UBI TU, IBI EGO 4 RISUONA
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Nueve días más tarde de lo ocurrido en el Coliseo y buscando que nadie la reconociera —nadie iba a hacerlo, solo era paranoia suya—, insistió a las hermanas en ir a visitar Pisa, Verona y Milán.

Teniendo en cuenta que Yara había sido la encargada de comprar los billetes de ida y vuelta por internet…

Digamos que la cosa no salió según lo esperado, porque la rubia se había equivocado en el día de vuelta, obligándolas a quedarse otra noche más en la ciudad del Duomo, pero al no ceder a pagar alojamiento, pasaron la noche en la estación: una pésima decisión.

El día diecinueve volvieron a quedar.

Se habían sentado en las escaleras de una plaza frecuentada por estudiantes: las portuguesas no paraban de reírse y grabar a Agatha que canturreaba moviéndose al ritmo de la música que un grupo de adolescentes había puesto en un pequeño altavoz.

Estaba siendo tarea difícil para ella el mantener el Aperol dentro del vaso de plástico y no derramarlo por todas partes.

Daba palmas, invitaba a la gente a unirse…

Lo que funcionó, porque en cuestión de minutos el lugar se había llenado de personas bailando.

Al poco, una chica se había acercado a ellas con el pretexto de que si se pasaban por un local conocido como Dolce Vita, y decían ir de parte de Chiara, recibirían descuento en las primeras copas… Y eso fue exactamente lo que hicieron.

El DJ había conectado el USB mientras la música se reproducía sola en modo aleatorio.

Estaba haciéndose fotos exclusivamente con las chicas más monas del local: insistió dos veces en que Yara se hiciera una foto con él, pero la rubia estaba más pendiente de no vomitar la mezcla de Negroni, Bellini y Aperol de aquella noche.

Había sido capaz de agitarse en la pista como si se tratase de una coctelera humana…

Y como resultado de aquello, acabó encerrada en el baño; Mia sosteniéndole la frente; y Agatha esperándoles fuera, algo mareada porque el alcohol nunca le había prestado bien.

—¡Marchaos sin mí, caralho! Soy un estorbo… —aseguró de una forma tan dramática, que Agatha se cruzó de brazos y respiró lentamente: no quería echarse a reír mientras su amiga lo estaba pasando tan mal.

—No nos iremos a ninguna parte —dijo desde el otro lado de la puerta.

Pese a haberlas conocido hacía menos de un mes, ya habían vivido decenas de situaciones. Se sentía muy afortunada de haberse topado con ellas. En cierto modo, aunque se había llevado un cardenal de regalo en la rodilla, le agradecía cada día al tipo que chocó con ella, haberlo hecho.

Las estaba oyendo hablar, pero no entendía lo que decían porque cuando se quedaban a solas, hablaban en su lengua materna, y si Agatha no había aprendido italiano, menos aún el portugués.

Sentía que esas chicas eran el yin y el yang: Mia era más tranquila, racional y maternal a su manera; era un tanto negativa y se enfadaba rápido, pero sabía mantener la calma más que cualquiera de ellas.

Yara acababa de empezar a llorar por el agobio de la situación.

Porque verse arrodillada frente a la taza de un váter mugroso en la discoteca de una ciudad que no es la tuya, no es lo más agradable.

Pero ella vivía despreocupada de todo. Era impulsiva, caótica y cercana.

Su sentido del humor a veces era incómodo e inoportuno, pero con su gracia innata y su espontaneidad conseguía caerle bien a todo el mundo sin buscarlo.

La británica se había cansado de aguantar el olor de los baños y del sonido de los jadeos quebrados de Yara antes de…

Así que salió de ahí y arrastró los pies hasta una puerta de emergencias que curiosamente daba a una coqueta terraza adornada con luces —apagadas— y una barra de cócteles en desuso y llena de trastos.

Dio una vuelta sobre sí misma observando que desde donde ella se encontraba, podía ver otras terrazas tanto de viviendas como de locales.

Y si bien el ruido de la noche se mezclaba en el aire con la música que procedía de distintos lugares, había algo que destacaba por encima de todo.

Atrajo su atención hasta la barandilla que se situaba a su izquierda, desde donde tenía una perfecta panorámica de la ciudad, en la que el Altar de la Patria se hacía ver al fondo.

Un suave barrido visual acabó desviando su atención a una terraza que se encontraba al otro lado de la calle: donde las luces blancas de los focos le deslumbraban con el movimiento.

Y pese a ello, subida en el escenario, una figura familiar llamó su atención, porque lo que parecía ser una fiesta privada; tenía como protagonista a un hombre de pelo oscuro y alborotado que estaba rodeado de gente, mientras que sostenía una guitarra eléctrica.

Su sonido se desvanecía de forma suave, creando un efecto casi onírico, por lo que Agatha se inclinó ligeramente, apoyando la barbilla sobre la barandilla: el vibrar de las cuerdas distorsionadas con el pedal que aunque no veía, intuía, la atrapó completamente.

Al cerrar los ojos fue como si el sonido de aquella Fender se tratase de un rayo de luz en mitad de la oscuridad.

Porque el eco de la lejanía le estaba provocando tal sensación de nostalgia, que podría decirse fue como si la música estuviera llamándola en un susurro.

—¿Algo interesante por aquí…? —la voz de Mia irrumpió los pensamientos de la británica, que estaba recordando el breve intercambio de miradas que habían compartido al inicio de ese mismo mes: Algo tan fugaz e intenso que acababa de regalarle un estremecimiento al volver a imaginarlo—.

Espera, ¿es el guitarrista del otro día… ?

