UBI TU, IBI EGO 3. Sabbia
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3. Sabbia

Habían pasado diez días del mes de junio, y a diferencia de lo que Agatha creía al llegar a Roma, estuvo completamente acompañada por Federico y las portuguesas, con quienes había acostumbrado a quedar al punto de la mañana para visitar la ciudad —evitando el calor—.

Solían comer juntas, ya fuera en restaurantes o en el piso de la británica; cualquiera habría dicho que lo tenían planeado desde el principio.

Ese día —y como todos los demás— las hermanas iban a llegar tarde, así que habiéndolo previsto.

La pelirroja permaneció sentada en una cafetería frente al Coliseo, durante alrededor de cuarenta minutos con la única compañía de una taza de café recién hecho.

Desde ahí contemplaba la magnitud del anfiteatro, alguna que otra Vespa que pasaba haciendo ruido por la avenida, o Lambretta, la verdad es que no era capaz de distinguirlas solo por el sonido.

Además de estar pendiente de los autobuses de los que no dejaban de bajar turistas.

Pero lo que consiguió encogerle el corazón de verdad fue ver cómo una pareja se tomaba de la mano, lanzándose miradas cargadas de cosas que para ella eran imposibles describir: lo que Agatha no sabía; es que el chico acababa de pedirle matrimonio a su, ahora prometida,

en un parque cercano que había escondido junto al coliseo.

Y lo mejor de todo es que ella había aceptado.

Tal y como se imaginaba, llegaron tarde una vez más: Yara apareció con un recogido hecho de cualquier manera, mientras que Mia se abanicaba con un folleto que había conseguido horas atrás en la oficina de turismo junto a donde se estaban alojando.

—Tarde otra vez, ¿eh…? — reprochó con claridad, mostrando la hora en su teléfono móvil mientras cruzaba la acera para llegar a ellas. Y una hora más tarde, después de estar haciendo fila para poder entrar, se toparon de bruces con la realidad.

El interior del Coliseo estaba repleto de gente.

Agatha no prestaba atención a eso dado que seguía molesta por el hecho de echar en falta tener entradas para los sitios en físico —le encantaba guardarlo todo en cajitas de recuerdos que planeaba abrir veinte años después—, sí que en dos ocasiones se llevó algún que otro empujón.

Mia y su hermana no paraban de hacerse bromas, echar fotos…

En un momento Yara creyó que sería una buena idea imitar cierta escena, de cierta película y aunque hubo turistas que le copiaron la idea, a otros no les hizo tanta gracia que se pusiera a gritar «Máximo Décimo Meridio» mientras actuaba dramáticamente frente a la cámara de su hermana mayor.

Por otro lado Agatha, aunque no podía parar de reírse, se vio obligada a alejarse algunos metros por…

vergüenza, porque esas dos portuguesas —en especial la pequeña— que tenía una gracia natural —probablemente por ello estudiaría teatro más adelante—, eran como un dúo cómico del que nunca se cansaba por más que siempre hicieran las mismas bromas.

—Então, aquí era donde peleaban hasta la muerte —forzó la voz intentando ponerla más ronca, pero lo único que Yara consiguió fue parecerse a una bruja.

Desde aquella grada se podía ver el sol reflejado en las piedras que habían absorbido los susurros del pasado, unos arcos desgastados que daban la sensación de ser aún más imponentes de lo que ninguna de ellas había pensado antes.

Y Lawson pensó que el Coliseo por fuera era majestuoso y hermoso, pero por dentro era tan imponente...

Hubo un instante en el que el anfiteatro quedó en absoluto silencio ante el berrinche de un niño pequeño que quería bajarse del carrito.

Ese sosiego hizo a Agatha sentir que aún podía oírse el estruendo de un pasado que no estaba tan lejano como creían porque todo continuaba en su lugar.

Pero el bullicio de las voces, los flashes de las cámaras…

todo se desvaneció para ella y lo único que sintió fue melancolía.

Una oleada sofocante de viento caluroso despeinó algunos de los mechones de Mia, que había olvidado ponerse su cinta de pelo aquella mañana, y la pelirroja rió al ver como Yara sacaba un espejito del bolso y se lo ponía en la cara a su hermana mayor.

Agatha rozó las yemas de sus dedos en los muros, mientras caminaban rodeando la arena desde la parte alta porque se habían negado rotundamente a pagar de más por bajar… Las tres creían que aquello era una trampa para turistas, y no iban muy desencaminadas que digamos.

Yara se relamió los labios: estaba dispuesta a soltar otra de sus ocurrencias, pero ver a su nueva compañera de viaje sumida en sus pensamientos se detuvo. No lo dijo, pero notó como las piernas de ésta temblaron por unos instantes.

—Amiguinha, ¿te encuentras bien? —le acarició la espalda con cierta preocupación, y sin darle tiempo a responder le tendió una botella de agua fría—. El calor de esta maldita ciudad es insoportable, lo sé, el otro día casi me caigo redonda después de comer.

—Estoy bien —respondió después de darle un trago—. ¿Lo oléis…? —un agradable aroma a laurel llegó a ella, pero parecía ser la única en notarlo, porque las portuguesas negaron con la cabeza.

No quería emparanoiarse ni asustarlas, así que sonrió intentando disimular el temblequeo constante de sus piernas: Quizá no estaba tan bien como quería hacer creer.

