UBI TU, IBI EGO 2. VICCINO
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2. VICCINO

Era el siete de junio. Cuando entró en la librería, un timbre sonó, avisando a la dueña del local de que alguien había llegado.

El aire era algo cálido y el aroma a papel envejecido se coló en su nariz.

No era un sitio grande, pero sí acogedor: tenía altas estanterías de madera, donde reposaban cientos de libros y revistas.

Aunque su plan de aquel día no era precisamente acabar entre estrechos pasillos y títulos conocidos traducidos, solo buscaba huir del sofocante calor de la calle.

En realidad había estado viendo la Fontana di Trevi mientras trataba de comer un helado.

Pero un niño maleducado se lo había tirado al suelo mientras correteaba entre la gente, jugando con la que debía de ser su hermana menor, y no, los padres de los niños no hicieron absolutamente nada: por lo que Agatha se quedó sin helado, con calor y enfadada.

Al fondo del local, en una esquina olvidada, una mesa de madera sostenía una desordenada pila de libros antiguos.

Al no tener nada más que hacer y amar la literatura, tomó asiento justo ahí, donde el olor a libro viejo era más intenso.

Los movió todos de su lugar. Revisó cada una de las portadas.

Incluso ojeó la sinopsis de un par. Pero solo uno de aquellos ejemplares llamó su atención: tenía la cubierta descolorida, y en otro momento había sido de un verde bastante intenso; el título era casi ilegible y justo ese la atrajo.

Con extremo cuidado lo tomó y empezó a pasar sus amarillentas páginas con el pulgar, que poco le decían.

Por no mencionar que todavía no entendía la lengua italiana.

Para cualquiera, aquel aroma a laurel hubiera pasado desapercibido, pero no para Agatha, que al olerlo sintió como le temblaba la vista, y no…

No era su párpado diciéndole que debía calmar esos nervios, como siempre le ocurría.

Aquello derivó en molestias en la cabeza que la obligaron a llevarse ambas manos al costado de su frente, mientras la frotaba con cuidado.

Y sí, estaba algo asustada. De un momento a otro notó su cuerpo desvanecerse sobre la mesa. Perdió la fuerza. Ya no veía nada.

◊◊◊

Escuchó el sonido de un tintineo lejano que la obligó a alzar la mirada. Frente a ella estaban deconstruyendo una escultura de mármol que había perdido su definición, y aunque no pudo identificar de lo que se trataba, sí que pudo sentir una inmensa tristeza mezclada con rabia.

Junto a ella, una figura masculina la miraba fijamente como si estuviera tratando de adivinar lo que estaba pasando por su mente en aquel instante.

Con cada mazazo que el artista le daba al cincel, la mujer sentía cómo un cachito de su corazón se partía en varios pedazos, como si fuera su propio pecho el que martilleaban.

Ese hombre la sujetó por los hombros posesivamente, y pese a buscar zafarse del agarre, este no se lo permitió: la amarró con violencia mientras la cogía del mentón y la obligaba a mirarlo a los ojos. Acercó sus labios a los de la mujer, y sin llegar a rozarlos, susurró:

—No eres digna de mi compañía. No después de todo… —y tras esas palabras, la empujó, lanzándola contra el suelo.

◊◊◊

Se incorporó sobresaltada porque aquello había sido tan real que asustaba. Para asegurarse de que seguía en esa librería, se tocó las manos, la cara, la mesa… Y sin saber el por qué, de sus ojos se escaparon algunas lágrimas. Muy probablemente por el susto de aquel sueño.

Cerró el libro con intensidad —que resonó más fuerte de lo que esperaba—, y aún podía sentir como le latía el corazón con vigor, bajo su pecho y de manera desbocada: como si ni siquiera él terminase de distinguir entre realidad y ensoñación.

Se frotó los hombros que ahora tenía fríos porque parecía que aquellas manos fantasmales le habían dejado huellas en la piel.

Pero todo fue producto de su imaginación.

Horas después, a media tarde, la mejor idea que se le ocurrió por no quedarse a solas consigo misma en aquel apartamento, fue la de bajar a comprar —cuando más sofocante era el calor y más pegajoso el ambiente—.

Iba sudando, con tres bolsas de plástico en cada mano y maldiciéndose a sí misma por no haber hecho dos viajes hasta el supermercado, y cuando ya estuvo en su rellano, las llaves se le resbalaron de la mano.

Al tratar de recogerlas les dio una pequeña patada sin querer, por lo que impactaron en la puerta de enfrente, que era de un color morado apagado, y en su placa pintada a mano podía leerse: «Benvenuti».

Cuando se agachó con cierta torpeza para intentar recogerlas del suelo, esa misma puerta se abrió; ella se asustó; las llaves volvieron a caer.

—Aspetta… —un hombre que a lo mucho tendría los treinta; recogió las llaves y, sin pedir permiso, se hizo con un par de bolsas.

—No… hablo italiano —explicó ella.

El tipo sonrió, y las líneas de expresión alrededor de las comisuras de su boca se marcaron un poquito más. Por otro lado, si ella pretendía pasar allí el resto del verano, debería ponerse las pilas y aprender el idioma.

