UBI TU, IBI EGO 7. FIRENZE
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7. FIRENZE

El dos de julio pensaron que sería una buena idea ir a recorrer la bonita ciudad de Florencia dadas las insistentes súplicas de la pobre Mia, que ansiaba con todas sus ganas pasear en persona por las calles que tantas veces había recorrido al jugar a la que se había convertido, en su adolescencia,

en su saga de videojuegos preferida.

Yara había parado en una pastelería de la estación para coger el desayuno que su hermana no le había dejado tomar en el hotel porque llegarían tarde, como siempre, y por supuesto que la morena no estaba dispuesta a perderse esa oportunidad…

Y justamente por un café y un cruasán relleno de mermelada de albaricoque, casi fue que se quedan en tierra: a un grupo de turistas les pasó que se les cerraron las puertas en las narices.

—Amiguinha, ¿qué te ocurre? Estás más callada de lo normal, y ya es decir, porque tú eres bien seca.

—Gracias, ¿eh? Y no me pasa nada —le dio un sorbo al café de su compañera de viaje y puso cara de asco porque estaba demasiado azucarado—. He dormido mal.

—Nada como empezar el día con los cumplidos de Yarita, ¿verdad…? Es un amor —dijo de forma irónica—. De todos modos puedes dormir ahora en el tren, yo me encargaré de avisarte cuando estemos a punto de llegar. Total, siempre me toca hacerlo con ella —señaló a su hermana.

Agatha no estaba muy convencida, pero entre la música de sus auriculares y el tren meciéndola, terminó mirando a un punto fijo del paisaje, y con ello cayó rendida al sueño.

◊◊◊

Sintió el peso de la túnica que rozaba su piel llena de sangre húmeda, tierra y orín. Si por ella hubiera sido, se habría desprendido de aquella prenda, pero lo que menos deseaba era ser objeto de miradas lascivas.

Tenía una incesante presión que se había acomodado sobre su pecho y que le impedía respirar con normalidad, diciéndole que huyera de allí de inmediato. Pero no era capaz, primero debía dar con el resto antes de escapar, o si no, jamás se perdonaría haberlos dejado a su suerte.

Con cada zancada, la luz de las antorchas del largo y oscuro pasillo parecía debilitarse. Pero pronto se detuvo al oír un sonido pesado, era algo metálico que pronto distinguió como el retumbar de unas sandalias metálicas claveteadas y unas armaduras en movimiento.

Escuchó que no andaban demasiado lejos, así que al doblar aquella esquina se detuvo frente a una pequeña cavidad en la pared, donde se quedó todo lo quieta que pudo, escondiéndose e intentando pasar desapercibida.

Estaba aterrorizada: tenía la espalda pegada a la fría piedra y les rezaba interiormente a los dioses para no ser vista, porque de serlo, las consecuencias podrían ser mucho peores.

El sonido se acercó, y los andares de los soldados resonaban cada vez más y más próximos, y de verdad que la mujer sentía como el miedo la rozaba de una cruel y cruda manera, porque jamás había experimentado algo así.

Pero para su suerte, pasaron de largo. Había conseguido escabullirse de ellos, eso sí, el traqueteo de los pasos persistía sonando en sus oídos.

Dejó escapar un suspiro, aliviada, y al darse la vuelta unas grandes manos taparon su boca y le impidieron moverse, porque la estaba sosteniendo del estómago.

◊◊◊

Al fin habían llegado a la ciudad y como primera toma de contacto, un tipo con no muy buen aspecto, las había parado con el pretexto de que eran bellisimas, pero con la excusa trató de venderles droga: anécdota con la que horas después continuarían riéndose.

Aunque hubieran deseado poder ir más ligeras con el tiempo, se tenían que parar cada dos calles para que Agatha ajustase la tira de su mochila, que no paraba de soltarse: Cuando volvieron a Roma, esa mochila fue directamente al armario y no volvería a emplearla hasta su regreso a Londres.

Yara insistió en parar a ver el escaparate de una tienda escondida en una calle cercana a la avenida principal, y lo que realmente la atrajo a ello fueron los tonos pastel de la fachada: rosa salmón, amarillo y azul cielo.

También tomaron helado en una coqueta heladería situada en un pasaje, que al fondo tenía una tienda de cerámica muy colorida.

Y cuando Mia ya se había resignado a que su hermana las obligase a ir de tienda en tienda —como siempre— apareció ante ellas la Cattedrale di Santa Maria del Fiore: era imponente, y cuando vio la cúpula que la coronaba, se le escapó una lagrimilla de la emoción,

porque parecía que tocaría el cielo en cualquier momento.

Pero lo mejor de todo fue el momento en el que las campanas de esta empezaron a sonar, marcando el mediodía.

Por primera vez desde que habían llegado, enmudecieron, absorbidas por el momento.

La mayor de las portuguesas las guiaba mientras decía constantemente: «Yo estuve aquí», refiriéndose a su personaje del juego…

Y aquello conmovió a su hermana, que había sido testigo de cada jugada y cada escalada en aquella consola.

Al entrar, una pintura del Juicio Final puso los vellos de punta a la pelirroja, no tanto por el dibujo en sí, mas bien por los colores que, aunque estaban apagados por el paso del tiempo, todavía conservaban una vibrante intensidad.

