UBI TU, IBI EGO 10. SOLE E SPIAGGIA
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10. SOLE E SPIAGGIA

El décimo día se escabulleron hasta Ostia, una playa no muy lejos de la capital, con intención de huir del barullo de los turistas, pero…

Es que ellas también lo eran. Agatha se escondía del sol bajo la sombrilla que había insistido en alquilar, y por otro lado las portuguesas que estaban más que acostumbradas a tostarse al calor, estaban disfrutando como dos niñas, y cogiendo más color.

—Necesitaba tanto eso… Estoy agotada, no paramos de ir de un lado a otro.

—Pero qué demonios Yara, si estás de vacaciones no puedes estar cansada. Además, las vacaciones son para eso.

—Veo que tenemos un concepto muy diferente de vacaciones, amiguinha.

Comieron en un restaurante frente al mar donde les cobraron bastante más de lo que esperaban.

Un vendedor ambulante les endosó una pulsera a cada una, y una mujer sentada en el paseo y que se dedicaba a hacer trenzas por poco dinero, le hizo un bonito trenzado a Yara bajo la negativa de su hermana…

Peinado que se vería obligada a quitarse por los picores que le producían esas trenzas.

A la tarde, y habiéndolo sugerido Mia, que llevaba todo el día insistiendo en nadar hasta las boyas, volvieron a meterse en el agua, pero sus planes cambiaron cuando Agatha vio a lo lejos una cala que parecía estar completamente vacía, a la cual nadaron,

siendo empujadas por algunas olas más densas que de normal, como si aquel lugar estuviera esperando por ellas y deseoso de su llegada.

El agua de esa zona era tan cristalina que podían ver incluso el fondo arenoso donde los pececillos se escondían entre afiladas rocas que estaban recubiertas de algas.

—El agua de aquí parece ser más tranquila —admitió Mia.

—Pues claro que está más tranquila… Aquí no hay turistas dando la nota, Mimi.

—Eh, que tú eres turista.

Agatha bufó e intentando ignorarlas se encargó de ser la primera en empezar a explorar aquella cala; Mia recolectaba piedrecitas lisas de diferentes colores; Yara admiraba los pequeñísimos fragmentos de conchas incrustados en la arena y Agatha caminó hasta el lado opuesto al que habían accedido.

Se quedó mirando a un punto fijo por varios segundos: había algo brillando bajo el agua y parecía estar enterrado en la arena, así que sin dudarlo, volvió a sumergirse.

Buceando logró vislumbrar que eso que estaba enterrado en la arena, era de una forma redonda algo desigual.

El objeto la atrajo y cuando ya lo tuvo entre sus manos, subió a la superficie.

Extendió el brazo hacia el cielo viendo como el reflejo del sol hacía brillar aquella…

moneda. Agatha no lo sabía, pero era un denario de plata que cargaba consigo siglos de historias: Un suspiro proveniente de lo más profundo de su ser escapó de ella cuando apretó la moneda sobre la palma de su mano,

sintiendo como la calma del mar contrarrestaba el torbellino de pensamientos que giraban en su mente, sin tener nada en claro.

Porque había algo en ese denario que la hacía sentir que era algo más que un simple objeto perdido en el tiempo y la historia.

—¿Qué tienes ahí, pá? —le preguntó cuando ya había vuelto a la cala.

—Puede que Cuentacuentos sea capaz de decirnos qué pone en la inscripción —explicó, lanzándole la moneda a Mia que al atraparla abrió los ojos como platos.

—Por mucho que sea capaz de entenderlo, diría que es casi imposible leerlo… El tiempo y el agua han hecho de las suyas y la inscripción está medio borrada —explicó Yara.

Habían vuelto a la playa principal. Extrañamente todo el mundo se había marchado de allí salvo un padre que continuaba haciendo castillos de arena con su pequeño hijo, que no llegaba a los tres años de edad.

Las portuguesas no paraban de tomar fotos que más tarde publicarían en sus redes sociales, y la verdad, es que aquel atardecer era digno de ser compartido.

Agatha se había dejado tomar alguna que otra foto por Mia, pero cuando se hubo cansado de ello, tomó asiento cerca de la orilla, viendo como el sol descendía hacia el horizonte: Lo que había sido un lienzo azul durante todo el día,

se había transformado en un espectáculo de profundos rosados que se extendían como pinceladas en las nubes.

Las olas eran las encargadas de reflejar esos tonos, como si cada cresta estuviera recubierta de oro líquido.

Y otro suspiro donde el aire salado se entremezcló con un toque fresco que anunciaba la llegada de la noche, a la par que veía las gaviotas volar bajo en búsqueda de su cena: Ese padre no se percató,

pero una de las aves logró llevarse el último pedazo del sándwich que su hijo había dejado sobre el papel de plata.

Instintivamente Agatha metió la mano en la mochila y tomó la moneda, acariciándola varias veces como si buscara deshacerse del óxido de años. Después la miró unos segundos tratando de comprender su significado, otra vez.

Apoyó los brazos en sus rodillas, apretándola con fuerza, y de un momento a otro notó algo demasiado extraño: El denario estaba desprendiendo calor en su mano, por lo que la británica extendió su palma derecha, donde tenía la moneda,

y la observó con curiosidad porque la inscripción que segundos atrás era ilegible…

Parecía estar volviéndose más clara, como si las palabras en ella cobrasen vida.

Sintió pesadez en su cabeza, y un ligero mareo le obligó a recostarse en la fría arena mientras oía a lo lejos el sonido de una campanita tintineando…

—Chicas… —atinó a decir. Pero fue en un susurro tan bajito, que sus amigas no se percatarían hasta verla desplomarse de lado sobre la arena.

◊◊◊

Olía a laurel. Ella estaba en pie frente a una figura masculina que cubría su cara con una máscara de metal, por lo que no era capaz de reconocer de quien se trataba, pero intuía conocerlo.

—¿Quién eres…? —susurró. Extendió su mano buscando el contacto con ese hombre de rostro desconocido, pero él le apartó la delicada mano con cuidado, para extenderle un pequeño ramillete de flores secas que al tomarlo con sumo cuidado, se resquebrajaron entre sus dedos—.

¿Por qué me das esto? Déjame verte —ordenó, volviendo a mirarlo, pero sintió que cada palabra que pronunciaba era absorbida por el aire que corría entre ambos.

El hombre de anchos hombros dio un paso hacia atrás e inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluando la reacción de la mujer cuando los dorados rayos del sol del atardecer iluminaron los bordes de la máscara.

Por un instante creó distinguir destellos de grandes ojos detrás del metal, y su corazón se detuvo cuando le tomó la mano y depositó una leve caricia sobre el dorso: El tiempo se había detenido.

El enmascarado soltó la mano de aquella mujer que vestía de púrpura y se alejó, rodeado de oscuridad: Ella intentó seguirlo, pero sus piernas parecían pesadas, como si el empedrado bajo sus pies la estuviera reteniendo.

—¡Espera…! —pero aquello no lo detuvo. Por extraño que pareciera, cuando él llegó al arco, una ráfaga de viento arrancó las flores secas de sus manos, esparciéndolas en el aire, y antes de ser absorbida por una orbe de deslumbrante luz, esa figura masculina volvió a mirar hacia ella una última vez.

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