UBI TU, IBI EGO 7. FIRENZE #2
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7. FIRENZE #2

Con suerte y con el tiempo aquello cambiaría y le sería exactamente igual si al verla reír, la gente creía que estaba loca o que era exagerada.

Al italiano le llamó la atención eso, e intentando distraerla habló, mientras se giraba a hacerle alguna foto a la escultura.

—¿Has escuchado la cinta…?

—No tengo reproductor para algo tan… vintage, pero me habría encantado.

—Pues es una pena, porque además de que ya he convencido a mi tío de que guarde esa caja por si te animas a hacerme otra visita a la tienda… Te has perdido la oportunidad de conocer a uno de los mejores grupos de la historia de la música.

—¿Perdona…? —se apoyó la mano en la cadera y fingió ofensa—. Nunca juzgues un libro por su portada, Enzo. Aquí una servidora ha ido a más conciertos de heavy metal; que dedos tengo en las manos.

—Cazzo, jamás lo hubiera dicho.

—¿Ah, no? ¿Y por qué?

—Mírate… —la señaló de arriba a abajo con una sonrisa ladeada que la desarmó por completo—. Pareces más bien una hippie que una chica con buen gusto.

Y justo cuando ella iba a responderle con algo poco cortés, las portuguesas consiguieron sortear a la gente y acercarse a ellos.

—Caralho, pero si la señorita estaba pidiéndole un autógrafo a la estrella del rock…

—La estrella del rock tiene nombre —sonrió—. Me llamo Lorenzo, y por esas confianzas diría que sois amigas de Rizos, ¿me equivoco?

—Las mismas pá. Mia Pereira —extendió su mano buscando estrechar la del italiano, pero este no se percató porque estaba más pendiente de ver hacia donde había desviado Agatha la atención.

—Y yo soy Yara, la hermana simpática. A todo esto, Agatha nos comentó que le habías dicho algo así como que Roma te había atrapado… ¿De dónde eres? —lo miró tan fijamente con aquellos ojos color entre verdes y miel que el músico pensó que en cualquier momento lo atravesaría.

Por otro lado si la británica hubiera podido marcharse en aquel instante, lo hubiera hecho sin pensarlo dos veces.

Su amiga, a la que en ocasiones apodaba como «bocazas», no se cortaba ni un pelo a la hora de decir las cosas, y bueno, siempre decía lo primero que se le pasaba por la cabeza… avergonzándolas a ella y a su hermana.

Pero Lorenzo lejos de tomarse la pregunta a malas, le sonrió de forma tranquilizadora a la pelirroja: ¿les había hablado de él a sus amigas? Vaya, todo un avance.

—De Sorrento… —al ver la confusión en la cara de la más joven continuó—. ¿Te suena la región de Campania..? ¿Tampoco…? Vale, pues para que lo entiendas… Está cerca de Nápoles y de la costa Amalfitana —explicó, con un muy marcado acento.

—¿La costa? ¿Te refieres a la playa? ¡Anda ya! ¿Y por qué cambiarías el mar por Roma? —él se encogió de hombros ante la pregunta de la morena, que por otro lado no dejaba de mirarlo con curiosidad.

—Aunque quisiera dar respuesta a tu pregunta, no podría hacerlo —admitió viendo como su amigo se acercaba a ellos, por lo que le hizo un hueco en el pequeño círculo, dejándole colocarse junto a él.

—Este es Beny, Ben, Benedict… Llamadlo como queráis.

—Ben —corrigió— Honestamente, solo mi madre me llama Benedict —su acento era limpio y contenido, así como su aroma a café y ropa perfumada, hablaba con una dicción casi académica, algo que llamó la atención de Agatha.

—¿Oxford…? —ladeó la cabeza, pero él negó a la par que ajustaba su polo.

No llegaba a los treinta años. Su pelo era tan corto y rizado como el de la figura detrás de ellos, de color rubio platino. Sus ojos parecían converger con el color del mar, por no hablar de sus pestañas, tan claras y largas que parecían una extensión del mismísimo sol.

—Cambridge. Por lo que veo el mundo es pequeño, ¿no crees? ¿De Londres? —asintió orgullosa—. Oíd, Lorenzo conoce un par de sitios por aquí para llenar el estómago antes de continuar visitando la ciudad.

—¿Es una invitación? —Yara se cruzó de brazos y lo miró detenidamente.

—Bueno, puede serlo si deseas que lo sea —aseguró, imitando su gesto.

Mia estaba atenta a la conversación, pero no a la de su hermana con el británico, no, sino a la de un matrimonio español que se echaba a suertes quién de los dos cambiaría el pañal del bebé que se removía inquieto en el cochecito.

