9. BACI
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Se levantó del frío banco de mármol una vez se deshizo de las sandalias de cuero marrón, que tanto le apretaban los tobillos.
Permanecer quieta en un lugar nunca fue lo suyo: anduvo caminando descalza por los jardines que rodeaban una gran fuente de piedra, donde en el agua de esta flotaban flores que no terminaba de reconocer.
Un arbusto más llamativo que el resto captó toda su atención al ver cómo unas bonitas flores blancas, de bordes que parecieran haber sido tintados de rojo por la propia madre naturaleza.
Y sintió un cosquilleo en el pecho al notar un suave aroma a hojas de laurel secándose, que la hizo retroceder algunos pasos.
La campanita que su esposo había ordenado colocar en la salida al porche para tener controlada cuando ella salía o entraba, resonó…
Él la estaba observando en silencio, mientras que negaba con la cabeza una vez la vio despojada de su calzado.
—Querida, ¿acaso no te gustan? —señaló las sandalias que la mujer había dejado tiradas de cualquier forma junto al banco.
Caminó despacio hacia ella—. ¿Te hacen daño…
? —al verla asentir, la tomó de la barbilla con cuidado y continuó—.
Hay ocasiones en las que por mucho daño que algo nos haga, debemos soportarlo…
—Pero la realidad de eso es que ese hombre no hablaba de sandalias.
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Agatha no solamente estaba agitada, también le inquietaba la conversación que mantuvo con Lorenzo días atrás en el apartamento, y que había logrado sacarla de la tranquilidad en la que se hallaba sumida: ella veía esos sueños como lo que eran…
Solo sueños. Pero que él le hubiera preguntado de aquella forma…
El séptimo día de julio, Federico había pasado una vez más al apartamento de su vecina para desayunar, como cada mañana, y acababa de humedecer sus dedos para continuar ojeando la revista que le compró al kiosquero.
—¿En qué piensas, Pecas?
—Estaba repasando mentalmente la lista de la compra.
—No solo preparas un café horrible, además mientes fatal.
—¡Eh! ¡Mi café es el mejor! ¿Por qué si no vendrías aquí cada mañana…?
—Creo que tus pensamientos andan oyendo una guitarra eléctrica…
Y por si te lo estabas preguntando, no lo digo por esa horrible música que tienes puesta en el salón —Agatha negó sin mirarlo—.
Pero qué tierna eres. Cioè, mi prometido también me hacía regalitos para conquistarme…
Y míranos ahora, preparando nuestra boda.
—Oye, Cuentacuentos… La vida son casualidades.
—Claro, claro… ¿Nunca te han dicho que Roma es mágica?
—La verdad que sí… Un tipo bastante extraño me obligó a que una bruja italiana me leyera las cartas mágicas.
—En primer lugar, el tarot no solo son cartas, y mucho menos magia; no creo que sea necesario volver a mantener esta conversación donde yo te explico algo y tú me ignoras.
En segundo lugar, esa mujer no es una strega, solo se dedica a leer el porvenir, ¿vale…
? Y como veo que no te enteras, te lo voy a explicar bien claro: Siempre se ha dicho que esta ciudad tiene un propósito para quienes tienen el alma perdida y buscan algo.
—¿Insinúas que estoy perdida?
—Dudo mucho que alguien cuerdo hubiera dejado todo atrás para venirse aquí tres meses así porque sí. Dai, debes de ser rica.
—No. Soy una mujer que se ha partido los cuernos trabajando catorce horas diarias mientras se saca una carrera.
Pero Federico ignoró aquello.
—Pecas, atiende a esto… Ahora que Roma ha logrado guiaros el uno al otro ya no hay vuelta atrás.
—¿Ahora eres adivino? —dio un largo sorbo a la taza.
—Créeme que si lo fuera, la vida me hubiera ido mejor.
Volviendo a lo tuyo, hay una teoría mística según la cual dos personas permanecen unidas por un hilo rojo invisible, atado a sus manos y que las conecta sin importar la distancia, a quienes están destinados a encontrarse independientemente del tiempo, lugar o las circunstancias…
Porque según dicen, aunque ese hilo se enrede, se estire o tense…
Con el paso del tiempo jamás termina de romperse y las personas a las que está atado siempre acaban encontrando su conexión predestinada.
—¿Como almas gemelas?
—Más bien como un vínculo imposible de quebrantar —carraspeó—. Pero de una manera u otra, el universo tiene planes para ti… Así que ésta anoche atenta a cada cosa que ocurra, o que ese hombre haga que ocurra…
Y así fue. Habían quedado para cenar todos juntos en un local que Agatha tenía fichado desde que llego a la ciudad.
