6 VINILE DIL PASSATO
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Estaba sentada sobre una roca, sintiendo como la corriente de agua fresca le mojaba los pies, la cálida brisa veraniega acariciaba su largo cabello y su blanca túnica se movía ligeramente haciéndole cosquillas en la espalda, mientras que el constante murmullo del río fluía,
envolviéndola con el suave crujido de las hojas cuando eran rozadas por el viento.
La luz del sol se filtraba entre las ramas de los árboles cercanos que proyectaban sombras que se movían sobre el agua y sobre ella misma, hipnotizándole.
El agua le daba alivio en las heridas de los pies, que los frotaba sobre las pequeñas piedras redondeadas a causa del desgaste del agua por el paso del tiempo; incluso algún pececillo le rozó la piel.
Percibía el aroma de la tierra húmeda, adoraba ese olor, por lo que respiró hondo llenándose los pulmones de aire puro.
Cerró los ojos, el río continuaba con su curso y ella estaba completamente relajada hasta que un sonido lejano consiguió perturbar su paz: Comenzó como un eco casi inaudible,
el viento agitó una campanita y poco a poco el retumbar constante de algunos tambores marcaba el ritmo de la marcha que resonaba a través de los campos y de la propia colina, como si fuera una sístole aproximándose.
Logró vislumbrar unas figuras que se acercaban cargadas con armaduras y escudos, y un estandarte que se alzaba sobre un largo mástil de madera de roble, ondeando al viento.
En la parte superior un águila de color dorado y alas extendidas lo coronaba, y en el centro de la bandera un laurel rodeaba una imagen que no distinguió del todo, pero cuando ya tuvo al lado alcanzó a leer «Virtus et Honor».
El sonido de los tambores cesó, los caballos de quienes parecían ser los oficiales frenaron en seco, y un sentimiento de terror recorrió el cuerpo de la chica al ver a uno de los guardias imperiales sacando un pergamino y empezando a leer:
—Sucesora de Cornelio...
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El veintisiete de junio, Yara las había…
engañado, para ir de compras: insistió mucho, en realidad, con que necesitaba ropa, según ella, acorde a la ciudad.
La joven le iba dando la turra a la pobre Agatha que casi no le prestaba atención a lo que le contaba por estar dándole vueltas al sueño de aquella noche.
Había sido intenso y poco había conseguido dormir.
Luego de visitar como... seis tiendas diferentes de ropa, en las que vendían exactamente las mismas prendas que en las anteriores, se toparon de frente con un enorme edificio cubierto por andamios de obra.
Su aspecto era bastante anticuado, pero Agatha no le dio importancia por estar más pendiente de la pequeña tienda de música que había vislumbrado al girar la avenida: Estaba medio escondida y, si alguien no iba a propósito allí, era difícil encontrarla,
pero si algo bueno caracterizaba a la británica, era lo observadora que solía ser con las cosas más simples…
Y aquel cartel con una clave de sol en la entrada fue suficiente para hacerlas entrar…
No tanto a las hermanas, más bien a Agatha, que en venganza por haberla llevado de tiendas y a una pastelería que Mia había visto por internet, pensó que su momento de decidir por primera vez en todo el día, había llegado.
Una vez dentro se dividieron en diferentes pasillos.
Al fondo un señor de unos sesenta y pocos años estaba apoyado sobre el mostrador, pasando las páginas de una revista, mientras que de fondo sonaba una canción que la madre de Lawson solía ponerle cada sábado al punto de la mañana, obligándola a levantarse de mal humor, porque Lawson era…
peculiar, en ese sentido. Necesitaba silencio absoluto al despertar, y cuando ya se había tomado su taza de café con leche y sin azúcar, era el momento en el que se podía empezar a conversar con ella.
La tienda tenía fotos de bandas y cuadros de cantantes que decoraban las paredes pintadas de un amarillo tan intenso, que podría decirse hacía daño a la vista si lo mirabas muy fijamente.
Una guitarra eléctrica de color negro adornaba el lateral izquierdo del lugar y, pese a no atinar a distinguir de quién era la firma, se percató del garabato en ella, y a lo mejor se estaba precipitando al decir aquello, pero muy probablemente era de algún grupo de rock de los años ochenta,
porque era lo que abundaba allí.
Mia se entretenía rebuscando entre los discos de vinilo que más coloridas y psicodélicas eran sus portadas, pero su hermana, en cambio, no levantaba la vista del teléfono si no era porque la mayor le mostraba algo curioso de la carátula.
Lawson estaba pasando los dedos sobre las sobrecubiertas de las que parecían ser reliquias de la época de sus padres, porque no solo estaban un poco desgastadas, sino que además junto a ellas había un cartel que rezaba «Vecchie glorie» y otro que aseguraba que eran de segunda mano:
ahí comprendió de dónde procedía el aroma a nostalgia, que la atrapaba con cada vinilo que pasaba.
El dependiente la observó con cierta curiosidad al ver cómo se detenía a admirar uno de los discos más antiguos de la sección: Su abuela materna solía ponérselo en bucle una y otra vez al quedarse cuidando de ella cuando era niña.
Luego, sus ojos se detuvieron en la polvorienta caja en una esquina del lado derecho, que parecía olvidada, y con total confianza se agachó a revisarla: Solo tuvo que apartar los discos que había apilados sobre ella.
El dueño de la tienda, un hombre con entradas y gafas redondas entró a la trastienda con la intención de pedirle a su sobrino que se encargase de echarle la bronca a esa descarada mujer que revisaba las cintas una a una con una enorme sonrisa:
Le encantaba poder tener entre sus manos aquel tipo de recuerdos…
Siempre se definió a sí misma como una nostálgica de una época que jamás vivió, y en ocasiones deseaba que todo volviera a ser como en esas épocas… O casi todo.
