15. pantheon
A principios de verano, como una broma, Federico les había prometido permitirles hacer una visita nocturna al lugar en el que trabajaba algunas de las noches como seguridad.
Y ante la insistencia de Lorenzo, que nadie supo por qué lo hizo, el hombre tuvo que ceder y dejarlos campar a sus anchas…
Aunque no era buena idea y parecía imposible, Federico se las ingenió —de formas poco legales y que podrían haberle costado el puesto de trabajo— para conseguirlo.
Y menos mal que el veinticinco de julio lo hizo.
—Estás en otro mundo Mimi, ¿qué piensas?
—Que no tengo muy claro que esto sea una buena idea.
—Jammo… ¿Quién te dice a ti que ésta es la primera vez que lo hace? —ignoró la respuesta de Benedict por estar más pendiente de la pelirroja que estaba de espaldas a él, tamborileando sus dedos sobre el bolso.
Mia, que había pasado a ser su cómplice desde la mañana en el Vaticano, le había estado insistiendo en que no dejase pasar la oportunidad por el miedo a lo que pudiera ocurrir. Le aseguró que debía ser valiente y lanzarse de una vez… Y aquella iba a ser la noche.
Con cuidado acarició la parte trasera del brazo de Agatha, justo sobre uno de sus tatuajes, con la intención de llamar su atención. Y lo consiguió, pero ella se giró con cierta sorpresa.
—Te he traído algo —confesó—. Para limar asperezas. Pero no puedes abrirlo todavía, debes hacerlo cuando estés sola, ¿entendido?
El italiano le entregó un detalle envuelto en papel de periódico que ella guardó en su bolso: era algo pesado y muy duro, por lo que lo guardó con sumo cuidado en su bolso.
—¿Para limar asperezas dices…? No sé de lo que me hablas —mintió, girándose de nuevo.
Una vez estuvieron dentro y sortearon las posibles miradas curiosas de los alrededores del Panteón, la británica se abrazó a sí misma ante el fresco que hacía allí, y el gran óculo situado en el centro, atrajo toda su atención.
—Es inmenso —susurró Benedict.
—Se dice que fue construido para los dioses, pero la realidad es que Roma lo construyó para demostrar que éramos el imperio más poderoso.
—¿Éramos…? Caralho, Cuerda Rota, deberías bajar un poco de esa nube en la que vives sumergido.
—Me siento pequeña aquí —murmuró al ver cómo la luna se dejaba entrever a través de, tal y como ella lo había apodado: «El agujero del techo».
Y es que el eco de los pasos resonaba por todas partes porque pareciera que el lugar guardara la memoria de quienes habían pasado por ahí anteriormente a ellos.
Los nichos donde alguna vez descansaron las estatuas de los dioses romanos estaban vacíos o en algunos casos, reemplazados por bonitos altares.
El grupo se dispersó: Mia le tomaba fotos a la luna que se había posicionado en el centro del óculo mientras que Agatha mantenía la mirada perdida en este.
—¿Cómo estás…? —susurró al verla que no se había movido de esa posición desde que habían llegado—.
Amiguinha, sea lo que sea que estés sintiendo yo te creo, ¿vale?
Te acompañaré en cada paso que decidas dar, así nos guíe hasta colarnos en el Panteón de noche —bromeó—.
Y puede que te parezca una tontería, pero nunca antes había tenido una amiga como tu.
Y sí, hace poco que te conozco, pero estar lejos de tu hogar te hace darte cuenta de...
muchas cosas —la británica la miró en silencio con los ojos cristalizados, porque sí, ella también se sentía de igual forma, y sin necesidad de más palabras, se abrazaron.
—¡Os doy la bienvenida…! —espetó Federico—. ¿Lo sentís? Aquí el tiempo no avanza como ahí afuera porque aquí todo es eterno.
Dejó que el silencio hiciera su trabajo y empezó a caminar con sus pasos reverberando sobre el mármol.
—Imaginaos lo siguiente: hace casi dos mil años este lugar estaba repleto de estatuas de los dioses; Júpiter; Marte; Venus… era un punto de encuentro entre los mortales y lo divino, y mirad ahora… Todo vacío.
Agatha sintió un par de ojos en su nuca, mirándola, y cuando se giró cruzó miradas con el italiano que le sonreía nervioso. ¿Qué pretendía ahora, volviéndose tan amigable de repente…? Hizo un gesto de indiferencia y volvió a mirar a su vecino, que continuó explicándoles la historia del lugar.
—Ese óculo era la conexión entre el cielo y la tierra, y antaño creían que los dioses empleaban esa apertura para observarnos o, atención a esto, para bajar a la Tierra.
—En clase me enseñaron que se llama el Ojo del Cielo.
—Sí, y en ocasiones hay quienes dicen que en noches de luna llena como esta, se puede sentir cómo algo nos observa desde lo alto… —hizo una breve pausa—. Lo que estamos pisando no solo es historia, cioè, es algo que desafía lo que creemos posible, es inmortal.
—He leído en internet de gente que dice que si te quedas en silencio, puedes oír los susurros de los que estuvieron aquí hace siglos.
—¡Anda ya…! Me estás dando mal royo.
—Venga, no seas cascarrabias, tú quisiste venir.
—Sí, Enzo, porque necesitabas mi ayuda… —confesó.
—Os dejo a vuestra total comodidad, pero por favor, no toquéis nada, ¿trato hecho?
—Trato hecho —respondieron al unísono.
Los minutos corrieron y la luna no se movía de su posición en el centro del óculo, era extraño porque parecía que el tiempo no corría ahí adentro.