Benedict insistió en que debían pasarse por el local en el que Lorenzo trabajaba algunas noches amenizando el ambiente con su guitarra, con el pretexto de que si iban con él, seguramente se llevarían algún chupito gratis, pero la realidad es que él solo quería que Agatha viera, de forma indirecta,
cuál era el otro puesto de trabajo de su amigo.
—Que sitio tan…
—Feo caralho, es un sitio feo —admitió revisándolo todo con detalle.
—Oye que no tiene nada de feo… Es auténtico —replicó el italiano desde el pequeño escenario, afinando su Fender.
Lorenzo los había acomodado en una mesa larga de madera que crujía con el peso de las copas que Bibo, el dueño del local; y barman, iba depositando en ella.
De vez en cuando Benedict pasaba el brazo sobre los hombros de Yara hasta que ella se inclinaba hacia la mesa para intentar alcanzar su vaso.
No es que hubiera mucha gente esa noche, pero sí la suficiente como para que Lorenzo quisiera lucirse sobre el escenario, y a decir verdad, había algo en él, en su postura y en la forma en la que sus dedos se deslizaban por las cuerdas, que atrapaban a la pelirroja que no dejaba de mirarle.
Pero la voz de Benedict la trajo de vuelta.
—Toca de maravilla. Yo le insisto en que algún día será famoso, y si sigue así llegará lejos.
—Los italianos tienen fama de persistentes.
—Confirmo que lo somos —dijo ajustando el pedal—. Hasta que no conseguimos nuestro propósito, no paramos.
Después de esa confesión, el sonido de la guitarra se convirtió en algo crudo e intenso, su voz grave hizo que todos se giraran hacia el tablado de madera.
Sei il mio peccato più dolce
La croce che devo portare.
Y en ese instante sus ojos tenían un brillo salvaje lleno de rebeldía a la par que curiosidad, como si constantemente estuviera buscando algo.
Ella lo observaba con los codos apoyados sobre la madera, porque había algo en su expresión que denotaba desconcierto, mientras las palabras parecían cobrar más peso con cada nota que él tocaba.
—Yo diría que está improvisando sobre la marcha —susurró Federico, al notar cómo su vecina miraba a aquel hombre que parecía estar invitándola directamente a un lugar oscuro y misterioso, en el que nada estaba prohibido.
—Para quienes inspiran más de lo que creen… —admitió él desde lo alto. Entonces el bar estalló en aplausos y las luces parpadearon unas cuantas veces antes de encenderse por completo.
Su mirada viajó fugazmente a la mesa en la que su nuevo grupo estaba, y pese a no haber dicho su nombre, todo el mundo sabía a quién iban dirigidas aquellas palabras.
Poco después, Federico los había llevado al pub irlandés que tanto les había prometido y donde no debían pagar entrada.
El italiano pidió ayuda a Benedict para encargarse de ir a buscar las bebidas a la barra; Yara obligó a trompicones a su hermana a salir a bailar a la pista; Agatha y Lorenzo se mantuvieron cerca del DJ porque querían poder sentarse en una mesa que había no muy lejos de este,
pero estaba ocupada por un grupo de estudiantes españoles que coreaban a una morena que andaba subida sobre la mesa, bailando como si no hubiera un mañana…
Y es que en verdad para ella ya no lo habría porque la mañana siguiente cogería su vuelo de vuelta.
—No te lo he dicho, pero me ha encantado verte antes tocando encima del escenario. Ben está convencido de que algún día llegarás lejos.
—No lo pretendo —admitió—. Digamos que la música le sirve como distracción a mi cabeza, no sé si me explico.
—Me ocurre lo mismo con la lectura, es como si a través de ella consiguiera… Evadir un poquito la realidad a la que pertenezco.
—¿Por eso decidiste estudiar literatura?
—Eh… Pues no exactamente… Más bien fue porque cuando era adolescente tuve que interpretar a Jane Austen en una obra para final de curso y bueno, una cosa llevó a la otra.
—¿Te metiste tanto en el papel que tú también decidiste ser escritora?
—bromeó. Pero ella no alcanzó a escucharlo por culpa del ruido de la música y de la distorsión del altavoz que prácticamente tenían sobre sus cabezas, así que Lorenzo se acercó a ella—.
Mi plan para hoy era salir del trabajo e irme a casa a leer y dormir, pero agradezco enormemente que hayáis venido a hacerme una visita.
