18. allori
Tan solo pasaron algunas semanas antes de que Tito fuera el encargado de dar el paso que la familia Cornelio tanto ansiaba…
Bueno, no todos. El emperador lanzó la tan esperada propuesta de doble matrimonio que le aseguraría al cabeza de familia una buena posición en el senado, terrenos y supuesta prosperidad para ambas hijas.
Tanto Cornelio, como Octavia, se aseguraron de que sus dos preciadas niñas cumplieran con lo que se esperaba de ellas cada vez que se reunían en el Monte Palatino, o en el Foro,
o si eran invitados a los palcos de honor donde presenciarían las más furas batallas de gladiadores contra animales o incluso entre compañeros…
Apronia detestaba tal cosa, pero no le quedaba otra alternativa más que ceder, porque no, no deseaba volver a ser la deshonra de la familia, y creyó más fácil ceder ante lo que todos querían… Todos menos ella.
Cierto es que le habría gustado tener la oportunidad en esos días de conocer a la que habría sido su cuñada: Flavia Domitila.
Pero falleció incluso antes de que el propio Tito Vespasiano ascendiera a ser coronado como emperador.
Quizá así hubiera podido tener la posibilidad de gozar de la compañía de alguien con quien entenderse, porque su hermana mayor no parecía estar muy por la labor…
En realidad quedó bastante claro el mismo día en que Domiciano y el emperador visitaron el hogar de los Cornelio para dicha propuesta, donde ambos hermanos se vieron en la obligación de dar a la familia un tiempo de debate y toma de decisiones,
ya que aunque Cornelia estaba encantada con aquella idea, Apronia se mantuvo en silencio, y la excusaron con el pretexto de que necesitaba su propio tiempo para procesar tan alegre propuesta…
—¡Estáis dementes si creéis que casarme con ese… energúmeno será lo mejor para mi futuro! —bramó cuando al fin recuperó la voz.
—¿Es necesario que repita que se trata de tu deber con la familia, Cornelia Apronia…? Quizá debería recordarte la cantidad de años que vuestro padre lleva trabajando para una oportunidad como esta.
—Pues que él sea quien se case con Domiciano —propuso llena de rabia, mientras daba vueltas por toda la estancia mientras que el resto la observaba con notable enfado—. ¿De verdad buscáis que vuestra hija mediana se mantenga en desgracia el resto de su vida…? No deseo desposarme a un psicópata.
—Deberías bajar la voz hermana, te recuerdo que todavía siguen esperando por la respuesta, ahí afuera… De todas formas, no es tan terrible, si Domiciano no te complace como tú gustas… Siempre puedes buscarte un amante.
—¡Cornelia…! —renegó su madre, ofendida, pero en realidad ella era la primera en tener varios amigos.
—Solo trato de convencerla, madre.
—Claro, porque a ti te ha tocado Tito… El consuelo del pueblo romano y no Domiciano, Dios y señor… —se llevó ambas manos a la cara con desesperación.
—No te creas que estaba entre mis más preciados sueños enlazarme a un hombre que me dobla la edad, pero te repito, hermana, hay alternativas si no estás conforme con tu esposo.
—Apronia, mi pequeña… —intervino Cornelio por vez primera—. ¿Sabes cuántas jóvenes de tu edad desearían estar ahora mismo en tu posición…? Adineradas, buena genética y a punto de casarse con uno de los directos descendientes de los dioses… Piénsalo.
—No le des más vueltas esposo, está ya más que decidido… El destino de Cornelia y Apronia no es otro que guiar a nuestra familia a la más alta grandeza.
—¡Maravilloso…! Nos casaremos con ellos, Cornelia será la emperatriz de Roma y les daremos descendencia… —ironizó la castaña.
—¿Qué otra labor puede, sino una mujer llevar a cabo?
—¿Hablas en serio hermana…? ¿Acaso te oyes?
La menor suspiró profundamente tratando de sostener las ganas de tomar el anaranjado jarrón que reposaba frente a ella, regalo de su padre a su madre cuando se enlazaron en matrimonio, y lanzárselo a sus progenitores a la cara.
—Estás bajo mi patria potestad: Yo decido con quién te casas y con quién convives, y debe quedarte claro que pese a tu unión con ese hombre no será él quien tenga el poder legal absoluto sobre ti…
Yo seré el que continúe encargándose de tales asuntos, ¿entendido?