—Llevas poco tiempo en la ciudad, vero? —Agatha asintió mientras abría la puerta de su apartamento y lo invitaba a pasar como si se conocieran de toda la vida: un poco de compañía no le venía mal, a decir verdad—.

Creí haber visto movimiento en esta cocina hace unos días, y si te soy sincero agradezco tener una vecina en el rellano, porque llevo viviendo aquí demasiado tiempo con la única compañía que mis plantas me ofrecen, y…

digamos que no son de hablar demasiado —bromeó.

Ella sonrió por cortesía. La verdad es que estaba más pendiente de recoger la compra en la nevera que de lo que aquel italiano le intentaba decir.

—No me he presentado. Mi nombre es Federico, pero todo el mundo me llama Fede.

Esa vez sí que se detuvo a mirarle: sus cejas eran muy finas, los ojos negros, alargados y de caída suave; y un gracioso corte de pelo que más tarde, tras buscarlo en internet, sabría que resultaría ser un mullet.

—Agatha, un placer… —explicó, mientras miraba la cicatriz en la frente del hombre: ella no lo sabía, pero esa marca se la hizo en una caída cuando tenía alrededor de los ocho años, cuando intentó subirse a un olivo.

—¿Eres británica? —cuestionó—. Estuve un año viviendo en Londres, concretamente en el barrio de Cricklewood. Cioè, no es la mejor zona, pero era barata y para un estudiante en esa época… Digamos que no estaba mal.

El tono de voz de aquel hombre que no llegaba a los treinta, era demasiado claro y articulado: se notaba que buscaba ser comprendido.

—¿Puedo ofrecerte alguna bebida? Puedo preparar té o café si lo prefieres —le propuso, viendo que Federico no dejaba de hablar.

—¿Café…? Pero si ya son las cinco de la tarde. Jamás le ofrezcas café a un italiano pasadas las doce del mediodía —Frunció el ceño con arrogancia, a la par que unía las yemas de sus dedos y movía la mano con energía.

—Creía que eso era un cliché. Eh… ¿entonces no vas a querer? —él negó—. Muy bien, ¿y qué estudiabas en mi ciudad?

—Es una larga historia, pero como creo que no tienes nada mejor que hacer...

—tomó asiento con total confianza en una de las sillas que estaban pegadas a la pared—.

Fui allí con unos amigos en un viaje de final de carrera que nosotros mismos organizamos…

Sí, lo sé, la gente cuando termina de estudiar después de cuatro años suele irse a la playa o a buscar la fiesta…

Pero a los estudiantes de turismo nos apasiona conocer ciudades y…

Sto scherzando, estoy bromeando —sonrió—.

El caso es que acabé quedándome ahí más tiempo del que tenía previsto y todo por amor.

—¿Por amor?

—Sí. Conocí a mi prometido Francesco —levantó la mano izquierda mostrándole una alianza de color plateado.

—Qué tiernos. ¿Lleváis mucho tiempo juntos?

—Casi siete años —sonrió.

—Sorprendente… —asintió mirando a un punto fijo.

—Aunque no es fácil llevar una relación a distancia.

Él es de Puglia y bueno, el destino decidió aquel día que dos italianos debían toparse de compras por Camden Town.

Y por si te lo estás preguntando, me fui a vivir a su ciudad, pero pagar una boda cuesta…

bastante dinero, así que como los turistas acuden en verano como moscas a Roma… No te ofendas, debía aprovechar.

La extraña manera que Federico tenía de expresarse con total confianza en su compañía, consiguió sacarle una ligera carcajada a la mujer en alguna que otra ocasión: pero tampoco es que fuera difícil hacerlo porque por lo general, el resto de la gente la percibía como bastante risueña.

Le dio cierta alegría el tener un vecino con el que poder entenderse tan bien.

—¿Y vives aquí solo?

—¡Sí, conseguí hacerme con ésta delicia de piso con tan solo veintidós añitos…! Todo un logro.

—Y que lo digas. ¿Qué hay de tu familia?

—Yo… Bueno, es difícil de explicar, pero resumiéndolo… Mi familia y supuestos amigos no entendían que me hubiera enamorado de otro hombre, cuando yo siempre fui conocido por ser un Casanova —bromeó— Así que bueno, si un vínculo no te aporta nada… Que al menos no te entorpezca, ¿no crees?

Y claro que lo entendía. Su situación no era la misma que la de ese simpático treintañero que en menos de quince minutos le estaba contando la mitad de su vida, pero sí que Agatha había tenido la mala fortuna de arrimarse a personas que ningún bien le hicieron.

Mantenía tan solo dos buenos amigos de la adolescencia: Edward y Charlotte, pero con ellos le bastaba.

—Debo irme, en poco más de una hora tengo el siguiente tour y debo prepararme; llegar al centro… Me has caído bien —admitió, poniéndose en pie—. Nos vemos en otro momento, Pecas.

Y sí, la británica se quedaría con aquel mote por el resto del verano… Porque cada vez que Federico quisiera sonar cariñoso con ella, la llamaría de tal forma.