—Posso aiutarti? —al oír una voz masculina a sus espaldas, levantó la mirada con cierto sobresalto.
Se topó con un hombre de media melena oscura que la miraba con una ligera sonrisa; vestía una chaqueta de cuero algo desgastada y desprendía un aura despreocupada.
Pero sus ojos brillaban con interés genuino, y ella lo notó, porque se quedó mirándolo en silencio buscando las palabras adecuadas para aquel instante.
—No hablo tu idioma —confesó, a lo que él rió bajito.
—Tienes buen ojo —señaló la caja—. Íbamos a deshacernos de ellos, aunque yo insisto en que es un delito hacerlo… —se inclinó ligeramente hacia ella— ¿Los quieres?
Pero Agatha había olvidado como se respiraba, y no solo eso, porque por un momento dudó de donde estaba ya que el latido de su corazón era más fuerte que cualquiera de las canciones que se reproducían de fondo. De algún modo sabía que ese encuentro no había sido casualidad.
—Disculpa… —le ofreció la mano—. Trabajo aquí, mi tío me ha pedido que te… eche un ojo en tu tarea. Es un poco quisquilloso con sus cosas, ya sabes… No le gusta que le roben y eso —bromeó.
—Yo… Me llamo Agatha Lawson —tomó su mano y la estrechó con cuidado.
—Lorenzo Marchiesi —se presentó.
Su tío Antonio no quitaba el ojo de esos dos, y al ver a su único sobrino coqueteando con esa extranjera apretó los labios: estaba acostumbrado a que Lorenzo intentase ligar con toda mujer de menos de treinta que entraba por la puerta.
Una suave corriente que subió desde sus manos hasta los brazos los hizo dar un saltito hacia atrás: Se miraron con sorpresa y algo incómodos, ¿qué había sido eso?
—Creo haberte visto un par de veces —admitió, cruzándose de brazos.
—Es probable —carraspeó nerviosa—. Lo del otro día en aquella plaza fue una auténtica pasada. ¿Tocas en algún grupo o algo…? Porque puedo asegurarte que es lo más brillante que he visto en mucho tiempo.
Pero Lorenzo no escuchó el cumplido que acababa de regalarle porque estaba más pendiente de ella. La miró de arriba a abajo un par de veces hasta que se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo en silencio.
—¿Eres nueva en la ciudad? —ella asintió—. ¿Y qué te trae por aquí?
—He venido a pasar el verano. Llevaba tiempo queriendo hacerlo, la verdad —admitió con una tímida sonrisa.
—Nueva en la ciudad y con ganas de venir… Ten cuidado con Roma, te atrapa —advirtió medio en broma.
—¿Cómo que te atrapa…? —él asintió y se le acercó al oído—.
Una vez que llegas a ella, no quieres marcharte nunca.
Literalmente, es lo que me ocurrió a mí: vine un verano a trabajar aquí con mi tío y nunca más he querido volver a mi casa…
Bueno, a ver, he ido de visita, pero… cazzo —susurró, se estaba poniendo nervioso.
En el fondo de la tienda, dos calladas portuguesas observaban la escena sin decir ni una sola palabra.
Estaban tan concentradas en enterarse de toda la conversación, que olvidaron que tenían a Antonio prácticamente soplándoles la nuca y vigilando lo que estaban haciendo.
Agatha notó aquellas miradas, y en una ocasión llegó a lanzarles un vistazo de advertencia, que claramente ignoraron.
—¿Y por qué Roma? —se apoyó de forma insinuante sobre una mesita decorada con unos libros, y ella tragó saliva al ver el aire grácil con el que Lorenzo se desenvolvía.
A la británica le llamó la atención que cuando él hablaba, lo hacía con cierto tono irónico y dándole énfasis a determinadas palabras, por no hablar de su aire chulesco.
—Eh... a la aventura —empezó a juguetear con su pulsera y él lo notó: clavó unos instantes la mirada en la joya y su gesto cambió a un semblante algo más serio.
—Las dos chicas del fondo iban contigo el otro día si no recuerdo mal… Lo que no tengo claro es si en la plaza; o en la azotea… —sonrió—. Sí que tiene que gustarte la aventura para colarte así como así en una fiesta privada.
—Tal vez teníamos un pase VIP —rió—. En realidad no. Fue todo idea de mi amiga, pero tampoco hicimos nada… Demasiado ilegal.
—Jammo! ¿Te parece poco colarte en el cumpleaños de un tipo al que no conoces, para beber de gratis…
? —miró su reloj de pulsera y negó—. Oye, me ha encantado poder hablar por fin contigo, pero tengo que marcharme, un amigo aterriza en menos de una hora y me gustaría estar allí a tiempo.
Pero, ¿puede que volvamos a vernos… por aquí?
—Es posible —aseguró, mientras observaba los anillos que adornaban las manos de ese hombre que acababa de tomar una de las cintas de casette para entregársela.
—Es mi preferido, cortesía de la casa —susurró, intentando no llamar la atención de su tío.
—Demonios, no…
—Espero volver a verte, Agatha —no le dio tiempo a réplicas cuando él hizo un movimiento de cabeza a modo de despedida.
—Lo que yo decía… Cuerda rota tratando de aparearse.
—Yara… —renegó su hermana—. ¿Cuándo has quedado con él?
—¿Qué te ha dado?
La portuguesa le arrebató el objeto de la mano y, al observarlo, se percató de que se trataba de una cinta de Black Sabbath, que estaba entre los favoritos de la británica,
a la que el hombre tras el mostrador no dejaba de mirar porque quizá tenía curiosidad en el interés de su querido sobrino en ella.