UBI TU, IBI EGO 14. vaticano
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14. vaticano

La mañana del veinte de julio visitaron el Vaticano, por fin, y aunque Federico no pudo acompañarles, Benedict y el italiano lo hicieron.

Desde el encuentro en su piso, sentía el ambiente algo caldeado con Lorenzo…

No paraban de lanzarse contestaciones que nada tenían que ver con lo que estaban hablando todos en el momento, ella intentaba evitar tener que dirigirse directamente a él en las conversaciones, y él casi no frecuentaba los lugares a los que sabía que Agatha iría porque sí,

intentaba evitarla a toda costa…

Y no, no es que estuviera enfadado con ella ni mucho menos, es que no quería permitirse sentir nada que no fuera…

amistad y aprecio por esa mujer de pelo rizado que le había robado todas las miradas desde que la había encontrado aquella noche junto a dos portuguesas algo peculiares.

Aquel día fue gracias a Benedict que se reunieron otra vez: le insistió mucho al italiano con el pretexto de que era raro haber tenido la dicha de encontrar a personas tan dispares, pero que congeniaran tan bien con ellos, y lo más importante,

el británico se moría de ganas de pasar más tiempo con Yara porque sentía que con ella había encontrado el punto de locura que tanto anhelaba en una amistad.

La británica había estado paseando por el jardín francés antes de recibir una foto hecha desde la distancia donde la habían pillado abanicándose y mirando al resto de turistas que hacían fila para entrar, con cara de pocos amigos…

—No sabía que pertenecieras al MI6 —bromeó cuando estuvo junto al autor de la foto y a Lorenzo Marchiesi, que se habían limitado a saludarse con un movimiento de cabeza.

—Tienes mala cara, ¿has dormido mal otra vez?

—Tú sí que sabes cómo tratar a una dama Beny —canturreó el italiano desde atrás, que evitaba caminar al lado de la pelirroja.

—Solo me preocupo por mi amiga —admitió—. ¿Qué tal esos desmayos…? Supongo que él te lo habrá comentado, pero a Lorenzo también le ha ocurrido alguna que otra vez, ¿verdad?

Habían llegado a la entrada del Vaticano, donde Yara y Mia los esperaban impacientes, porque para una vez que habían llegado puntuales, les había tocado esperar a ellas.

Ante la confesión de su amigo, Lorenzo apretó los labios como si este hubiera dicho algo que no debiera.

Apartó la mirada y fingió estar pendiente de un grupo de monjas que caminaban a paso rápido, pero Lawson se paró en seco esperando a que el italiano llegase, para mirarlo en silencio mientras él disimuló con una mueca que parecía una sonrisa.

Agatha parecía estar muy ocupada intentando descifrar el significado de esa mueca que era más que obvio que ocultaba algo más que incomodidad en él, que apartó la mirada y sintiendo aún el peso de su mirada, habló:

—Jammo… ¿Qué ocurre ahora? —su tono fue más brusco de lo habitual, como si intentase cubrir lo que sentía con desinterés.

Pero la británica ignoró aquella pregunta con una forzada sonrisa y prefirió dejar la conversación para otro momento, porque ella supo que la confesión de Benedict podría haberlo cambiado todo desde ese momento.

Ya dentro de la basílica, el obelisco egipcio en mitad de la plaza seguía siendo lo único en lo que Mia pensaba, y que por quedarse mirándolo desde el interior, la perdieron en dos ocasiones… Pero era común en ella.

El grupo se había dispersado entre la gente: Benedict y Yara habían insistido en bajar a ver las Grutas Vaticanas, donde estaban enterrados los cuerpos de varios reyes y papas, pero Lorenzo y Agatha se habían resistido a hacerlo…

Lo que menos les apetecía era meterse ahí, rodeados de cadáveres encerrados en ataúdes…

Así que se habían visto obligados a quedarse el uno junto a la otra hasta que el resto apareciese, porque no, no tenían forma de poder comunicarse por el teléfono móvil.

Lorenzo estaba nervioso, no dejaba de hacer pequeños nudos en el pañuelo de tela negra que siempre colgaba de su pantalón, junto a las cadenas, Agatha en cambio se quedó mirando la cúpula, pero no la veía por tener la mente en otra parte, y temiendo otro desmayo, el italiano buscó distraerla.

—¿Crees que el Papa tendrá wifi allí arriba?

—susurró, casi apoyado en el hombro de la pelirroja, que sorprendida por aquello tapó su boca disimuladamente: claro que ese comentario le había hecho gracia, pero continuaba estando molesta con él—.

Bienvenida al corazón de la cristiandad…

—se colocó frente a ella y tras extender sus brazos hizo un amplio gesto, algo teatral.

