11. S.P.Q.R.
El doce de julio hubo una importante tormenta que consiguió tirar un árbol de la avenida donde Agatha y Federico vivían, así que ella decidió que ese sería un buen día para quedarse en el apartamento limpiando, ordenando y leyendo.
Una vez acabó de todo aquello, tomó asiento sobre el colchón de su habitación, en el cual había extendido todos los adornos, recuerdos, imanes y souvenirs con los que se había ido haciendo a lo largo del viaje, y que la habían dejado con solo tres céntimos en la cartera.
Vio la foto que días atrás el grupo se había sacado en un parquecillo a lo alto de la ciudad, y desde el cual podía apreciarse el Vaticano en la lejanía.
En esta, Federico y Yara posaban con gestos divertidos; a Benedict lo habían cazado peinándose el flequillo; Lorenzo no perdió la oportunidad de posar levantando el índice y el meñique con el resto de dedos doblados, formando unos cuernos con la mano;
Agatha y Mia se sostenían la una a la otra en medio de una carcajada.
Acarició aquella fotografía con tanta delicadeza… Era como si supiera que antes de llegar el momento de decirles adiós, ya los estuviese echando de menos. Y es que era así.
Poco le duró esa agridulce sensación. Una fuerte molestia la había sacado de aquel bonito instante cuando notó presión sobre la cabeza. Se vio obligada a dejar caer la foto sobre el colchón, llevándose ambas manos a la frente y sobándola con insistencia, como si así el malestar fuera a desaparecer.
Cerró los ojos con fuerza. Al abrirlos, aquel dolor latía en ella con un ritmo implacable, como si un tambor lejano resonase demasiado cerca.
Y entonces, sus manos se aferraron al borde del colchón mientras respiraba hondo, intentando centrar su atención en la habitación: Cinco cosas que pudiera ver…
cuatro que pudiera tocar… tres que poder oír…
dos que oler… y una que saborear. O al menos eso mismo le habían enseñado en las clases de control de la ansiedad que había tomado años atrás con el psicólogo.
La luz anaranjada de la lámpara tintineó y el aire en la habitación parecía ser más pesado… Se decía a sí misma que solo era cansancio, o de la propia lluvia, pero la inquietud sobre su pecho no la dejaba en paz. Le faltaba el aire.
Un escalofrío recorrió su espalda, su respiración se aceleró y una punzada de miedo se apoderó de ella cuando de pronto, otro golpe de dolor, le atravesó la cabeza.
Pero ésta vez más fuerte, y en su mente se agolpó una serie de imágenes: Una mujer envuelta en un manto rojo y blanco, una ciudad antigua y susurros de voces que no alcanzaba a escuchar.
No quería verlo, pero algo en su interior estaba despertando, y era algo que no pertenecía a su mundo… O eso creía ella. Y por primera vez sintió que la línea entre lo real y lo que no lo era, entre su vida y algo mucho más grande, se difuminaba.
De una forma magnética alzó la mirada para ver como unos rayos de sol se colaron entre las nubes reflejándose a través de la ventana sobre el objeto que reposaba sobre la mesa de la habitación: El denario brillaba con intensidad, llamando la atención de la joven,
que inevitablemente se arrastró sobre la cama hacia aquella pequeña pieza, que había decidido guardar más como capricho, que como algo significativo.
Pero parecía estar cobrando vida, porque un tenue brillo dorado brotó de su superficie, como si un ente invisible hubiera encendido una diminuta llama en su interior: Era algo tenue e imperceptible, pero que aumentó su intensidad en segundos…
Tanto así, que bañó las blancas paredes en reflejos que danzaban a voluntad propia.
La británica contempló aquello hipnotizada, mientras el calor que la moneda desprendía era más evidente cada vez… Tenía una calidez que se sentía como algo extrañamente reconfortante, como si tuviera un propósito.
La inscripción en ella brillaba con nitidez, dejando leer con claridad las siglas «SPQR IMPERATOR», y al tomarla y darle la vuelta, el reverso mostraba una figura alada sosteniendo una rama de olivo y una corona… Era la diosa de la victoria.
Ese deslumbrante resplandor logró llenar la habitación con una luminosidad casi cegadora, y fue entonces cuando... Sucedió. Un leve zumbido, como un murmullo que parecía surgir de su interior, invadió la estancia.
Pero aquel sonido no pertenecía a este mundo, y justo cuando una atemorizada Agatha creyó que no podía ser más intenso, el brillo pulsó una última vez, iluminando incluso los rincones más oscuros del apartamento.
Y fue allí, en ese momento, donde ella sintió algo más que solo luz: era algo sutil, una poderosa energía que recorrió su cuerpo, como si la moneda tratara de transmitirle un mensaje que su mente no estaba lista para descifrar.
—Apronia… —un susurro apenas perceptible logró sacarla de sus pensamientos, y asustada miró hacia todas partes, buscando de donde venía aquello.
Incluso revisó cada una de las estancias del apartamento porque… ¿Quién sabe…?
—¡Demonios, me estoy volviendo loca! —espetó enfadada, mientras daba una vuelta sobre sí misma.
Un sollozo desesperado escapó de su garganta y con agobio metido en el cuerpo volvió a la habitación, tomó la moneda y la lanzó con rabia hacia el otro lado del pasillo, cayendo justamente en la entrada del baño.
