UBI TU, IBI EGO 12. tito
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12. tito

La tarde del catorce de julio, Lorenzo se escabulló de sus tareas en la tienda de su tío Antonio, porque Yara había tenido la brillante idea de aprovechar que Federico era guía en la ciudad, y que así les contaría historias que solo los locales conocían.

Pero la realidad, es que el guitarrista había ido para tener la oportunidad de poder comer el mejor tiramisú de toda Roma —junto a Agatha— que parecía estar bastante distraída, observando el arco de Tito.

Benedict relamió la cucharilla de plástico con el último pedazo del postre que había compartido con Yara, y que le había arrebatado después de una pelea de cucharillas de plástico que había quedado grabada por el teléfono móvil de Mia.

—Tenías razón al decir que eran los mejores de la ciudad —admitió el británico limpiándose el labio con una servilleta áspera—. Me surge una duda Fede, ¿por qué decidiste estudiar para ser guía…?

—Claro, habiendo podido estudiar medicina como tú, crees que estudiar nuestra historia es algo estúpido, ¿verdad?

—Honestamente, no sé a qué viene eso ahora… Pero no, la verdad es que solo lo preguntaba por mera curiosidad.

—Disculpadlo, está un poquito… irascible con el tema de la boda. Ésta mañana ha estado hablando con el sitio en el que se supone que celebrarían el evento y…

—Nos han dejado colgados, eso ha ocurrido.

—¿Y por qué no haces una boda en la playa, amiguinho? Sería lo más rápido y barato.

—Porque esto no es tan sencillo como tu lo haces ver, Yara… —resopló—. No importa. Volviendo a la pregunta de Ben… Siempre me gustó la historia y, cuando era adolescente, la mayoría de las noches me dormía escuchando leyendas en mi reproductor de MP3, y bueno, digamos que Roma está llena de ambas.

—También podrías haber optado por la escritura, ¿eh?

—Eso te lo dejo a ti, Pecas. A mí me gusta imaginar cómo era la vida de quienes estuvieron aquí antes que nosotros.

—Quizá es porque en lo más profundo de ti sientes que hay historias que necesitan ser contadas, ¿no crees, Capitán? —intervino Lorenzo.

—¡Qué poético eres…! Yo es que prefiero vivir en el presente y disfrutar de cosas simples —admitió la rubia—. A diferencia de ti no me interesa aquello que no pueda ver a simple vista… Además, ¿MP3? Sí que eres viejo.

—Al menos haces que Roma no sea aburrida —aseguró Mia con la cucharilla de plástico color verde metida en la boca, y a la que no paraba de darle vueltas de un lado a otro.

—¿Roma aburrida…? —dijeron al unísono los italianos. Estaba claro que les había ofendido.

Pero Agatha soltó una fuerte carcajada ante aquel gesto para nada premeditado.

—Jammo, si pudierais elegir vuestra profesión durante el imperio romano, ¿qué seriáis?

—Está claro que yo sería emperatriz… ¿No ves qué porte tengo, caralho?

—Yo diría que… Sería gladiador, aunque si pudiera elegir, elegiría no morir en el coliseo.

—Fíjate que yo diría que serías un mercader que vende vino malo y barato.

—Increíble… No tenéis respeto por mi alma de luchador —bromeó el rubio.

—Es que los ingleses sois muy fáciles a la hora de ofenderos por cualquier cosa.

—Eh, cuidado con lo que dices —advirtió Agatha.

—¿Lo veis…? —el italiano sonrió—. La escritora y el loquero ofendidos, me encanta esto.

—Neurocientífico —corrigió—. Y desde este momento pasaré a llamarte Pirada, por graciosilla.

Pero aquello poco le importó a la portuguesa, porque en verdad le encantaba esa dinámica con Benedict.

—Pues yo creo que sería artista. Si me dejasen serlo, porque bueno, quién sabe si quizá no sería concubina de algún pez gordo —bromeó, pero Lorenzo la miró con suma seriedad por unos instantes más largos de lo que hubiera deseado. Y ella lo notó, por lo que le devolvió el gesto.

—Todavía no nos has explicado qué conmemora esto —Yara señaló al arco.

—Si alguno de vosotros ha estado en París, el que tienen allí fue inspirado en este de aquí, que fue uno de los primeros monumentos en representar de una forma tan detallada una victoria militar… Pero este conmemora el triunfo de Tito en el saqueo de Jerusalén.

—Te has olvidado de decir que Domiciano fue el encargado de mandar que lo construyeran en honor a su hermano Tito, y a su padre Vespasiano.

