13. livia
Federico había conseguido reunirlos a todos en el apartamento de la pelirroja con la excusa de volver a jugar a la scopa, pero en realidad lo que buscaba era contarles lo que había ocurrido con Agatha varios días antes, cuando la encontró llorando por una simple moneda.
Benedict sostenía el denario en lo alto mientras lo observaba desde todas las perspectivas habidas y por haber; estaba realmente fascinado con aquello, pero no tanto como Federico, que parecía más ilusionado que ninguno.
Agatha no paraba de mover su pierna derecha de arriba a abajo en un intento de calmarse a sí misma, pero sin mucho éxito. Mia notó que estaba inquieta e intentando tranquilizarla posó su mano sobre la rodilla de su amiga.
—Digamos que es lo más extraño con lo que me he topado antes… ¿Y es de verdad? —preguntó Benedict pasándole el denario al guía.
—Eh, claro que es de verdad… Me la encontré buceando.
—Lo más lógico sería llevarla a un museo, ¿no? Ese denario romano no nos pertenece… No te pertenece —admitió con crudeza el italiano.
Estaba sentado en el alféizar de la ventana observando la calle con despreocupación, como si lo que estuviera sucediendo en el apartamento no tuviera que ver con él.
—Me fastidia admitir que Cuerda Rota tenga razón… Pero por otro lado, en mi barrio siempre se ha dicho que quien lo encuentra, se lo queda… Así funcionamos en Lisboa —explicó, quitándole la moneda a Federico y toqueteándola—. Nuestra chica la encontró, así que hará con ella lo que quiera.
—Vaya fama nos estás poniendo —reneó en portugués.
Yara estiró el brazo para ofrecerle el objeto a Lorenzo, que lo rechazó con un suave movimiento de mano para volver a apartar la mirada a la acera de la calle donde dos adolescentes se peleaban mientras el resto los grababa.
—Todavía no sé qué haré con eso… El caso es que… Tal vez creeréis que estoy loca, o que son invenciones mías, pero esa moneda me hizo esto —mostró la palma de su mano izquierda, donde reposaba la cicatriz de un quemazo.
—Te dije que eras bastante torpe con los fuegos de la cocina y no me hiciste caso —bromeó Benedict.
—Lo digo en serio. Estaba en mi habitación cuando de pronto escuché que una voz… susurraba «Alonia», o algo así, creo —Lorenzo clavó su mirada en ella, pero no habló—. No lo sé… Demonios, fue tan raro… Que cuando quise darme cuenta, la maldita moneda estaba irradiando luz y calor.
—Eso es que duermes mal —espetó Lorenzo—. Tú misma lo dijiste la otra noche, deben ser imaginaciones tuyas.
Y que él le hubiera dicho aquello le dolió casi tanto como si le hubieran clavado un puñal en el estómago.
El grupo se quedó en silencio al ver que Federico tomaba otra vez la moneda, y la británica hizo un barrido de miradas en búsqueda de algún cómplice que apoyara su descabellada idea de que esa moneda estaba maldita.
O que al menos creyera su historia. Pero no.
—Tal vez no soy la única que cree estar empezando a enloquecer, ¿eh…?
—No es eso… —su vecino caminó hacia ella y tomando sus manos con cuidado empezó a acariciarlas, a lo que Agatha agachó la cabeza como si sintiera vergüenza—.
No quería sacar el tema tan pronto, pero el otro día me asusté mucho Pecas, no estabas bien —recordó el momento en el que la encontró en el suelo del baño acurrucada.
—¿De verdad que nadie va a creerme…? —unas lágrimas traicioneras le jugaron una mala pasada.
Mia, que tenía la moneda en ese instante, se la entregó a Lorenzo para poder caminar hacia Agatha y abrazarla: Peinó hacia atrás algún mechón que caía sobre su frente, sonriendo con ternura.
—Nadie aquí cree que estés loca. Yo te creo, y sé perfectamente que antes de venir a Roma pasaste por situaciones difíciles, es posible que todo eso te esté saliendo ahora… La meditación podría ayudarte a dormir.
—Es verdad. La cabeza no funciona igual si tú no descansas.