Buscó calmarse a sí misma porque aquello estaba siendo verdaderamente extraño: Tomó aire y dubitativa caminó hacia la moneda, que la cogió otra vez, temblorosa, y se sentó sobre la tapa del retrete mirando aquel objeto con detenimiento.
No se dio cuenta, pero seguía llorando como si de una niña pequeña se tratase.
Apoyó su cabeza sobre una mano y con la izquierda apretó el denario que en cuestión de segundos emitió un calor inexplicable, logrando que de ella saliera humo…
La mano de Agatha ardía y ella, asustada por semejante quemazo, dejó que el objeto cayera al suelo.
Caminó al lavabo con la intención de aliviar la herida con agua bien fría, pero mientras lo hacía observó su reflejo en el espejo: Tenía unas ligeras manchas oscuras bajo los ojos, y no eran de otra cosa más que de andar desvelada cada noche por culpa de esos malditos sueños.
Miró la moneda que yacía en el suelo del baño por apenas unos momentos y acto seguido volvió a mirar su reflejo… Pero este ya no le pertenecía porque no se reconocía en él.
Una mujer de túnica blanca se colocaba un broche de oro en el hombro, sosteniendo la túnica que se deslizaba como una segunda piel; la cintura ceñida con un trenzado cinturón y sobre su cabeza un velo translúcido se mezclaban con los rojizos cabellos que caían de forma etérea,
como si los dioses lo hubieran tocado.
Pero su rostro tenía algo extraño y familiar al mismo tiempo…
Los mismos ojos del color del café que Agatha tenía, pero más sabios y profundos…
Las mejillas levemente sonrojadas… Unos labios carmesí que daban la sensación de que pronunciarían palabras en una lengua desconocida en cualquier momento…
Aquella mujer estaba en el atrio de un templo, rodeada de sombras que se inclinaban hacia ella.
Pestañeó notando un escalofrío recorrerle la espalda, y la figura al otro lado del espejo hizo exactamente lo mismo, pero algo en su mirada continuaba ahí sin desvanecerse…
Un destello de determinación, de fuerza y un poder característico en ella, pero que de algún modo pertenecía también a la británica que no dejaba de mirarla con incredulidad.
Al parpadear una última vez, la ilusión desapareció dejando solo su habitual reflejo en el espejo, pero la sensación persistía como si ese fugaz vistazo a la mujer de la antigua Roma hubiera sido más que una simple visión…
Como si de algún modo fuera el eco de algo que siempre estuvo ahí en su interior, esperando a ser reconocido.
Asustada retrocedió hasta chocar con la pared a sus espaldas: Un grito desesperado escapó de su garganta y con lágrimas en los ojos se dejó caer al suelo, deslizándose por la pared hasta acurrucarse en una esquina, como si buscara esconderse del mundo.
—No puedo más… No puedo… —se decía a sí misma.
Pocos minutos después sonó el timbre en varias ocasiones, pero su propio llanto, que la mantenía absorta, no la permitió oír como Federico aporreaba el timbre, preocupado por ella.
Ya cansado y temiendo por su nueva amiga, sacó la copia de las llaves que esta le había entregado semanas atrás por si una noche de fiesta perdía el matojo de llaves, y aunque el italiano no quería usarlas, sentía que debía hacerlo porque su vecina lo necesitaba.
—¡Soy Federico…! No te asustes Pecas, no he querido usar las llaves, pero he escuchado gritos y… —cuando llegó a la puerta del baño y la vio acurrucada en el suelo, temblando e intentando taparse los oídos, algo en su interior se removió.
No dudó un instante en agacharse a su lado, intentando apartar sus manos de la cara, pero como respuesta recibió un gritito.
—Dai, soy yo, soy Fede, tranquila… —la tomó de ambas manos y la obligó a que lo mirara a los ojos, y aunque su tono era firme, no perdía la calidez con la que siempre le hablaba.
Los ojos de la mujer eran un rastro de lágrimas y confusión que lo miraban como si tratase de aferrarse a algo sólido en medio del caos que acababa de vivir.
—¿Qué demonios está… pasando? —susurró apenas audible y temblorosa: Su respiración era errática y las manos le temblaban entre las de Federico.
—No sé qué está pasando —admitió—. Pero estoy aquí contigo, no voy a dejarte sola, ¿me oyes…
? —la mujer apartó la mirada de su vecino y observó el denario—.
Pecas, necesito que me mires, ¿de dónde has sacado eso..
? —cuestionó en voz baja, señalando el objeto, pero ella no respondió—. Atiende, ¿de dónde la has sacado?
—En la playa de Ostia —se le quebró la voz—. No sé qué está pasando, siento como si algo… En mi interior estuviera cambiando.
Él no supo qué debía responder ante semejante confesión, ¿acaso la británica tenía problemas que no le contaba por falta de confianza…
? Pero el instinto del italiano le gritaba que debía tomar la moneda y deshacerse de ella…
Al mismo tiempo había algo en la forma en la que su amiga la miraba, en esa profunda conexión que parecía tener con el denario… Que lo hizo dudar.
—Resolveremos esto, pero antes necesitas despejarte. Ésta noche dormirás en mi piso.