1. La Città #2
Seguro que ha vivido tiempos mejores, eso está claro —tras varias horas juntas, la británica ya debería de haberse acostumbrado a la espontaneidad de la portuguesa, pero una vez más, la pilló desprevenida—.
Y aquel señor que bosteza… Claramente está en una crisis existencial, ¡Me identifico tanto con él!
—Mia se mordió el labio inferior y negó con la cabeza—.
¿Qué? Trato de hacer esto más emocionante.
Então, ¿queréis apostar cuál de esas parejas discutirá antes?
—No haremos eso.
—Bueno, pues yo digo que la del fondo… él parece haber olvidado algo importante, y ella está a punto de recordárselo. Pero mirad, si no hay música, podemos cantar nosotras, ¡yo empiezo!
—¡No! —dijeron al unísono.
Yara se dejó caer con cierto dramatismo sobre los escalones mientras su hermana se reía: estaba acostumbrada a que cuando bebía, a la más joven se le escapaba la boca.
—Pues nada, sigamos viviendo la vida loca… Con lo aburrida que es Mimi, tiene pinta de que esto va a ser lo más emocionante que hagamos en toda la semana… Y no, no voy a dejar de quejarme, es mi don. Además, alguien tiene que animar el ambiente, puedo hacer un monólogo si os animáis.
—Pero qué demonios, ¿siempre es así? —susurró Agatha.
—Solo cuando coge confianza. Y parece que contigo la tiene.
Poco más de dos cuartos de hora pasaron antes de que la británica sintiera una extraña vibración en su estómago. Un ligero escalofrío recorrió su espalda. Notó como si algo estuviera a punto de cambiar.
Y así fue. Desde el otro lado de la plaza apareció un tipo que cargaba con un estuche de guitarra y un amplificador portátil, caminó hasta el centro de ésta.
Al verlo, el bullicio de las voces se apagó en la cabeza de Agatha, pero no fue hasta que él empezó a entonar una balada a la par que sus dedos se deslizaban por los trastes de la Fender, que se percató de su estilo alternativo:
le recordó a una mezcla de un cantante de los noventa y un miembro de una banda de metal, como si fuera un alma vieja escapada de esa época y hubiera acabado justo ahí, en aquella plaza.
Un fuerte solo de guitarra llamó la atención de todo el mundo, y fue en ese instante en que Agatha clavó la atención en la maraña de oscuros y alborotados cabellos, que caían poco más allá de los hombros del cantante: aquello le daba cierto aire de rebeldía.
Este movió la cabeza al ritmo de su propia melodía mientras que algunos mechones sueltos le rozaron el rostro, enmarcando su angulosa mandíbula. Tenía la sensación de que el músico era auténtico, salvaje, y se habría atrevido a decir que incluso un poco caótico, así como su cabello.
El hombre alzó la cabeza y, al recorrer el lugar con la mirada, se detuvo en Agatha.
Parecía tener unos veinticinco años. Sus grandes ojos marrones, labios rojizos que combinaban con su pelirrojo y muy rizado pelo, que llevaba adornado con una graciosa pinza con forma de flor.
Se le olvidó cómo respirar en el instante en que él mismo se descubrió con la boca entreabierta, mirándola.
Cuando la pelirroja se sorprendió por ese gesto y se giró hacia atrás buscando a la persona responsable de aquella intensa mirada por parte del italiano, se percató de que no había nadie tras ella.
Habiéndolo notado y sintiéndose avergonzado, disimuló como pudo: siguió tocando, pero ya no cantaba porque no era capaz.
Una involuntaria sonrisa se asomó en su rostro antes de volver a bajar la mirada hacia las cuerdas, pero ella seguía atrapada en los ojos color chocolate que segundos antes se toparon con ella.
Como si fuera parte del espectáculo, de vez en cuando el músico alzaba la mirada con curiosidad, daba la sensación de que se cercioraba de que aquella misteriosa pelirroja continuaba sentada en esas escaleras.
Sus movimientos sobre la guitarra se volvieron un poco más precisos, tratando de llenar el ambiente con algo más intenso que solo la música…
Sus dedos se movían por inercia, porque toda su atención estaba centrada en ella, así que aprovechando el momento, soltó una nota más fuerte que las anteriores para asegurarse de que ella sintiera su música.
Porque en ese instante la música era solo para ella, y con su voz rasposa entonó:
Niente è nuovo nel gioco d'azzardo…
Credo che morirò tra le tue braccia stanotte
Il vento ritorna nella mia memoria
Por su parte Agatha cerró los ojos a la vez que movía la cabeza con lentitud, notando su corazón latir con más fuerza, pero sin llegar a acelerarse.
Al abrirlos, de forma inconsciente volvió a cruzar miradas con él, que destacaba incluso sobre el murmullo de la gente.
Su intensa y directa mirada no se apartaba de Lawson, y por supuesto que Yara fue la primera en reaccionar, inclinándose hacia su hermana con los ojos bien abiertos y una sonrisilla maliciosa.
—¿Soy yo o estamos ante una comedia romántica?
—cuestionó en portugués, para que solo así su hermana la entendiera—.
Porque de ser así necesito palomitas. —Mia no desvió la mirada, y para evitar reír, jugueteó con el piercing de su labio—.
¿Cantará siempre así o… ha decidido que hoy es el día perfecto para conquistar el mundo?
—Pá, por cómo la mira... diría que «el mundo» tiene nombre y apellido.
Ajena a la conversación entre éstas, Agatha bajó la mirada por un momento en el que intentó recuperar el aliento, pero era imposible no volver a alzar la cabeza. Y justo al llegar el estribillo, el cantante irguió ligeramente su barbilla, dándole un toque de firmeza a su voz.
Cuando al fin acabó, la gente de la plaza aplaudió, pero él no parecía estar esperando reconocimiento; su mirada seguía en el mismo punto del inicio, y Yara que no perdía una, chasqueó la lengua.
—Amiguinha, si él no viene a hablarte después de esto, me levanto yo y le pido su número. Y lo digo en serio…
Mia en cambio la ignoró. Se puso en pie y caminó hasta el artista: Agatha tragó saliva porque creyó que si no era una, sería la otra la que la forzase a entablar una conversación con aquel hombre,
que lo más probable es que usase esa técnica de seducción con cualquier turista que se le pusiera delante.
Pero la morena lo que hizo fue depositar una moneda en la funda de su guitarra y regalarle un rápido aplauso al que él respondió con una breve reverencia.
—Cuando se trata de amor, no le tengo miedo a nada —bromeó mientras le guiñaba un ojo a la británica—. Además… el chico toca bien. —admitió ya junto a ellas.
Agatha observó como un hombre de mediana edad se acercaba a charlar con el guitarrista, y por mucho que intentó adivinar lo que le decía, desde la distancia, y con las portuguesas discutiendo por el labial rosado que Yara tomó prestado sin pedirle permiso a su hermana, le fue imposible.
Ante aquello giró la cabeza mirándolas: eran algo peculiares, pero parecían ser nobles, y estaba claro que haber dado con ellas había sido todo un golpe de suerte.