UBI TU, IBI EGO 8. SCOPA
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8. SCOPA

Desde esa visita a la capital de la Toscana fue que Lorenzo y su buen amigo Benedict; apenas se separaban del resto.

Habían congeniado la mar de bien; Agatha les presentó a Federico…

que resultó que él y el guitarrista se conocían anteriormente, pero solo de vista.

El más mayor iba cada varias semanas en búsqueda de vinilos de música pop, cosa que cada vez que hacía, Antonio Marchiesi lo miraba por encima de sus gafas, con desaprobación, porque sí…

El italiano solamente toleraba ciertos estilos musicales, criticando así lo último que salía al mercado.

Por suerte su sobrino, aunque sí es cierto tenía predilección por el rock y el heavy metal, no era así…

No miraba a qué bandas oír porque él se dejaba guiar por lo que la música le susurraba, y le era absolutamente indiferente de qué estilo musical se tratase; si la canción que estaba escuchando en ese momento removía algo dentro de él, la añadía a su lista de reproducción.

—Entonces, ¿te gusta la aventura? —Benedict alzó un libro que acababa de tomar de la estantería del salón, y apoyado en el marco de la puerta, sonrió.

Aquello logró sacar a Agatha de sus pensamientos, que, sentada sobre el sofá de color azulado y con acabados aterciopelados, estaba perdida en un punto fijo ignorando el arduo duelo de cartas que se batía ante ella: Mia, que todavía no había entendido de qué iba el juego,

se fijaba en cada uno de los movimientos que Federico hacía al intentar llevarse todas las cartas que hubiera sobre la mesa.

En cambio Yara se mantenía reacia a jugar porque, nada más haber empezado la partida, había echo trampas, la habían pillado y como consecuencia su hermana la había regañado, así que…

La más joven se había mosqueado y había dejado bien claro que no pensaba jugar con ellos a ningún otro juego de mesa.

—Bueno, se podría decir que no me van demasiado las comedias románticas —admitió Agatha.

—Di que no. Donde esté una buena película de acción que se quite todo lo demás —dijo Lorenzo sin apartar la mirada de la triquiñuela que Federico intentaba hacer.

—¿De acción…? ¡Caralho, pero si lo mejor es ir al cine a llorar viendo una tragicomedia!

—La tragicomedia la vivo yo contigo, Yarita.

—¿Queréis que traiga algo más para beber? —inquirió la pelirroja, viendo que en la mayoría de los vasos no quedaban más que hielos derretidos y restos de un zumo naranja que Federico había preparado a base de naranja, zanahoria y jengibre, —y sí, sabía horrible—.

—Pues ahora que lo dices, todavía no he tenido la oportunidad de probar un té típico hecho por una británica. Me apetece uno… pasional.

Agatha se sonrojó y soltó una carcajada de nerviosismo antes de responder.

—Créeme, hoy no será el día en que Lorenzo Marchiesi pruebe mi té pasional.

—Ha dicho que no sería hoy. Yo no me rendiría fácilmente, Cuerda Rota —murmuró la portuguesa.

Lorenzo mostró sus dientes con una falsa sonrisa, pero Yara tenía razón, porque no se rendiría tan fácilmente.

—¡Eres un tramposo! —Mia le devolvió una carta a Federico, que no paraba de reírse avergonzado: lo había pillado pero bien después de varias partidas en las que no había dejado de hacer tejemanejes.

Llevaban un par de horas tratando de enseñar a las chicas a jugar a Scopa, que consistía en un juego italiano donde debían asegurarse de hacerse con el mayor número de cartas posibles, oros, sietes o scopas para ganar. Pero no había forma de que la mayor de las hermanas se anotase un tanto.

Y ninguno de ellos lo sabría hasta más adelante, pero el apartamento alquilado por Agatha se convertiría en un pequeño refugio para todos ellos, porque cada cosa que ocurriese, irían allí a buscar una solución, o simplemente a buscar esa compañía que tanto necesitarían en determinados momentos:

y sí, a la británica le encantaba poder tener al fin un grupo con el que entenderse.

—¿Tramposo yo…? Cioè, mira debajo de la falda de Pecas. Estoy seguro de que no son pocas las cartas que ha escondido ahí.

—Tal vez… —rió ella—. Demonios, no sabía que los italianos eráis tan intensos hasta con un simple juego de cartas.

—No es que sea un simple juego de cartas, como tú lo llamas, es que para muchos de nosotros es toda nuestra infancia —explicó Lorenzo mientras recordaba las tardes de verano sentado en aquella silla de plástico blanca, en el patio trasero de su vecino.

—Puede, pero ahora lo que más me importa es que Federico no se enfade y nos de alguna recomendación para nuestra escapada a Ostia.

—Tengo una colchoneta en el trastero de mi tío Antonio, si quieres puedes pasarte y…

—Honestamente, creo que no va a caer en tu juego, Solista —el británico le golpeó ligeramente con el codo.

Agatha apretó los labios intentando parecer desinteresada en el tema, pero su mirada se cruzó con la de Lorenzo, y ambos sintieron como el mundo a su alrededor se desvanecía, mientras que oían en un susurro la voz de Yara de fondo.

Los expresivos ojos de Lawson brillaron con curiosidad, y es que realmente estaba evaluando cuidadosamente al italiano que había tomado asiento frente a ella, buscando descifrarlo.