Y si alguien le preguntase a la pelirroja por qué lo hizo, no sabría qué responder, pero probablemente fue por la cercanía del momento o haber sentido el aroma a perfume masculino que tanto le gustaba, pero algo se activó dentro de ella animándola a depositar un leve beso en la mejilla de Lorenzo.
En medio del caos de ese pub, donde por fin habían conseguido bajar del tablado a la morena, el corazón de Agatha se aceleró a la par que las luces doradas y rojizas parpadeaban sobre ellos.
Lorenzo se enderezó ligeramente al recibir aquel inesperado gesto que había dejado un ligero calorcito en su mejilla, y sí, no fue otra cosa que un roce, pero el italiano lo sintió como si el paso del tiempo se hubiera detenido.
Tampoco le dio más importancia de la que tenía ya que Agatha se había pasado bebiendo, pero aquello fue suficiente para encender algo que ya estaba latente.
—¿Puedo? —cuestionó, señalando la copa que Benedict acababa de dejar sobre la mesa para irse corriendo a bailar con Yara.
Lorenzo asintió dándole permiso a probar la mezcla que había pedido de ron y otra bebida azucarada que pareció agradar bastante a la londinense.
Cuando él extendió su mano para volver a coger su bebida, su mano rozó la de Agatha y sorprendió a ambos con un chispazo, como si una pequeña descarga eléctrica los hubiera obligado a retroceder instintivamente.
—¿Qué ha sido eso…? —se llevó la mano al pecho, con una sonrisa nerviosa.
—Diría que tenemos demasiada energía acumulada —bromeó—. O quizá sea al universo intentando decirnos algo.
—¡Claro…! Seguro que es el universo conspirando contra nosotros… No empieces como Fede, por favor. —rió al ver que él le tendía la mano de nuevo
—¿Probamos otra vez…? Prometo no electrocutarte.
Y aunque dudó un momento antes de tomarla, lo hizo, y esa chispa ya no estaba: solo el calor de sus pieles y una fuerte y extraña conexión.
Lorenzo se detuvo un segundo, como si algo le hubiera desconcertado, pero rápidamente recuperó su actitud desenfadada, mirándola directamente a los ojos al retirar su mano con calma.
Se apoyó contra la mesa inclinando ligeramente la cabeza y observándola con una expresión que a Agatha le fue difícil de descifrar, porque era como si a través de sus ojos pudiera leer algo en ella que nadie había sido capaz de ver anteriormente.
—Así que resulta que Agatha Lawson está disfrutando de la noche más de lo que creía…
—Tal vez, tal vez… Pero no tengo claro si es por la compañía o por el caos que hay alrededor —agregó con una risilla que buscaba aligerar la tensión del momento, y él se incorporó un poco hacia ella al verla reírse.
—Pues espero que sea por la compañía.
Ella no supo qué responderle, solo se limitó a devolverle una sonrisa de esas que no dicen mucho, pero a la vez lo dicen todo. Y es que el alcohol había hecho que las mejillas de ella tomasen algo más de rubor del que el sol le había dado aquella misma mañana.
Un ligero mareo provocado por el ron, y la ginebra y los dos chupitos de quien sabe qué, la llevaron a colocar su mano sobre la rodilla del italiano, que ante el tacto se tensó.
Agatha lo miró directamente sin parpadear, todo a su alrededor estaba difuso, todo menos él, que la tomó de la nuca con delicadeza, y entonces ella fue la que se tensó: algo que Lorenzo notó porque sonrió de lado.
Acercó su cara a la de la mujer y mirándola a los ojos, un susurro poco entendible escapó de sus labios.
—Apronia… —susurró.
Ella, desconcertada, parpadeó un par de veces, a lo que él unió sus frentes. Agatha cerró los ojos esperando el momento con una pequeña sonrisa en sus labios, pero Lorenzo depositó un tierno beso en su frente antes de hablar una última vez.
—No bebas más… —se separó dejándola con el calor de ese gesto aún en su piel, y aunque el hombre no lo admitiría, eso lo había desarmado más de lo que jamás confesaría.
Agatha abrió los ojos lentamente todavía con la sonrisa juguetona sobre sus labios, y pese a que su mente intentaba luchar por procesar lo que acababa de ocurrir, vio como él se alejaba hacía Federico, que parecía tener problemas con uno de los camareros de la barra.
Se llevó una mano a la frente intentando retener inconscientemente ese pequeño beso inesperado, pero que de un modo u otro, estaba destinado a suceder… ¿Y habría sido una venganza por el beso en la mejilla al llegar al local?