Yara se acercó con paso torpe, y sosteniéndose de la falda de Agatha para evitar caerse —por quinta vez—, que al girarse y verla sonrió: tenía mejor aspecto, ya no estaba tan pálida y claramente se había tomado su tiempo para arreglar esa trenza tan perfecta con la que había empezado la velada.

—¿Vamos…? —señaló con una mano, mientras que con la otra le volvía a tirar de la falda.

—¿Entiendes el concepto de privado, Yarita? —desde bien pequeñas, Mia la llamaba así de forma cariñosa cuando sentía que debía cuidar de ella, por el motivo que fuera.

—Nuestro primo siempre ha dicho que más vale pedir perdón que permiso —no obstante, la realidad es que aquella frase la había metido en incontables problemas por seguir la filosofía de un tipo que jamás acató las órdenes del sistema.

Sin embargo, había conseguido convencer tanto a Agatha como a su hermana.

Que gracias a su encantadora sonrisa hizo que las dejaran pasar a la terraza de Il Cielo, donde con cada escalón que subían, la británica notaba que su corazón pulsaba más deprisa.

Aquello la llevó a tocar de forma inconsciente su pulsera, porque siempre que estaba nerviosa lo hacía.

Había globos dorados, guirnaldas plateadas y velas por todas partes, y un gran arco decorado con un enorme cincuenta: era una fiesta de cumpleaños.

—Vaya despiste tenemos chicas… Hemos olvidado el regalo del tío Lucca —susurró Yara consiguiendo que su amiga estallase en una sonora carcajada que llamó la atención de algunos de los asistentes, incluida la de él.

Sus ojos se cruzaron por un momento y, como aquella primera vez, volvió a quedarse allí mirándola, mientras que sus dedos daban alguna que otra nota equívoca.

Pero pronto reaccionó con una sonrisa y un muy ligero movimiento de cabeza que le daba la bienvenida a aquella desconocida que le respondió de igual forma.

El tiempo había pasado y las tres se habían integrado de maravilla en esa fiesta e incluso las habían invitado a copas gratis… Justo lo que Yara no necesitaba, porque ya había cumplido su cupo con el alcohol.

Mia y Agatha brindaron y acto seguido la segunda le dio un largo trago al champán.

—¿Cuántos van con ese…?

—Diría que cinco.

—Y alguno más también.

—Eh… Bueno, no te preocupes. No creo que bata el récord de tu hermana —la señaló: la portuguesa estaba sentada hablando con un grupo de señoras mayores que no paraban de contarle chismes, y ella a pesar de no comprender nada de lo que decían, estaba encantada.

Y quizás tú también pienses en mí

No esperaba volver a encontrarte así.

Había pegado sus labios al micrófono al mismo tiempo que daba pequeños golpecitos con el pie al pedal que tenía delante y con aquella estrofa consiguió exactamente lo que buscaba: llamar la atención de esa pelirroja que no paraba de reír y brindar desde que había llegado.

Una brisa fresca que todos sintieron como un oasis en el más árido desierto se alzó en la noche.

Acarició el rostro de Agatha, revolviendo algunos de sus rizos, y mientras los apartaba clavó sus ojos en los de él.

Y fue muy raro porque ambos sintieron como sus mundos colapsaban ante ellos…

Tanto así que un ligero mareo le hizo perder el equilibrio apenas, viéndose obligada a sostenerse del brazo de Mia, entre tanto él paró de cantar, llevándose la mano a la cabeza y frotándola con molestia.

—¿Ocurre algo? —cuestionó su amiga a la vez que la ayudaba a sentarse sobre una butaca.

Pero él retomó la música. Se desabrochó dos botones de la camisa color negro que tanto le favorecía, y su mano abanicó sutilmente su cara cuando su rasposa voz resonaba.

Agatha retomó la animada conversación con Mia y otros dos tipos, y entretanto daba ligeros vistazos en dirección al escenario donde sentía que ese hombre de cabello alborotado tocaba con un profundo sentimiento.

Él cerró los ojos dejándose llevar… Al público le encantaba sentir que podían palpar la pasión en lo que hacía, y la británica no lo vio muy diferente al resto al percibir como si cada nota fuera un latido de su propio corazón…

Concretamente esa que se prolongó en el aire cuando se estaban mirando.

Y sí, fue ahí cuando el universo volvió a desvanecerse una vez más: Solo eran ellos dos y la música…

O al menos lo fue hasta que la canción finalizó, que ambos volvieron a lo que estaban.

—Lo he visto, amiguinha —canturreó, llegando con un collar de enormes perlas falsas.

—¿De dónde has sacado eso?

—Me lo ha regalado una nonna. Resulta que era parte del decorado de la fiesta y, como según ella, le recuerdo mucho a su nieta, o algo así he creído entender, pues… —carraspeó—. Oye, que te he dicho que he visto lo que acaba de pasar entre Cuerda Rota y tú.

—¿Cuerda Rota? —soltó una fuerte carcajada, e incluso pensó que con la excusa de contarle al guitarrista el comentario tan divertido que su amiga le había hecho… Podría acercarse y hablar con él, pero al poco acabaron por marcharse y una vez más ninguno se atrevió a dar el paso.

Con cada choque de sus sandalias de plataforma contra el suelo, sentía que se estaba alejando del hombre y de algo que no podía explicar, porque ni siquiera con ese novio con el que estuvo cinco años sintió jamás esa atracción.

El cantante, por su parte, estaba decepcionado, dado que se había prometido a sí mismo hablarle una vez terminase de trabajar…

Solo se quedó quieto con los ojos clavados en ella y en sus pasos, como si haciéndolo pudiera retenerla más tiempo, pero cuando Agatha alcanzó la puerta, él siguió tocando para una presencia que… ya no estaba.