UBI TU, IBI EGO 5 FOGLIE DI ALLORO
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5 FOGLIE DI ALLORO

El domingo veinticinco de junio se había ido dando un paseo hasta el Castillo de Sant’ Angelo, donde, según le había asegurado la panadera, podría hacerse con verdaderas virguerías, ya que cada dos semanas montaban un mercadillo junto al río.

También le aconsejó regatear con los vendedores, que en ocasiones accedían a rebajar considerablemente los precios… Pero ese no fue su caso.

Compró un vestido largo de algodón, un fular de color rojo y unos pendientes dorados que la habían enamorado nada más verlos, pero no contenta con aquello, compró también un cuadro de la ciudad, material de papelería que, a pesar de ser monísimo, no usaría nunca, y alguna que otra cosa más.

Además se hizo con un libro con el pretexto de que aquella sería la mejor forma de aprender italiano en sus ratos libres, porque Agatha no solo estaba cursando la carrera universitaria de estudios ingleses, sino que adoraba la literatura en general.

Pero a lo largo de aquel verano leyó poco menos de diez capítulos.

A media tarde quedó con Federico, que la invitó a varios Aperol caseros en una tavernetta bastante conocida entre los locales y, en el rato que pasaron juntos, el italiano le contó más cosas de su vida privada de las que su propio prometido conocía.

Las portuguesas se habían unido a ellos horas más tarde al plan de pasear y cenar por Trastevere, donde todo eran luces, color y música. Y… sí. Agatha no tenía pensado presentarles a Federico, pero la propia Yara fue la encargada de hacerlo la noche en que se colaron en esa fiesta privada.

Recordó entonces cómo Mia y ella estaban ejerciendo de niñeras con la más joven, que corría a sentarse sobre cualquier banco de mármol blanco con el que se cruzase en el camino, y después de varios traspiés y un par de paradas de emergencia,

consiguieron llegar al rellano para pasar la noche donde Agatha.

Y Yara pensó que sería buena idea empujarla.

—Como sigas así te meto en la ducha… Y créeme que te rociaré con agua helada —amenazó su hermana en portugués.

—¡Que no…! ¡Atrás! —consiguió zafarse de ambas y se dejó caer sobre el suelo mientras que Agatha buscaba las llaves en el diminuto bolso que llevaba aquella noche.

—Venga, levanta ese culo gordo —ordenó Mia, dándole una palmada en el muslo.

Pero el sonido de unos pasos que subían los escalones las hizo ponerse más nerviosas: estaban más que seguras de que sería algún vecino que quería echarles la bronca…

Con razón. Las llaves de Agatha cayeron al suelo y Yara soltó una carcajada que inundó todo el descansillo.

Como consecuencia de aquello, su hermana le propició un ligero manotazo con el que la mandó callar: no quería que por culpa de ellas, su amiga se metiera en problemas con el vecindario.

Y entonces fue cuando esa figura masculina terminó de subir los escalones y sonrió con notable cansancio, apoyándose en el pasamanos junto al ascensor.

—Mamma mia, vaya panorama… ¿Otras vez esas llaves?

—¿Vuelves ahora de trabajar? —preguntó tranquila al ver que se trataba de Federico—. No te preocupes, no haremos mucho ruido… Lo siento… —señaló a la rubia que acababa de tumbarse en el suelo.

—¿Necesitáis ayuda? —se ofreció cuando su vecina abrió la puerta apresuradamente, que aunque no decía nada, estaba claro que sentía vergüenza de la situación.

Por otro lado, al ver que su hermana no colaboraba, Mia la tomó de los pies y la arrastró como pudo hasta el interior del apartamento.

—Qué guapo es… —murmuró Yara, que días después no recordaría nada, por suerte para ella. Porque menuda la noche que les dio a Mia y Agatha hasta que consiguieron que se durmiera: empezó a cantar el fado preferido de la mayor.

Seis días después lo había convencido para que las acompañase a Nápoles para finales de julio: no es que a la portuguesa le entusiasmase la historia, en verdad le daba bastante lo mismo, pero le encantaba acoplar a gente a sus grupos.

Al doblar la esquina, Federico vio cómo una mujer de avanzada edad que llevaba un pañuelo negro sobre su cabeza; estaba sentada en una silla de mimbre y madera con un cartel sobre la mesa en el que podía leerse claramente: «Tarot», y jamás lo confesaría ante las portuguesas,

pero cada poco tiempo acudía a esa mujer, buscando respuestas.

—Pá, que miedo.

—¿Miedo unas cartas…? Sé de gente que en sus peores momentos confió en su poder y podría decirse que les sirvieron como la brújula que marcaba el norte.

—¿Pero eso es donde leen tu futuro?

—En absoluto —remarcó—. Se emplea para hacer introspección, buscar el sentido a la vida… pero eso último no lo aconsejaré nunca —sonrió con ternura—. Para lo que se usa comúnmente es como medio entre el inconsciente y el camino espiritual.

—Então es algo mágico, ¿no?

—Atención a esto, depende de como lo tomes, porque su verdadera… magia… reside en la conexión entre la mente humana y la simbología. Y nosotros los humanos somos muy de… buscar respuestas a todo, ¿verdad?