—No sabía que además de tocar la guitarra, dabas clases de historia —ironizó—. Estaba a punto de decirlo, pero ver a Benedict dando vueltas de un lado a otro me distrae…

—Es que tengo calor y necesito sombra, ¿vale?

Se colocó junto a Agatha que estaba entre sol y sombra con cara de pocos amigos: se sobaba la frente una y otra vez, y con esas enormes gafas de sol negras era imposible ver hacia donde estaba mirando, pero estaba más pálida que de costumbre.

Estaba erguida con cierto esfuerzo, y apretaba sus labios en una tensa línea, cosa que el rubio notó cuando la vio respirar de forma demasiado profunda, como si tratase de aferrarse a la realidad mediante el aire.

—¿Te encuentras bien? —susurró, pero ni ella ni nadie lo oyó.

Agatha se tambaleó y su mirada comenzó a perder el foco: Era como si el peso del mundo la estuviera empujando, porque su cuerpo se inclinó hacia adelante, y por suerte Benedict estuvo rápido en estirar los brazos y sostenerla, pero la cabeza de la mujer se ladeó hacia un costado.

Lorenzo, que estaba de espaldas a ellos, sintió una punzada de dolor en el pecho ante la fragilidad que envolvía a la pelirroja, por lo que se dio la vuelta apresuradamente y ayudó a su amigo a sostenerla.

A Agatha le pareció oír como Yara la llamaba asustada, como aquella vez en el Coliseo, y parpadeó débilmente, pero en un destello se desvaneció su mirada…

El cuerpo de la británica cedió con una súbita falta de resistencia, siendo Benedict quien la sostuvo con firmeza antes de verse obligado a recostarla en el suelo con la ayuda de Lorenzo, que se inclinó junto a ella y tomó su mano.

—Estamos aquí —susurró. En realidad fue el único de todos ellos que mantuvo la calma como correspondía, y es que su mundo se redujo a la pelirroja que no había dicho nada, pero poco antes de caer había oído una lejana campanita y sentido el aroma del laurel.

El arco de Tito continuaba inalterable y majestuoso, siendo testigo indiferente de siglos de historias humanas, pero para Lorenzo Marchiesi no había leyenda narrada por Federico, ni monumento que importase, porque solo podía estar pendiente de que ella estuviera bien.

◊◊◊

Sintió un denso aire cargado de olor a hierbas y a aceites que habían sido quemados en pequeños altares a lo largo del camino, y parpadeó encontrándose de pie en una vía pavimentada con grandes losas de piedra lisa y desgastada por apresurados pasos y muy probablemente,

por ruedas de carretas que chirriaban a su paso.

El bullicio de los gritos de algunos vendedores, las conversaciones de los transeúntes y el lejano estruendo de un carro tirado por dos mulas y avanzando hacia ella la obligaron a cambiar el rumbo: Estaba agobiada.

Al girar hacia la derecha pudo ver como el Coliseo se perfilaba a lo lejos, y su intacta estructura estaba repleta de vida.

En los alrededores de este, la gente vestía con togas y se aglomeraba para acceder.

Cercano a ella, un grupo de niños correteaba descalzos mientras sus risas desentonaban con los gritos de un severo centurión que empujaba a un grupo de esclavos cargados de ánforas y vino.

Instantáneamente, la mujer sintió el calor del suelo bajo sus pies descalzos, aunque no recordaba haberse desprendido de las sandalias que su esposo le había regalado.

Al volver a levantar la cabeza, una mujer de cabello trenzado le sonrió fugazmente al ofrecerle una manzana desde un puesto improvisado donde vendía frutas.

Pero no aceptó aquello cuando se topó con una figura masculina que le estaba dando la espalda.

El corazón de la muchacha latía fuertemente y se le escapó una sonrisa de los labios antes de caminar a paso veloz hacia él, que estaba en el otro extremo de la placeta, bajo la sombra de una imponente columna corintia y portando una armadura.

Pero no se movía con urgencia. Era como si ese hombre estuviera esperando algo o a alguien, y para ella el tiempo se ralentizó mientras sus ojos continuaban fijos en él hasta que logró colocarse a sus espaldas y extender la mano con duda, para acabar rozando su armadura con las yemas de los dedos,

como si temiera hacer semejante cosa.

—¿Has vuelto…? —susurró casi con esas palabras atrapadas en la garganta.

Y el hombre se giró con lentitud mientras para ella, el mundo a su alrededor se desvanecía un poquito más: los gritos de los vendedores, el barullo, el ruido…

todo se atenuó y lo único que quedó fue el latido acelerado de su propio corazón y la mirada fija de aquella figura que continuaba teniendo la cara difusa.

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