cornelia Apronia —explicó.

Elio tomó distancia con aquella mujer que desde el primer momento le había resultado conocida, pero que por culpa de su nuevo aspecto no había reconocido. Y no sería porque no la estudiaba cada vez que Domiciano deseaba pasar tiempo junto a ella…

—¿Qué ocurre? —ella frunció el ceño con cierta incomodidad.

—Esto no está para nada bien, mi señora. Domiciano y vos…

—¡Venga ya…! Háblame con confianza, Elio.

—No veo que tus ojos reflejen ilusión por vuestro enlace.

—Eso es porque no la hay. No quiero hacerlo.

—¿Por qué me estás confesando tal cosa…? Podría haberme enviado Domiciano para…

El viento sopló un instante, pero que fue suficiente para remover el ondulado cabello de ella, captando toda la atención de su acompañante, al que le resultaba casi imposible apartar la mirada de ella.

—Solo los dioses saben por qué lo hago —interrumpió—. Y dudo vehemente que hayas llegado a mí por semejante motivo… Tus ojos me revelan que eres noble.

Pero él no supo que responder ante aquello. Jamás se había mostrado vulnerable frente a nadie, y que una extraña apareciera de repente diciéndole aquello…

—¿Alguna vez has tenido la sensación de estar viviendo una vida que no te pertenece, Elio…? ¿De estar perdiendo la maldita cabeza?

—Diría que constantemente —aseguró con una burlona sonrisa mientras ladeaba la cabeza—. Supongo que ya no sé qué de mi ser es real y cual es tal solo…

—La que esperan de ti —concluyó.

Los dedos de Elio juguetearon distraídamente con el borde de su toga, como si a falta de su espada, estuviera buscando algo a lo que aferrarse. Y es que estaba sintiendo vértigo.

Apronia se distrajo con el movimiento de las hojas del árbol que les daba sombra en ese momento, y él aprovechó para observarla detenidamente y grabar cada detalle de su rostro en su propia retina, pero la sutilidad no era el fuerte del mercenario, así que ella lo notó:

sabía que la estaba viendo detenidamente y justamente eso le sacó una sonrisa.

—¿Siempre miras así a las personas que acabas de conocer? —preguntó con un destello de diversión en su mirada, pero él no se inmutó.

—Solo cuando quiero conocerlas a profundidad —admitió con el pulso acelerado.

Apronia arqueó una ceja intentando fingir indiferencia, pero sus dedos se enredaron en su propio cabello de forma abstraída: Le había gustado aquella contestación porque ella también quería conocerlo.

—Debo marchar Elio.

—¿Volveré a verte…? —tomó la mano de Apronia y depositó un delicado beso en ella.

—Dejémoslo en manos del destino.

Cuando la vio partir en aquel caballo que pareciera lo hubieran cepillado justo antes del paseo de Cornelia Apronia, se llevó la mano al pecho, justo donde su corazón le martilleaba con violencia…

Pero no fue suficiente aquello que una punzada se le clavó en el estómago al sentir como la presencia de esa mujer seguía ahí…

Suspendida en el aire. La cobriza se detuvo una última vez en la colina, buscándolo, y aunque solo le sonrió en la distancia, con ese gesto pareció haberle prometido más que palabrería.

Pero lo que ninguno de ellos sabía era que el destino ya había decidido por ambos.