Y quizá había sido por la anécdota, pero acabaron convencidas por él, que junto a Mia se habían sentado, mientras que Agatha y Yara se mantenían a los costados.

—Esto no es un gioco —la anciana de arrugadas manos, adornada con tres anillos en cada una de ellas, barajeó el mazo con movimientos pausados, casi ceremoniales podría decirse, y su mirada tenía profundidad cuando la fijaba en cada uno de ellos antes de empezar las tiradas—.

Lo que las cartas digan, será.

Colocó la primera carta sobre la mesa y frunció el ceño. Se trataba de La Torre: una imagen donde un rayo derribaba una construcción de piedra. Miró a Yara porque el mensaje era para ella.

—Un cambio drástico se avecina sacudiendo los cimientos de lo que tú creías seguro… Pero recuerda que en ocasiones es necesario que algo sea destruido para dar lugar a lo nuevo.

Y la portuguesa se quedó callada, tamborileando con sus largas uñas rosadas sobre el tapete, claramente incómoda con la idea de perder el control que tanto le gustaba.

Mezcló las cartas de nuevo y sus ojos fueron directos a Mia, que no dejaba de darle vueltas al pircing de su labio, con cierto nerviosismo. La carta de La Luna apareció: dos torres, un perro, un lobo y un cangrejo que emergía de las aguas bajo la engañosa y tenue luz de la luna llena.

—Incertidumbre. Hay caminos velados por las sombras y tu intuición será tu guía, pero también tu reto, porque hay cosas que todavía no ves con claridad…

Emociones que no enfrentas o verdades que tienes miedo a descubrir.

Créeme que solo atravesando esa fase de confusión a la que deberás enfrentarte, encontrarás la claridad que buscas…

Non preoccuparti, todo estará bien porque aunque el camino parezca oscuro la luz siempre regresa al amanecer.

Federico supo que su turno había llegado. Se le escapó un nervioso suspiro cuando la carta del Rey de Bastos fue colocada sobre la mesa.

—Eres un líder nato… —aseguró con orgullo—.

Estás lleno de pasión y determinación en cada cosa que dices y haces, pero debes andar con cautela porque ese fuego que llevas contigo puede consumirte si no lo controlas.

Tienes que aprender a usar esa energía con sabiduría —lo tomó de ambas manos y le miró detenidamente—.

Veo campanas y flores, ¿una boda quizá? Veo prosperidad con ese hombre.

—Vaya, sí que es buena —murmuró Yara sobre el hombro de Agatha.

La mujer soltó las manos del italiano con rapidez y hundió su mirada en la de la pelirroja de rizos que no paraba de jugar con la pulsera de su mano izquierda, dándole vueltas de un lado a otro. Estaba barajando con cuidado cuando dos cartas cayeron sobre el tapete.

—Los Amantes —mostró el trozo de cartulina prensada—.

No siempre hablan de romance, pero en tu caso bella, habla de elecciones que cambiarán tu vida para siempre, y entre ellas veo amor, fortuna y destino —frunció el ceño—.

Debes tener cuidado porque no todo lo que parece perfecto lo es, ni todo lo que deseas es lo que necesitas, y ten en cuenta que el camino que escojas no será sencillo, pero sí será el que definirá quién eres realmente —dio la vuelta a la segunda carta—.

El Ermitaño. Cómo me gusta ésta carta… No sé si lo sabes, pero tu alma está en búsqueda de algo profundo, de una verdad que solo encontrarás en tu interior; es tiempo de parar, reflexionar y escuchar lo que tu corazón realmente quiere decirte.

Sintiendo una punzada en la boca del estómago, tragó saliva y miró a sus amigos porque era como si ese pedazo de cartón le hubiera leído lo más profundo de su ser.

La vieja bruja —como Yara apodaría más tarde— la observó en silencio, muy tranquila y leyendo más allá de lo que la británica dejaba entrever.

—No sé qué camino debo tomar —admitió para sí misma. Pero esas palabras salieron con una carga de duda que jamás antes había sentido, y la tarotista lo supo, porque le dio un suave toque en la mano al tiempo que le sonreía de forma comprensiva.

—Bella, esta carta dice que es tiempo de mirar dentro de ti misma, porque a veces las respuestas no están fuera, ni tampoco en otras personas, ni siquiera en lo que parece ser un destino inevitable…

Todo está dentro de ti misma, en lo que guardas en lo más profundo de tu ser.

Y llegado el momento de hacerlo deberás buscar la verdad en tus propios pensamientos…

Haz caso a esta anciana: No dejes que lo que te rodea interfiera en las elecciones que debes tomar con el alma y el corazón —tras el discurso se recostó en su silla para rebuscar en una bolsita de tela una hoja seca—.

Ten, es laurel… Con él obtendrás la bendición de los dioses.

A todos les había rozado el alma con sus cartas: a cada cual de una forma diferente a la otra, pero Agatha tenía claro que lo único que deseaba era la paz mental que posteriormente desearía al lanzar una moneda a la Fontana di Trevi.