Pero sin embargo, los ojos de Lorenzo sobre ella eran constantes y estaban cargados de una intensidad hipnótica: ni apartaba la mirada ni titubeaba, pero tampoco desafiaba.

Él sentía que ante sus ojos se encontraba el paisaje más fascinante que hubiera visto jamás, y estaba dispuesto a quedarse allí todo el tiempo que fuera necesario…

Entonces Agatha rompió el contacto visual, parpadeando y desviando la mirada hacia un lateral en la mesa, como quien pierde un duelo silencioso.

Pero incluso en aquel gesto de ella había algo controlado donde cedía a propósito.

Había sido una retirada estratégica al sentir un ligero mareo…

Pensó que seguramente sería por mantenerse tanto tiempo jugando a aquel silencioso juego de miradas, por lo que sin dar explicaciones se marchó a la cocina con dos vasos de cristal en ambas manos.

El resto pensó que iría a rellenarles la bebida tan…

peculiar, que Federico les había preparado con la mejor intención del mundo, pero que tan horrible sabía.

No tardó ni cinco minutos en ir detrás de ella porque Lorenzo había notado que algo andaba mal.

—Oye Rizos, ¿te encuentras bien? —la miró detenidamente, mientras ella enjuagaba los trastes sucios que su vecino había empleado para preparar aquello— Estás más pálida de lo normal —insistió, pero no obtuvo respuesta, así que de un salto tomó asiento sobre la encimera a sus espaldas.

Se fijó en la insípida decoración de la cocina donde todo era blanco y gris, pero aún con todo, la alquilada se había encargado de darle su toque, colocando unas cortinas rojas en la ventana, un par de imanes que probablemente habría comprado en los puestos de «todo a un euro»,

y varias botellas de vino blanco sin empezar aún, junto a él: aquello lo hizo sonreír.

—¿Puedo preguntarte algo, Rizos? Es posible que sea descortés por mi parte, pero como tú misma has mencionado antes, un italiano no se caracteriza por su falta de intensidad.

—Tal vez… Depende de lo que sea, responderé. Piensa bien tus palabras —bromeó mientras se secaba las manos en un trapo a juego con las cortinas.

—Cuando volvíamos en el tren, el día de Florencia digo, tus amigas mencionaron lo que te había ocurrido en el Coliseo al poco de conoceros. Eso de que te habías desmayado y no sé qué… —dijo sin demasiado interés—. ¿Suele ocurrirte a menudo? Los sueños extraños, me refiero.

Parecía no estar demasiado pendiente de la respuesta que ella pudiera darle, pero el gesto de juguetear con uno de sus anillos demostró lo contrario.

—¿A dónde quieres ir a parar? —cuestionó apoyándose en la encimera y mirándole fijamente.

—Bueno, eso de no poder descansar bien por las noches.

—Diría que es desde que llegué a ésta ciudad.

Los ojos del italiano destellaron momentáneamente, como si al haber dicho Agatha aquello, hubiera abierto una puerta que él no tenía demasiado claro querer cruzar.

Lorenzo apartó la mirada un instante hacia la ventana, y tras suspirar, como si así tomase la valentía necesaria para enfrentarse a lo que ansiaba decirle, se deslizó de la encimera para tomarla de la mano y llamar la atención de Agatha,

que miraba desprevenida hacia una mancha de humedad en el techo de la cocina.

Sus miradas volvieron a chocarse y fue como si algo la hubiera empujado a hablar.

—Siento que pertenezco a otra parte —admitió ella—. En esos sueños es como si viviera en otra época, como si no fuera yo del todo… Tal vez esté sugestionada por ver piedras antiguas y monumentos impresionantes a diario —bromeó.

—¿Y qué ocurre en esos sueños, Rizos?

—Te agradezco de corazón el interés, pero he de decir que no me siento cómoda hablando de esto contigo —explicó—.

Al menos no todavía… Primero debes invitarme a ese restaurante de Trastevere que has mencionado antes —bromeó.

Pero la realidad es que estaba intentando apartar la atención del italiano de la conversación.

La bombilla de la cocina parpadeó varias veces hasta haberse apagado, dejándoles únicamente con la luz que entraba a través de las cortinas.

—¡Amiguinha, se ha ido la luz…!

Al oír la poco dulce voz de Yara, ambos rieron desprevenidos porque la portuguesa los había sacado del trance en el que sin darse cuenta, estaban sumidos.

Lawson acarició el dorso de la mano del italiano antes de apartarse de este y volver al salón habiendo cogido antes dos botellas de refresco de la nevera para evitar tener que volver a beberse la mezcla de Federico.

Los ojos de color chocolate de Lorenzo se clavaron en los andares de la pelirroja.

Ella caminaba con determinación y un casual desdén, como si el mundo fuera su escenario y ella estuviera al mando de todo, o al menos así lo percibía él.

Lorenzo tardaría poco en acostumbrarse al ligero balanceo de caderas —que no era ni coqueto ni forzado— y robaría sus miradas cada vez que aquella mujer de postura recta y confiada pasaba por delante suya.

Con cada paso que la británica daba, él se recordaba a sí mismo que nada era completamente predecible por mucho que él creyera que sí lo era.

Sin embargo ese enigma que continuaba sin poder acabar de descifrar, lo mantenía ahí: observándola en silencio cada vez que pasaba a su lado.