Caminaba frotándose la pulsera con inquietud, mientras seguía aquella deslumbrante luz blanca que parecía atraerla al centro del Panteón, como si la estuviera reclamando.
Y para ella el ambiente pesaba un poco más dado que en varias ocasiones se vio en la obligación de tomar aire con fuerza porque sentía que se ahogaba.
Sus ojos parecieron desvanecerse apenas un instante en el que se frotó la cabeza con calma, pero le costaba tragar saliva: algo en su interior se estaba atragantando en su garganta, y ajeno a eso, el castaño vio desde la distancia la oportunidad perfecta para acercarse a ella,
y aparentando la tranquilidad que no tenía, habló, porque estaba dispuesto a dar no el paso, sino la zancada, a la que Mia lo había alentado.
—¿Qué te parece? —señaló al cielo.
—Es una auténtica maravilla… —la vio palidecer— Cuentacuentos es simplemente genial por darnos esta oportunidad.
El italiano asintió riendo: le gustaba aquella forma de demostrarse cariño los unos a los otros a través de tontos motes y apodos, pero que mantenían la esencia de cada cual.
Agatha estaba haciendo un esfuerzo por mantenerse erguida, y él lo notó cuando vio el reflejo de la luna sobre ella, por lo que no pudo evitar estirar el brazo hasta conseguir rozar sus manos… Pero un chispazo de electricidad les hizo dar un brinco atrás.
Y se miraron sin comprender, pero ella rió.
—Dos veces son casualidad, pero tres no tanto.
Lorenzo ladeó la cabeza llevándose la mano a la boca, ella en cambio frotó la suya sobre la falda quedándose perdida en otro lugar.
—¿Va todo bien…? —Agatha asintió despacio—. Jammo, ¿en qué piensas?
—Eh, ¿Cuándo vamos a hablar de lo que ocurrió el otro día en mi apartamento…? Porque es extraño que una moneda nos haya causado a los dos la misma cicatriz… Por no mencionar lo que tu amigo Beny dijo de tus desmayos. ¿Hay algo que debas decirme, Enzo?
Él se rascó la cabeza y aunque pensó en confesárselo todo, negó con la cabeza. Mia, que los vigilaba desde una esquina, empezó a juguetear algo nerviosa con su piercing del labio.
—Es complicado —admitió.
—Demonios, no creo que lo sea—unos segundos de silencio incómodo se colaron entre ellos hasta que Agatha suspiró con resignación—.
Está bien, tal vez lo sea. Da igual —se giró dándole la espalda porque estaba dispuesta a dejar pasar una vez más la oportunidad de hablarlo, pero él la detuvo sosteniéndole el brazo.
Fue al mirarlo a los ojos que sintió un fuerte mareo apoderándose de sí misma y notando como los párpados le pesaban, y ante aquello Lorenzo llevó su mano a la cadera de la mujer, con preocupación.
Por fin, el italiano se dejó llevar y colocó ambas manos sobre las mejillas de la pelirroja, mientras que unía sus frentes despacio. Le acarició con ternura, pero ella estaba haciendo un enorme esfuerzo por mantenerse ahí…
Porque por primera vez en años se sentía en casa.
Lorenzo Marchiesi acercó sus labios a los de la mujer y sin llegar a rozarlos susurró algo que la hizo cerrar los ojos, porque aquello que él había pronunciado, resonó en su mente como si de alguna forma le perteneciera.
—Apronia…
El cuerpo de la pelirroja perdió la fuerza y cayó hacia adelante, desvaneciéndose, en lo que él la tomó de los hombros intentando sostenerla con cuidado, pero la errática respiración de la británica y aún tratando de mantener su propio equilibrio,
Agatha se desplomó después de sentir cómo un cosquilleo subía desde sus pies hasta su nuca.
Quien sentía ahora como el mundo a su alrededor giraba sin parar era el italiano, que con dificultad la sostenía sin dejarla caer por completo al frío suelo de mármol.
Un susurro intangible le estaba envolviendo la cabeza, las piernas le flaqueaban y la oscuridad había comenzado a arrastrarlo, y antes de desplomarse junto a ella, alzó la mirada una última vez hacia el óculo…
El Panteón los estaba reclamando.
Mia corrió hacia ellos, lanzando la mochila a un lado, y el sonido de ésta llamó la atención de Benedict, que corrió a socorrerlos: tocó las caras de ambos e insistió en despertarlos, pero nada funcionaba.
Federico tocó ambos cuerpos a la vez y una ligera corriente de electricidad lo obligó a tomar distancia, soltando un leve quejido. Mia sacó su teléfono y empezó a marcar un número, a lo que su hermana le arrebató el aparato de las manos.
—Pá, ¿qué haces? —preguntó molesta— Iba a llamar a los carabinieri.
—Podrían arrestarnos por estar aquí caralho.
—Puede ser, pero me da igual que lo hagan. ¡Pero esto es demasiado extraño!
—En términos estrictos… Lo es, pero no creo que debamos perder la calma.
—Si lo hacéis, yo pierdo el trabajo —continuó Federico.
—Démosles unos minutos… Es lo que Agatha suele tardar en volver, ¿no?
Pero el silencio en el Panteón de Agripa era absoluto en aquel momento, y es que en lo alto la luna había continuado con su curso natural, vertiendo su fría e imponente luz sobre aquel templo, como si nada hubiera alterado la quietud del lugar.
Los cuerpos yacían en el suelo.
Agatha parecía estar envuelta en una extraña paz, con sus rojizos labios entreabiertos y sosteniéndose del brazo del italiano que junto a ella, parecía estar atrapado entre dos mundos: el tangible y el inalcanzable.
Pero fue que una nube oscura se posó delante de la luna cuando la oscuridad se adueñó de todo.