Debes mantener la lealtad y el vínculo político que te une a mí.
Una apenada Apronia vio cómo todo su mundo se destruía ante ella cuando el hombre al que, pese a ser dominante y autoritario, adoraba por siempre haberlas tratado de buena forma, dándoles una vida lo más próspera posible a sus tres descendientes, en ese momento había sacado su verdadero ser,
y era incapaz de razonar ante las palabras de la mediana.
Esa misma tarde, después de haber dado el beneplácito a ambos enlaces, la castaña intentó huir de su familia aunque fuera por unas horas.
Se escabulló de ellos con el único deseo de pasear por la ciudad sin ese constante sermoneo al que acostumbraban en su hogar…
Pero si quería poder salir debía hacerlo sí o sí con Cornelia y Tullia.
La mayor de las hermanas se había parado en un puesto de fruta y parecía estar mareando al tendero con sus exigencias…
Algo tan típico en ella que su hermana mediana ignoró.
El barullo de la avenida la tenía algo desubicada y en un intento por volver al presente se giró hacia un lateral, topándose con la atenta mirada de un robusto hombre que mantenía sus grandes ojos en ella…
Como gesto de cortesía, Apronia le sonrió antes de que Cornelia la trajera de vuelta a las naranjas por las que no se decidía.
Consiguió escabullirse con el pretexto de ir a visitar a una vieja conocida, a la que no conocía en absoluto, pero necesitaba pasar tiempo lejos de Cornelia, así que quedaron en encontrarse y partir a su hogar antes de la hora nona.
Y es que Apronia se mantuvo absorta en el olor a incienso que provenía de un rincón apenas escondido entre dos avenidas, y en el que se coló sin permiso alguno: una anciana sentada sobre un banco de madera la observaba en silencio, como si estuviera esperando por su llegada.
—Perdone, no pretendía… —suspiró—. He acudido por el aroma tan puro de…
—Toma asiento —ordenó con voz grave.
Tenía el cabello blanco apretado en un moño bajo y, pese a vestir de claros tonos, tenía un aura oscura, algo espectral… Pero fue su seria expresión lo que hizo que Apronia le obedeciera sin rechistar.
Frunció el ceño sin apartar la mirada de la joven de diecinueve primaveras, a la par que en silencio colocaba unas hojas de laurel sobre la mesa, un quemador de yesca y una piedra de sílex con la que poco después golpearía la yesca,
haciendo saltar chispas por toda la mesa hasta conseguir prender fuego.
—Sopla —ordenó otra vez.
La castaña obedeció: dejó que el aire se deslizase entre sus labios mientras que veía prender una pequeña llama de fuego.
—Ahora, elije una… —señaló las hojas que previamente había depositado sobre la mesa, y Apronia se decantó por la de en medio.
—¿Quién es usted…?
—Échala en el quemador —y la joven dejó caer la hoja sobre la yesca mientras que ambas veían cómo parte de la hoja se prendía velozmente, casi con furia, pero que la otra mitad apenas se chamuscaba—. Aunque no tengo nombre soy conocida como Saga, y veo un futuro incierto para ti, Apronia.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Porque una vieja como yo lo ve y oye todo —rió—. No te diré qué debes hacer en un futuro, pero veo que eres de corazón fuerte y noble, y que brillas de forma pura… No dejes que apaguen tu luz, niña. Tu futuro es muy incierto.
Pero la chica era incapaz de responder ante tales premisas porque, ¿acaso una anciana algo decrépita sería realmente capaz de ver más allá de lo que pudiera ocurrir en la tarde?
—Escoge otra.
Lanzó al quemador la que estaba a su derecha y Saga la sorprendió cuando la tomó de ambas manos y de un rápido movimiento rasgó la palma de su mano izquierda con un objeto punzante que la castaña no logró identificar.
—¿Por qué ha hecho semejante cosa? —trató de zafarse.
Pero la Saga no se lo permitió: en su defecto giró la mano de la joven, dejando caer algunas gotas del líquido rojo y viscoso, sobre la hoja de laurel.
—Vuestra unión no acabará con la muerte, niña.
Seréis arrancados el uno del otro pero los hilos rojos del destino volverán a tejerse para vosotros…
— La Saga se puso en pie y cuando ella la imitó.
le pidió guardar la última hoja de laurel a buen recaudo, ya que mediante ésta, la bruja la había bendecido ante los dioses.