Y sí, ella continuaba evitando mantener un diálogo con él por más corto que fuera, así que cuando vislumbró a Mia dando vueltas sobre sí misma, buscándolos, acudió a ella.

La portuguesa se había descargado una audioguía aquella misma mañana y se iba santiguando cada vez que pasaba cerca de las figuras de la virgen o Jesús, pero estaba cansada de andar, así que en cuanto pudo tomó asiento en las bancadas donde más tarde darían la misa.

Lorenzo le hizo compañía, incluso compartieron los auriculares y asistieron juntos a la misa: el italiano era creyente, no de los que iban cada domingo a misa, pero sí que tenía la imagen de La Virgen del Carmen guardada en la cartera,

que era considerada la protectora de los pescadores y marineros allá en Sorrento, de donde él era.

Y no lo confesaba, pero cuando necesitaba ayuda divina, acudía a ella.

La que se había separado esa vez fue Agatha, que terminó colocada justamente bajo la cúpula, con el sol creando destellos dorados y anaranjados sobre su cabello,

pero ella estaba absorta en las columnas negras y enrevesadas y en cómo un grupo de estudiantes de no más de diez años habían ido de excursión con sus profesoras.

—Pá, los italianos tenéis fama de ser unos románticos —dijo de repente, cruzada de brazos, al darse cuenta de como el hombre de su lado miraba a su amiga—. Pero todavía no te he visto demostrarlo.

La comisura de su labio se alzó despacio: lo había pillado como quien pilla a un niño pintando las paredes de la casa de su nonna.

—Siempre he querido casarme en un sitio así —explicó.

—No he estado, pero seguro que en Londres hay iglesias muy bonitas también…

Ambos rieron. Al fin tenía una cómplice en aquello que sentía, porque estaba harto ya de pretender que su corazón no se aceleraba cada vez que veía una melena roja acercarse.

Benedict llegó con Yara, y también tomaron asiento junto a ellos: la portuguesa empezó a contarles entusiasmada lo que habían visto allí abajo y cómo olía a humedad, pero su hermana le reprendió por emplear un tono de voz tan intenso…

Porque no había lugar al que fuera en el que no terminase dando la nota de un modo u otro, pero es que era su forma de ser…

El italiano jugueteaba con su anillo, como hacía siempre que se ponía nervioso…

Y la causa no era otra que ver cómo Agatha contemplaba la figura de la Virgen María: era tan imponente y melancólica que la pelirroja sintió que esa estatua cargaba con el peso del mundo entero.

Pero en ella había algo que lo desarmaba por completo, no en la figura, en la británica…

Algo en su cabello, en sus ojos que brillaban con curiosidad…

Era como si el tiempo se hubiera detenido solo para él, porque en ella encontraba algo sagrado y peligroso a la par.

Lawson se giró al sentir dos grandes ojos de color chocolate clavados en su nuca, y se detuvo en ellos.

Aquel contacto visual les golpeó como una tormenta inesperada, porque en los ojos de ella había vida, fuerza, coraje…

Y él sentía como su corazón se encogía cada vez más, por cosas que aún no se atrevía a confesar, pero que Mia había reconocido.

Como si las palabras fueran su más grande confesión, y ese secreto que lo perturbaba, lo mantenía vivo.

La pelirroja para él era un milagro y un enigma, un faro en mitad de la tormenta, que aunque pareciera guiarlo, también lo amenazaba con arrastrarlo hacia el abismo. Y es que en ella veía todo lo que deseaba y lo que temía, porque lo deslumbraba, lo desarmaba con cada mirada.

Había una fuerza superior a cualquier cosa; que le obligaba a enfrentarse a partes de sí mismo que hubiera preferido poder ignorar con tal de continuar ahí, al lado de Agatha.

Pero es que cada vez que intentaba tomar distancia de ella, o que se razonaba excusas baratas a sí mismo, con las que se decía que sería mejor mantenerse lejos de esa británica, algo más fuerte que cualquier cosa, lo empujaba de vuelta…

Era como si la existencia de esa mujer hubiera dejado una gran cicatriz en su alma que lo acompañaría sin importar cuán lejos tratase de huir…

Y es que él sabía que no había escape posible, porque cada destello en su mirada, cada palabra o cada recuerdo, quedarían grabados en su memoria como un tatuaje imposible de borrar. Agatha era única.

Conocía con una certeza dolorosa que jamás podría mirar a nadie del mismo modo en que la miraba a ella, porque nadie más tenía el poder de derribarle y reconstruirlo. Sentía que ella era su redención, y que pese a que el camino fuera incierto, ella siempre sería su norte.

Siempre.