UBI TU, IBI EGO 16. dovere
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16. dovere

El cielo de esa mañana había sido teñido por los mismísimos dioses, que habían decidido crear una paleta de tonos grises y colores oscuros que hubieran espantado a cualquiera.

La lluvia había formado charcos en la tierra que manchaban los pies de la mujer que caminaba con cautela sobre ellos: le encantaba sentir cada gota que la mojaba porque para ella era como ser purificada por Júpiter.

Al alzar la mirada, ante ella se presentó el verde prado que tenía la oportunidad, cada mañana, de ser lo primero en ver al despertar desde su habitación, donde las florecillas salpicaban el apagado paisaje de aquel momento, como si se tratase de pequeñas joyas relucientes.

Y es que el aroma de la tierra húmeda, el petricor, era su olor preferido entre muchos otros, y es que la hacía sentirse viva, sentirse ahí, en el instante.

Sus cabellos caían por su frente, alborotados en diferentes mechones que estaban empapados por el agua, pero poco le importó hasta que oyó como la llamaban.

—¡Hija mía…! ¡Vuelve adentro! —respiró profundo una última vez, llenando sus pulmones de ese aire fresco que tanto ansiaba—.

No volveré a repetirlo una segunda vez… O entras ya, o te quedarás ahí todo el día —la mujer con el pelo dorado la observaba de brazos cruzados desde una fachada de ladrillos rojos.

Ella resopló, y cuando hubo cruzado el portón flanqueado con columnas que sostenían el pequeño pórtico, se estrujó su larga cabellera. Su madre la esperaba con ambos brazos extendidos, sosteniendo un paño de lino con el que pretendía envolverla con cariño.

—¿En qué estabas pensando? Siempre haces lo mismo… Cuando más llueve, es entonces cuando te decides a salir.

—Madre, solo es agua de lluvia. Mi alma necesitaba ser alimentada por Júpiter —respondió.

—Apronia hija… Hay más formas de nutrirse de los dioses que salir descalza a llenarte de barro —pero la joven no le prestó la más mínima atención porque estaba atenta al mosaico que distinguía a su familia, donde un pergamino destacaba entre todo—. No has cambiado.

—Me gusta pisar los charcos.

Observó como su hermano menor jugueteaba con los peces del pequeño estanque que su padre había ordenado construir con el nacimiento de la hija mediana, pero prefirió dejarlo tranquilo y continuar el camino hasta su habitación, donde tras desprenderse de su ropa,

se sumergió en la gran bañera que Tullia, la esclava que trabajaba para su familia, había preparado para ella.

Claro que Apronia insistía en no necesitar sirvientes, ni mucho menos esclavos ya que veía aquello como el acto injusto e inhumano que era.

No comprendía por qué ella sí tenía ese derecho a la libertad, pero otros no corrían la misma suerte…

¿Sería quizá a causa de donde descendía…

? Muy probablemente fuera así, y de haber nacido en otra cuna, su suerte hubiera sido similar a la de aquella pobre mujer a la que no consideraba una esclava, si no una madre, ya que Tullia había sido la encargada de criarla,

educarla e incluso darle los mejores consejos y aprendizajes que una mujer podría darle a una niña.

Cornelia Mayor, primera descendiente de Lucio Cornelio Léntulo, apareció en la habitación, y cuando Cornelia Apronia vio que su hermana, dos años mayor a ella, tomaba asiento frente a la bañera, suspiró con pesadez… ¿Acaso no la dejaría siquiera tomar aquel baño caliente tranquila…?

—¿Has hablado con madre?

—¿Hablar sobre qué? —la castaña se apoyó en el borde de la tina esperando que su hermana respondiera, pero no estaba por la labor—. ¿Por qué debería hacerlo…?

—Comprendo entonces que no te ha hablado de ello… —suspiró—. Mañana padre tiene una reunión a la que espera acuda toda la familia, en especial nosotras… —explicó, como si lo que estaba diciendo fuera la cosa más obvia del mundo.

—¿Con quién es la reunión, hermana? —pero no respondió, era como si la mayor temiera por el temperamento de la castaña—. Muy bien, entonces me niego a asistir.

—Por supuesto que iremos Apronia. Padre espera que conozcamos al nuevo emperador y a su hermano.

—¿Con qué propósito?

—Ya lo sabes —Apronia enmudeció—. Atiende, no lo hagas más difícil de lo que ya es, hermana. Es la voluntad de nuestro padre y de nuestra madre. Así que iremos, conoceremos a esos dos hombres y después de una amena velada volveremos a nuestra casa.

Pero la menor hizo como si no oyera lo que su hermana tenía que decirle, o más bien ordenar, como siempre. Apoyó ambas manos a los costados de la bañera, ignorando a su hermana que parecía juguetear nerviosa con el hilo de la alfombra.

—Sé que no debo intervenir, pero vuestra hermana tiene razón —habló Tullia por primera vez.

—Por si no lo habéis entendido… Lo único que padre busca con ese… «encuentro», es que arreglemos nuestros matrimonios con dos desconocidos.

—No son dos hombres cualquiera: son el emperador y su hermano, Apronia.

—¡Pero es que es injusto…! ¿No puedo decidir por mí misma acaso; con quién deseo pasar mis días?

—¿Y qué tiene de malo…?

—¿De verdad Tullia? Míranos… Somos dos mujeres con juventud, inteligencia, una educación exquisita… —bufó—. Madre y padre solo buscan tener su porvenir solucionado.

—No seas tan dura con ellos, solo desean un futuro para ambas… Quieren lo mejor para su descendencia.

