1. La Città
Principios de junio.
Llegó a la ciudad el segundo día de ese mismo mes.
Nada más aterrizar, en cuestión de tres horas vivió más estrés que en todo un año de trabajo: casi pierde el vuelo al quedarse dormida en el aeropuerto de su ciudad de origen.
La rueda de una de sus maletas se partió en cuanto puso un pie fuera de Fiumicino.
Y, por si fuera poco, un simpático taxista —sin licencia— le cobró sesenta euros por el trayecto hasta el apartamento en el que pasaría los siguientes meses.
Al llegar al portal de la que sería su residencia, estuvo esperando al casero más de cuarenta minutos: pasando calor, sentada sobre su enorme maleta de color azul turquesa, mientras la gente que pasaba por la acera la miraba con extrañeza.
Lo más inquietante que le resultó fue que, al otro lado de la avenida, alguien —que parecía ser una mujer— la observaba fijamente: llevaba una capucha que cubría su rostro y un largo vestido holgado, bastante desgastado.
Agatha Lawson sintió una fuerte sensación de incomodidad, ya que antes de haber apalabrado el viaje con el que llevaba tiempo soñando —para el que había estado ahorrando dos años completos—, se estuvo informando respecto a cómo estaba la situación en la ciudad, y en ciertos puntos de esta,
podía toparse con personajes algo peculiares.
Cuando ya había conseguido instalarse y trataba de hacerse a su nuevo hogar, un remolino de sentimientos y pensamientos algo catastróficos se agolpó en su pecho: dejó atrás un trabajo estable que, aunque no le hacía feliz, pagaba sus facturas.
Estaría tres meses sin ver a su familia y amigos.
No tenía apenas noción del idioma de aquel país…
Todo ello la llevó a una pequeña crisis, en la que se puso a dar vueltas por la habitación, tratando de calmarse a sí misma, llorando, con una fuerte angustia sobre el pecho, pero pensó en cómo una vieja amiga siempre tenía por lema: «Quien no arriesga, no gana».
Y vaya que sí era cierto que se arriesgaría en el verano de dos mil veintidós.
Esa misma tarde se decidió a salir a dar un paseo por la zona centro de Roma, pero le era imposible dejar de pensar en ese sueño que había tenido en el aeropuerto, y por el que casi pierde el avión.
No recordaba el momento en que se durmió, pero sí cuando el sonido de una campanita le hizo ser consciente del abrasador sol sobre su piel y un murmullo constante de la ciudad que la rodeaba.
Los adoquines bajo sus pies eran firmes pero irregulares, y las majestuosas edificaciones de mármol blanco y ladrillo rojo la rodeaban.
Se adaptó bien al lugar: le resultaba de lo más acogedor, y en cierto modo se sentía como en su propia casa.
Tuvo la oportunidad de dar largos paseos a las orillas del Tíber, sentarse a ver el atardecer con la cúpula del Vaticano al fondo…
Y, cómo no, oír música en directo en el puente que conducía al Castillo de Sant’Angelo.
Ante las insistencias telefónicas de su padre porque le mandara alguna que otra foto del Coliseo, se vio obligada a cambiar su ruta de aquella tarde.
No sabía por qué, pero, a la par que le resultaba atractiva la idea de caminar por los alrededores del anfiteatro, también le angustiaba: ¿tratar de pasear entre las marabuntas de gente, haciendo cola para acceder…
? Justo lo que no necesitaba en aquel momento.
Parecía extraño, pero en los días que llevaba en Roma, todavía no se había dignado a visitar la construcción. Todo por no tener que soportar a los turistas, el calor, el sudor que tanto le repugnaba…
Pero justo al doblar la esquina, lo supo…
El Coliseo romano se había revelado ante sus ojos, y sintió su corazón dejar de latir por un instante, porque aquella primera visión del anfiteatro la dejó sin aliento.
Sus manos temblaron ligeramente al ver que una de las siete maravillas desafiaba el paso del tiempo, parecía que un gigante estuviera dormido ante los ojos de la mujer.