Por otro lado, los ojos de Agatha contemplaron al italiano que no dejaba de mirar como la pulsera que ella llevaba en su muñeca izquierda, reflejaba un brillo especial.

Y claro que trataba de prestar atención a lo que Yara y Benedict hablaban; parecían haber congeniado, pero le resultaba mucho más interesante el perfil del músico…

Su nariz era recta y prominente, de mentón angulado, y de su oreja derecha colgaba un pendiente plateado…

La combinación perfecta para atraer la atención de la británica que ni deliberadamente ni de forma consciente, podía dejar de alternar la mirada entre él y el resto…

Porque su sonrisa tenía algo magnético y aparentaba estar tan presente en el instante, que la mujer se sintió vulnerable ante la calma que Lorenzo desprendía.

Pero la atrapó mirándolo y ella se avergonzó; se sonrojó; apartó la mirada e intentó desviar la atención como quien no quiere la cosa… Pero la curva de la sonrisa de Marchiesi se transformó en algo mucho más íntimo y personal, porque se habían dicho algo que no necesitaba de palabras.

Después de aquello el grupo hizo piña y no se separaron en todo el viaje: fueron a comer a un sitio donde hacían unas focaccias espectaculares, tal y como Lorenzo había prometido, y para bajar la comilona,

subieron los interminables escalones del Campanile di Giotto porque Mia y Benedict se habían empeñado en hacerlo, mientras que Yara casi iba con la lengua fuera.

—Caralho, si lo que queréis es matarme, vais por buen camino.

Pero la verdad es que aunque lo disimulaba, Agatha tampoco lo estaba llevando demasiado bien eso de oír sus propios pasos sonando más pesados de lo normal conforme la escalera de piedra se iba estrechando al subir a un nuevo piso.

Mia la había obligado a llevar la delantera porque sabía que si la pelirroja se quedaba atrás, su hermana la convencería de hacerse las remolonas y no subir hasta lo alto.

—Demonios… Recuérdame que no vuelva a hacerle caso a tu amigo —pidió mientras se hacía una coleta.

—Vamos, no es para tanto… —rió—. ¿Eso quiere decir que volveremos a vernos, Rizos? —pero ella no respondió. Se limitó a ocultar una risilla traicionera mientras que Lorenzo no se libraba de mirarla de reojo cada vez que ella hacía una pausa para recuperar el aliento.

Cuando alcanzaron la terraza y cada uno se dispersó por un sitio diferente, Agatha añadió a su lista de «cosas por hacer» el apuntarse al gimnasio… después de aprender italiano… que iba después de tomarse en serio aprender a jugar al ajedrez y a otras tantas cosas que jamás haría.

Desde allí tenían una espectacular panorámica de la ciudad, a lo que Mia volvió a mencionar aquel videojuego mientras señalaba cada punto estratégico que había esparcido por el mapa…

Y la verdad es que aquello era precioso: techos rojizos, el río en la distancia y la gente a la que desde lo alto veían como pequeñas hormigas.

El italiano rozó el brazo de la pelirroja de forma mal disimulada en un intento por llamar su atención, a lo que ella jugó al mismo juego e hizo como si no hubiera notado aquello.

Pero los ojos de Marchiesi no estaban en la panorámica, si no en ella y en la forma en que el viento jugueteaba con los mechones sueltos y encrespados que se habían desprendido de su peinado, y en cómo sus ojos de un marrón totalmente común, resultaban especiales con el reflejo del sol.

Eso lo hizo sentir no solo inquieto, también extraño.

En un intento de autodefensa ante lo que se estaba agolpando en su estómago, se cruzó de brazos y apartó la mirada a otra parte.

—Es… preciosa —admitió de repente. Y aunque sus palabras parecían referirse a la estampa, algo en su tono traicionó el verdadero sentido del delicado comentario, y ella que no perdía ni una lo miró de reojo.

—¿Te refieres a la ciudad, o a la vista desde aquí? ¿Eh?

Benedict, que había estado pendiente de todo, se aproximó a ellos dejando escapar una breve risa.

—Supongo que ambas. Aunque… Hay cosas que destacan más cuando no las esperas —admitió Lorenzo.

Y Agatha no respondió, pero su sonrisa creció un poquito más cuando el italiano a su lado, claramente incómodo ante el aura que se había creado, se giró fingiendo interés en las cúpulas que Yara admiraba.

Y sin embargo su atención estaba dividida entre el paisaje, y la vista más preciosa que jamás había tenido.