—¿Lo mejor dices? ¡Escucha tus palabras, hermana! Lo único que anhelan es que padre afiance su buena posición en el Senado… Y a madre solo le interesan los denarios de oro y, como no… El estatus al que tan acostumbrada está.

Una ofendida Cornelia se puso en pie y después de mirarla con cierto desdén, negó. Sabía que por mucha palabrería que su hermana menor dijera, acabaría cediendo ante sus progenitores, porque ¿qué otra cosa podría hacer si no?

—En tus manos está la decisión que decidas tomar, pero no creo que sea de tu agrado volver a ser, una vez más, la decepción de los Cornelio —y después de escupir aquellas palabras, salió de la estancia sin darle la oportunidad de defenderse, porque la mayor siempre hacía eso,

siempre estaba del lado de sus padres.

Apronia, que tenía más carácter que ningún otro miembro de aquella casa, se prometió a sí misma, que como protesta por lo que pensaban hacerle a ella y a sus convicciones, no se presentaría a la hora de la cena, y eso fue justo lo que hizo.

La cortina que daba al patio trasero se descorrió y Octavia, su madre, apareció con una sonrisa que sin palabras confesaba sus intenciones con esa visita.

—Hija… Hemos estado esperando por ti en la cena, ¿qué ocurre? ¿Hay algo que necesites compartir con tu madre?

—Como si no lo supieras ya, madre.

Octavia caminó con lentitud hacia la mediana de sus hijos y la observó en silencio: Llevaba un cuenco en la mano derecha y un vaso en la izquierda, seguramente se trataría de la cena a la que Apronia no había hecho ni mención de asistir.

—Si vienes a hacerme cambiar de opinión créeme que estarás perdiendo tu valioso tiempo. No deseo someterme ante nadie.

—Por todos los dioses Apronia…

—Madre, no quiero hacerlo… Me niego a ser la esposa de alguien si yo no deseo que ese alguien sea mi esposo. Aspiro a continuar siendo reconocida por ser yo misma y mis méritos propios, porque soy Cornelia Apronia y no cualquiera es digno de estar junto a mi.

—Y claro que seguirás siéndolo hija mía —dejó el vaso y el cuenco de barro sobre una pequeña mesa cercana a la cama de la castaña y se tomó a sí misma de las manos, era su forma de autorregularse cuando sabía que se enfrentaría a algo que no era del todo de su agrado—.

Pero también debes pensar en todas las comodidades y lo fácil que será tu vida si…

—Si le caigo en gracia al señor emperador o a su hermano —interrumpió—. ¿De verdad serás capaz de permitir que tus propias hijas no tengan capacidad de decidir sobre su propia vida, y sobre su cuerpo…?

Octavia la observó unos largos instantes antes de hablar: miró a Apronia tal y como Cornelia acostumbraba a hacerlo, con desdén, como si la mediana fuera la vergüenza de la familia o un caso perdido… Así se percibía ella.

—Es tu deber hacerlo. La mayoría de nosotras hemos pasado por algo similar Apronia, y si lo meditas…

No tiene nada de malo porque al final acabas tomándole aprecio a ese hombre…

—suspiró—. Mira el lugar en el que vives hija, siéntete no solo agradecida por ello, sino bendecida…

¿Cuantas mujeres querrían estar en tu posición social?

—Entiendo lo que dices… Debo sentirme bendecida porque mi madre cediera ante las órdenes de su familia, que la hicieron casarse con el primer hombre adinerado que creyó que subirse la toga con una niña de quince años era lo correcto… ¿Estoy en lo cierto?

Fue entonces cuando su madre la abofeteó de un golpe seco y que resonó por toda la estancia.

Se sintió avergonzada… Y no, no fue a causa del porrazo que a criterio de Octavia se había ganado a pulso, se sentía de tal modo porque se había dejado llevar y su boca había dicho barbaries de su propia madre. Apronia no era así.

—¡No vuelvas a insinuar algo así!

—Lo único que deseo es poder decidir con quien sí y con quien no… Es todo, madre. No quiero tener que repetir la historia de la mayoría de las mujeres…

—¡Harás lo que se te ordene! —con un rápido movimiento de brazo tiró lo que había traído poco antes para llenar el estómago de Apronia, pero lo hizo con tanto enfado que logró no solo romper la vasija, sino pringar las paredes con lo que venía siendo puls:

una sopa elaborada a base de verduras y espelta, que la castaña odiaba desde bien niña.

No lo confesaría, pero tirando aquella comida le había hecho un enorme favor.

La familia de Cornelio siempre había sido bastante autoritaria con ambas de sus hijas, pero desde hacía algún tiempo que Apronia tenía la sensación de que sus progenitores la tenían tomada con ella…

Y no era por otra cosa que por demostrar sus intereses, sus inquietudes y por plantarles cara cuando era necesario…

Algo muy mal visto para una mujer de diecinueve años.

¿Diecinueve y todavía sin enlace matrimonial…

? La realidad es que Cornelio estaba esperando, no solo a consolidar su alianza con los Seneca, sino a que el hijo mayor de Vespasiano tomara el poder.

Y es que, ¿acaso un padre no buscaría lo mejor para sus hijas…? ¿O una madre no pretendería evitar la misma historia que ella vivió en sus carnes…?

Y claro que las dudas entre lo que se había jurado a sí misma desde que era tan solo una púber, donde jamás hubiera deseado estar bajo las órdenes de ningún hombre, y el deber de una mujer romana no la dejaron dormir.

Se había pasado toda la noche sentada en el jardín, contemplando la luz de la luna creciente que aquel día la había acompañado, mientras que veía algunos murciélagos volar más bajo que de costumbre, como si ellos también sintieran su pena y buscasen evadirla de su soledad.