UBI TU, IBI EGO 17. bacciata dalla luna
36%

17. bacciata dalla luna

Cornelia Apronia había cedido a las peticiones e insistencias de su familia…

Tal y como se esperaba de ella. Y es que su padre había entrado esa misma mañana en la habitación y tras una larga regañina donde le aseguró que si no lo hacía, sería una ofensa para el emperador y una vergüenza para la familia, no se había visto en otra más que ceder a aquello.

Sintió como algo en su pecho se apoderaba de ella cuando vio cómo el Monte Palatino se alzaba ante ella, imponente…

No era la primera vez que lo tenía delante, pero sí sería la vez primera en que entrase en él, a sus jardines de los que tan bien solía hablarle su padre… Porque ella adoraba la naturaleza.

A su paso dejaron atrás las impresionantes esculturas creadas por los mejores escultores de ese imperio y de los anteriores, pero le era imposible prestar atención a otra cosa que no fuera su destino, que se mantenía entrelazado a las órdenes de su familia.

Mientras que los Cornelio subían las escaleras que parecían ser interminables, dos figuras masculinas se mostraron en compañía de criadas y soldados: en especial hubo uno que llamó la atención de Apronia por la anchura de sus hombros y lo vigilante que se mantenía con el hermano menor del emperador,

pero pronto dejó de tener interés cuando escuchó cómo el soberano aclamaba a su padre.

—¡Cornelio…! Me congratula tenerte de nuevo por aquí —el que hablaba era Tito Flavio Vespasiano, segundo de su dinastía y conocido como comandante militar cuando su padre gobernaba, pero él no necesitaba presentación alguna.

El hombre era carismático y conocido por su generosidad con el pueblo romano, pero lo que más destacaba cuando se le tenía próximo era su amplia frente y la robustez de su cuerpo.

—¿Es esta tu familia? —dio un ligero repaso visual, regalándole una sincera sonrisa, algo ladeada, a Cornelia, que sintió una punzada en el estómago.

La atracción había sido instantánea entre ambos y aquello derivaría en el romance más bello e intenso que el emperador había tenido a sus cuarenta años, ni tendría jamás… Y sí, a Cornelia le era indiferente la diferencia de edad entre ellos, lo único que ansiaba era convertirse en emperatriz.

—Debo presentaros a mi hermano Domiciano.

Este era un joven de no más de treinta años, alto y de constitución elegante.

Su rostro serio y alargado no casaba con sus finas facciones, y aunque tenía el cabello ondulado, la calvicie empezaba a asomarse en sus entradas, algo que le molestaba demasiado…

En ocasiones su propio hermano bromeaba con aquello.

La solemne expresión del menor de los hermanos; estaba clavada en un punto claro desde el primer momento: Apronia.

—Aseguraría no necesitar presentación, hermano.

Toda Roma conocía la arrogancia de aquel joven in-experimentado en batallas y su infinita preocupación por las apariencias: había empezado a caminar rodeando a la familia, mientras que iba observando sus atuendos, pero por más que quisiera estar al tanto de las joyas que las féminas llevaban,

le era imposible apartar los ojos de la belleza que, cabizbaja, evitaba cualquier tipo de contacto visual con los presentes…

Era como si no deseara encontrarse en ese lugar, y justamente eso fue lo que atrajo la atención del hombre, como si estuviera desentrañando el misterio de su postura retraída.

Tito les invitó a pasar con un simple gesto de mano.

Cornelio, ajeno al incómodo silencio que se extendía a su alrededor, continuó tratando asuntos políticos con el emperador y este le respondía con la familiaridad de años y conversaciones propias de su índole —había aprendido bien de su padre Vespasiano—.

Apronia tomó asiento frente a su madre que parecía mirarla con ojos compasivos, pero ella esquivó todas las miradas con las que Octavia trataba de comunicarse.