Pero ella no oía los ánimos y el apoyo que las portuguesas le estaban dando en ese momento, preocupadas por la salud de su amiga, porque estaba pendiente de un zumbido cercano a ella…
Al levantar la mirada clavó sus ojos en Lorenzo, que miraba el denario entre sus manos sin expresión alguna en su rostro, pero sí que era como si su mente estuviera en otra parte, porque parecía mirar el objeto, aturdido.
Lawson vio humo brotando del objeto otra vez, y cuando fue a abrir la boca para hablar, Lorenzo, en un rápido movimiento, lanzó la moneda al sofá y cerró su mano en un puño…
No, no había sido producto de la imaginación de Agatha.
Lo había visto. Y en ese momento el italiano sobaba de forma disimulada su propia mano, dolorido.
Ella sintió su corazón acelerarse, y todavía mirándolo, se apartó de Mia para ver la incomodidad en el rostro del músico, al que le temblaban los dedos ligeramente, y que parecía ocultar algo.
—¿Tengo el permiso de la dueña de este apartamento para preparar mi famoso pastel de carne? Yara lleva días pidiendo que lo haga y creo que ésta noche necesitas que alguien te cocine y te cuide, Agatha.
—La cocina es tuya Ben —respondió sin apartar la mirada del italiano, mientras oía como el resto echaban una pequeña carrera hasta la cocina: Quien fuera el último en llegar se encargaría de lavar los platos a mano.
Lorenzo dio un brinco apartándose de la ventana y cuando trató de salir por la puerta del salón, en dirección a la cocina, la británica se colocó delante de él, impidiéndoselo.
—Tú también has visto eso —admitió.
—¿Ver el qué? —carraspeó nervioso, pero ella se cruzó de brazos y alzó una ceja—. Cazzo… Sí, literalmente es una moneda romana. Muy bonita y curiosa —trató de sonar indiferente, pero haber intentado esquivar a la mujer, que volvió a detenerlo, le delató.
—Estoy hablando en serio Enzo —posó una mano sobre el pecho de este.
—Yo… No sé de lo que me estás hablando.
—¡Claro que sí…! Lo que sea que me esté pasando… Tú también lo has sentido al tocar la dichosa moneda.
El italiano se rascó la cabeza con nerviosismo y, pese a que no se percató, ella pudo ver uno de los tatuajes que adornaban su piel y en el que se leía claramente «Virtus et Honor». Pero un impulso lo movió de su sitio y se giró con brusquedad hacia otro lado que no fuera donde ella estaba.
—¿Por qué insistes tanto? —exhaló intentando expulsar algo que parecía pesarle demasiado en su interior.
Pero ella se quedó en absoluto silencio… Le hubiera gustado decirle que no era normal lo que estaba sucediendo, que estaba asustada y que si podría darle un abrazo, pero en cambio, se aguantó las ganas y miró a otra parte.
—Trata de no tocarla —ordenó él, que había envuelto la moneda en un pañuelo de papel y la había dejado sobre la mesa de la estancia.
El italiano miró a la mujer con un brillo diferente en sus ojos y después de dejar una caricia en la mejilla de esta, él se marchó a la cocina. Agatha en cambio se quedó ahí mirando el objeto envuelto y dejando escapar un suspiro se sentó justamente donde minutos antes Lorenzo observaba la calle.
¿Cómo podían decirle que solo necesitaba descansar, cuando cada noche esos sueños eran más intensos?
Algo no andaba bien, y ella lo sabía, porque era de lo más extraño que ante ella se presentaran lugares que jamás había visto en la vida real, con una claridad capaz de dejarla atónita y que las personas con las que hablaba y a las que veía la reconocieran.
Así que empezó a considerar la posibilidad de que esa ciudad tuviera un significado mucho más profundo para ella…
Uno que tardaría en descifrar, y es que tal vez había una razón por la que había acudido a Roma y no a otras de las muchas ciudades que se había planteado…
Estaba claro que necesitaba descubrir qué estaba pasando, para encontrar la paz que tanto anhelaba.
Era consciente de que debía hacer algo al respecto porque no podía continuar ignorando esos sueños, ni tampoco la persistente sensación de que hubiera algo que debiera descubrir allí en Roma.