Y sí, se había acobardado porque le vino a la mente el caso de una conocida que vivía en Windsor, una pequeña ciudad a solo veintiún millas de Londres, que se quedó sin poder andar de forma definitiva y justamente había comenzado así, con temblores.

Se sostuvo al muro de piedra que antaño separaba al público de la arena y no llegó a escuchar los gritos de un hombre alertando de que Agatha estaba cayendo al suelo, porque ya todo se había vuelto oscuro para ella.

◊◊◊

Parpadeó varias veces hasta alcanzar la nitidez, y escuchó los clamores de la multitud jaleando hacia el centro de la arena, que cada vez eran más ensordecedores: el torrente de voces, el ruido de las tubas, el estruendo de los tambores anunciando el inicio del combate…

La mujer volvió a parpadear, pero esa vez fue porque notó como la arena tomaba un color más dorado con cada rayo de sol que reflejaba en ella. Atinó, incluso desde la distancia, a ver ligeras manchas de sangre seca de peleas pasadas.

Miró en todas las direcciones: miles de personas esperaban con ansias el espectáculo que ella tanto odiaba, pero al que su familia siempre la obligaba a asistir.

Al mirar hacia las gradas altas se percató de los plebeyos que gritaban desde ellas.

En las más cercanas a donde ella se encontraba, había miembros del senado y familias bien posicionadas como la suya, pero lo que más removió su estómago fue ver al emperador y a su hermano en los asientos de honor.

De repente, de las celdas emergieron dos figuras.

El que salió del portón más cercano a ella, estaba usando un gran casco cerrado, que había sido decorado con una alta cresta granate y cubría su rostro con un visor perforado.

Tuvo que entrecerrar los ojos para distinguir que lo que protegía su brazo y pierna izquierdos eran una greba y una manica.

El segundo no empleaba casco pero también portaba protectores y una hombrera en el brazo derecho.

Al presenciar aquello, halló en sí misma un cosquilleo en su estómago con el que supo que lo que deseaba en ese momento no era otra cosa distinta a conocer el rostro escondido tras ese casco y la reluciente armadura.

Sin darle la espalda al emperador, los oponentes caminaron hasta estar en el centro de la arena esperando que la máxima autoridad diera su señal de inicio: todo el mundo miraba a Tito, que aquella tarde vestía una túnica blanca de bordes púrpuras.

El murmillo avanzó con el escudo al frente.

Buscaba reducir distancias y poder dar uso a la hoja afilada de la espada, mientras de fondo podía escucharse como los gritos del público iban cada vez a más…

como las apuestas que la gente hacía. Por otro lado, el retiarius estaba a la defensiva dando vueltas en círculos y buscando la oportunidad perfecta de lanzar su red contra su oponente, que consciente de la estrategia, mantuvo su escudo al frente y la espada preparada.

Como era previsible, lanzó la red que de nada sirvió cuando el contrincante levantó el escudo justo a tiempo, desviando dicho ataque.

Con un grito desafiante avanzó forzando al otro a retroceder.

Este respondió con una rápida estocada de tridente, que había sido bloqueada por el murmillo en un golpe de espada que su adversario casi no logra esquivar.

Continuaban con el combate entre una serie de intercambios feroces donde aprovechaban para presionar al otro, y para sorpresa de nadie, el retiarius se distrajo con las ovaciones del público: pero cometió un error,

porque en un desesperado intento de atraparlo lanzó un ataque demasiado predecible que su oponente logró esquivar, empujándole y arrebatándole la estabilidad.

Lo desarmó haciendo volar el tridente por los aires, él cayó en la arena y trató de retroceder, pero el murmillo no se lo permitió, porque con un rugido triunfal levantó la espada, manteniéndola sobre el caído.

Este miró al palco imperial esperando una orden clara. Con un único gesto, cerró el puño y ocultó el pulgar, indicando clemencia para el adversario, al que ayudaría a ponerse en pie.

La muchedumbre al ver semejante gesto de respeto estalló en aplausos y silbidos, porque pocos eran los que aquel día deseaban la muerte de algún gladiador.

Saliendo de la arena entre vítores, aquel individuo ojeó la grada en la que ella se encontraba, que sintió una mezcla de asombro y horror ante la brutalidad del espectáculo.

Muy a pesar de la mujer, ese tipo de espectáculos definirían en tiempos posteriores el espíritu de la ciudad.

El gladiador tomó aire con fuerza, y cuando se deshizo de aquello que cubría su rostro...

◊◊◊

—¡Que alguien llame a la «ambulanci», caralho! —los quejidos de Yara la trajeron de vuelta.

—Pá, ¿tú te estás oyendo…? Cierra ya la bocaza —ordenó, viendo cómo Agatha abría los ojos con pesadez—. Al final sí que te ha dado un golpe de calor—. Su hermana se encargó de mojarle la cara y la nuca con agua fría mientras que Agatha se removía incómoda.

—Eh, que estoy bien. —explicó de forma susurrante, como siempre, poniéndose en pie casi de un salto mientras que todos a su alrededor la miraban con curiosidad.

Seguida de las portuguesas, se escabulló entre la gente buscando refugiarse bajo uno de los arcos que daban directamente a la avenida, y volvió a notar como el ruido se apagaba: pero una cosa estaba clara, se había sentido parte de algo importante… Se había sentido parte de Roma.