En un intento de castigarla con la indiferencia por haberla obligado a asistir a aquello que no deseaba, se topó con la mirada del que parecía ser el protector de los Flavio: mantenía su mano derecha en el mango de la espada enfundada, como si no terminara de fiarse de los presentes…

Pero la realidad es que aquel gesto era su forma de mantenerse en el presente para evitar pensar en el pasado que tanto lo atormentaba.

Al verlo escrutarla, Apronia tragó saliva y desvió su atención a Domiciano, que tenía la vista sobre ella: acobardada se mantuvo con la cabeza agachada, apretándose los labios.

Se estaba sintiendo atrapada en una red invisible de murmullos y conversaciones que nada tenían que ver con su interés, y no lo estaba viendo, pero era evidente que Domiciano la examinaba con detenimiento: cómo se movía, cómo gesticulaba incluso las micro-expresiones…

Pareciera esperar algún ademán o un atisbo de vulnerabilidad escapando de ella.

Y parecía que disfrutaba con eso. Se le escapó una amplia sonrisa al sentir que una parte de él había ganado una pequeña batalla. Al fin tomó asiento a su lado, sin dejar de mirarla ni un instante.

—Cuando Cornelio habló de ti, no mencionó lo bella que eres… —admitió tomando uno de los mechones castaños de la mujer y jugueteando con este—. ¿Debo suponer que eres Cornelia…? —pero ella no alzó la mirada de la alfombra oscura cuando negó con la cabeza—. Mírame a los ojos cuando te hablo.

Pero ella detestaba que le dieran órdenes, así que lo miró de forma desafiante, y justo eso era lo que más le gustaba a Domiciano… Que lo retaran constantemente.

—¿Cuál es tu nombre?

—Cornelia Apronia, señor.

—Apronia… —repitió fascinado por tanta belleza concentrada en una piel pálida, unos marcados y gruesos labios rosados y esas marcas oscuras debajo de los ojos que habían aparecido aquella misma noche por no haber conseguido hacer un trato con la almohada.

Todo ello despertó en él algo que no era capaz de explicar.

—Pareces haber sido besada por la luna —le susurró al oído.

Pero a diferencia de lo que era intención del hombre, un escalofrío desagradable recorrió el cuerpo de Apronia: su piel se erizó con la sensación del aliento en su oreja. Cerró los ojos intentando ser capaz de mantener la postura, pero la fría voz de Domiciano se colaba en su mente como un veneno.

—¿Besada por la luna? —cuestionó en voz baja.

El aire de la sala se espesó para ella al sentir los ojos de Domiciano, impacientes y oscuros, se mantenían fijos en ella.

Apronia trataba de mantener la calma aunque su respiración se iba acelerando levemente, y claro que su madre era consciente de ello, casi tanto como el guarda que no desviaba la mirada de ellos si no era requerido por Tito.

Las manos de la castaña estaban en constante tensión y apretaban la tela de su túnica, como si así pudiera anclarse al presente y alejarse de los pensamientos que la invadían, donde le hubiera gustado tomar lo primero que tenía a mano y estamparlo en la cara del que sería su esposo,

si su familia daba el visto bueno.

El hombre de cabello claro acercó su boca a la oreja de Apronia y volvió a susurrar.

—Serás mía.

Y para ella fue inevitable alzar la mirada buscando a algún cómplice que la ayudase a salir de donde se encontraba: Estaba pidiendo la ayuda silenciosa de Cornelia, que miraba con fascinación al emperador mientras se insinuaba sutilmente a él, o la de su madre,

que la miraba fijamente sin estar en el presente, porque en su cabeza tenía el recuerdo en el que una joven de apenas quince años fue obligada a enlazarse con un Patricio que doblaba la edad…

Pero Octavia solo buscaba prosperidad para su familia porque quien olvida su historia está condenado a repetirla, dicen por ahí.

La única mirada que le resultó reconfortante fue la del guardia: la estaba mirando realmente apenado, se notaba en el brillo de sus ojos, pero él poco podía hacer… Le resultó más fácil retirarse hacia otra esquina de la sala. Como si así pudiera evadir el destino inminente de la castaña.