Y al salir, los cantos gregorianos empezaron…

Fue todo un espectáculo que aunque no pudieron ver, oyeron, y con eso fue más que suficiente.

Después de haber tomado un café con caramelo y hielo picado, estuvieron haciendo fila durante más de una hora, donde el sol quemó los hombros de Agatha y puso su cara roja, como si se hubiera excedido con el colorete.

Yara insistió en que sería buena idea fingir que alguna de las tres estaba embarazada porque, según ella, así las dejarían pasar y se evitarían la espera… Pero claramente las otras dos que parecían ser más sensatas que la rubia, se negaron.

—Pá, esto es enorme…

Al entrar en la Galería de la Academia se toparon de lleno con una sala repleta de cuadros, donde cada una tomó un camino: Yara se quedó contemplando unos retratos a los que todos los turistas hacían fotos y ella no comprendía el porqué.

Su hermana optó por seguir a Agatha, que se había perdido entre las figuras y bustos en una sala al fondo, pero al ver la cantidad de gente que había en su interior, Mia prefirió verlos desde la distancia.

Lawson se fijó en una pareja de ancianos que, molidos por la caminata que se habían dado hasta allí, habían tomado asiento frente a uno de los cuadros más bonitos de toda la sala —bajo la percepción de Agatha—, mientras se sonreían tomados de la mano…

Y aquello le pareció de lo más tierno que había visto en mucho tiempo.

Algunos… largos… minutos más tarde se había topado de frente con la gigante escultura a la que Miguel Ángel había dado forma antaño: El David era tan imponente, bello y perfecto, que incluso le faltó el aire cuando estuvo cercana a la estatua.

Se quedó impactada, y debido a ello, ese momento quedó grabado en su retina, de por vida.

Paseaba con lentitud por el lugar; ya hacía un rato que había perdido a las portuguesas entre la gente, y en ese momento no le dio la más mínima importancia: mal no estarían entre tanto arte.

Y pese al barullo de la gran cantidad de turistas, todavía podía escuchar sus propios pasos resonando con suavidad sobre el encerado suelo.

La majestuosidad de aquella figura era realzada por el sol que se filtraba a través del tragaluz, ubicado estratégicamente sobre ella: por un instante el mundo a su alrededor se desvaneció ante el David de cinco metros de altura, que irradiaba una presencia trascendental en el tiempo.

La perfección de su anatomía era irreal: cada músculo y cada tendón habían sido esculpidos con un detalle tan minucioso, que Agatha podía imaginarlo respirando.

Rodeó la escultura con la sensación de que en cualquier momento iba a moverse de verdad, y es que hay algo profundamente humano en esa obra: No solo es una representación que idealiza el cuerpo masculino, no.

Es una encarnación de fuerza y vulnerabilidad…

Un símbolo de que incluso el más pequeño puede enfrentarse al gigante…

Y qué bien le hubiera venido a ella pensar aquello en su época del instituto, cuando sufrió tanto por las burlas de sus supuestos amigos…

Habiendo vuelto a su posición inicial vio que sus amigas pululaban no muy lejos de ella, pero Mia se paraba cada dos por tres a hacer fotos de todas las obras con el pretexto de que así practicaba para cogerle el tino a la cámara.

Como si un mes de vacaciones en Italia no hubiera sido suficiente aún.

Notó un embriagador olor a perfume masculino y cuero desgastado…

Olía tan bien… Eso le hizo cerrar los ojos, permitiéndose deleitarse unos instantes, pero fue el cosquilleo en su nuca que le hizo volver a abrirlos despacio y girar en esa dirección, donde una presencia ya conocida para ella estaba parada a escasos metros de la británica.

Estaba absorto en la figura del David.

—Qué demonios… Tiene que ser una broma. ¿Lorenzo?

El tipo, sorprendido, se giró hacia ella: ¿Quién lo estaba llamando con tanto ímpetu...? Pero, como no podía ser de otra forma, sus ojos chocolate lo delataron al verla, y entonces ella le sonrió, y el italiano dio el paso.

—Vaya, Rizos, ya creía que te habías hartado de Roma y habías vuelto a Mordor.

—Muy graciosillo —sonrió de forma falsa, sin llegar a mostrar los dientes.

Lo miró de arriba a abajo disimuladamente y algo que llamó su atención fue el pañuelo de color negro que llevaba en la cabeza: Solía ponérselo cuando tenía demasiado calor o si se aburría de llevar la melena en una coleta.

— Jammo… —rió—. ¿Has venido sola?

—Recuerda que no voy sin mis dos amigas a ninguna parte. Básicamente porque… no me dejan hacerlo —se encogió de hombros, sonriendo. Y a Lorenzo se le removió algo dentro del pecho—. ¿Qué hay de ti, eh?

—Yo he venido con un amigo que debe de andar haciéndole fotos al trasero de la escultura.

Agatha soltó una fuerte risotada porque no se esperaba aquella respuesta tan natural.

Se tapó la boca tímidamente: desde bien pequeña le enseñaron que si quería verse delicada, tenía que evitar las fuertes carcajadas.