Ella permaneció ahí inmóvil: las pupilas dilatadas le brillaban, y su corazón se inundó de gratitud… Lo más curioso de todo fue que, sin saber el porqué, sus ojos se llenaron de lágrimas.
Puede que fuera la emoción del momento, o haber estado aguantando varios días el semblante de ‘mujer joven e independiente’ con el que había dejado atrás su casa, pero el caso es que nunca antes se había sentido como en ese momento.
Le pareció oír que las voces de la antigua Roma resonaban junto a sus oídos, y fue en aquel momento cuando cada fibra de su ser se tensó, sintiéndose parte de algo mucho más grande…
Un hilo en el vasto tapiz de la historia humana.
Pasó horas por aquella misma zona, en las que recorrió sus alrededores, prestó atención a cada uno de los detalles de la fachada del Coliseo e incluso tomó asiento en un buen sitio donde contemplar el atardecer: consiguió sacar una de las mejores fotografías de todo el viaje, y, en cierto modo,
aquel bonito recuerdo se lo debía a su padre por insistir en la foto que le prometió.
Aquel momento dejó en ella una huella que jamás podría borrar, porque la paz que sintió la hizo estar conectada con la eterna ciudad.
Se sumergió de lleno en su mundo, en su música, porque Agatha no iba a ninguna parte sin sus auriculares y su lista de reproducción…
Había creado una especial para ese viaje en concreto, y sus amigos estaban más que hartos de oír las mismas canciones en bucle una y otra vez cuando se subían en su coche.
Eso mismo fue lo que le impidió oír los gritos de un grupo de personas no muy lejos de ella, pero pronto, a la par que en sus oídos el batería de Judas Priest se lucía con su solo, notó cómo alguien la empujaba contra el suelo.
No llegó a hacerse daño, por suerte, pero al alzar la cabeza vio a un jovencísimo chico, corriendo a toda prisa, como si tratara de huir.
Y junto a ella, cayó una cámara de fotos analógica a la que no dio mucha importancia cuando se estaba poniendo en pie dispuesta a enfrentarse a ese chaval; pero alguien tocó su brazo.
—Caralho… ¿Te encuentras bien? —aquella chica portuguesa la miró con preocupación—. Ha sido un buen golpe —al ver que no obtenía respuesta, insistió—: Mi nombre es Yara, y ella es mi hermana Mia.
Al mirarlas con detenimiento pudo darse cuenta del inexistente parecido entre ellas: Yara, que evidentemente era la más joven, tenía un largo cabello rubio y muy cuidado que le llegaba más allá de su cintura.
Era bajita y su piel era un tono canela que muy probablemente habría rociado con alguna bruma veraniega, porque además de sentir un empalagoso aroma al estar junto a ella, cuando le daban los rayos del sol se veían pequeñas partículas brillantes sobre esta.
Sus ojos eran grandes y expresivos y el color caramelo en ellos combinaba a la perfección con la ropa de lino en tonos neutros con la que acostumbraba a vestir.
—Agatha Lawson —se presentó a sí misma, con una simpática mueca, porque la verdad es que tras un par de días agradecía enormemente poder hablar con alguien que no fueran el panadero o la mujer del supermercado que había debajo de su apartamento—. Por poco se escapa con vuestra cámara, ¿eh?
—Pá, suerte que estabas para hacerle un placaje —bromeó la otra.
—Mimi y yo íbamos a tomar algo por la zona, ¿te apuntas?
—Déjanos invitarte, es lo mínimo que podemos hacer por nuestra salvadora de recuerdos —sonrió.
Agatha la miró detenidamente: tendría su misma edad, el pelo oscuro que le llegaba por los hombros, y unos radiantes ojos de color verde a través de los cuales podía leerse su alma.
A diferencia de su hermana, vestía algo más sencillo: un vaquero corto y una camiseta de tirantes, lo que de verdad llamaba la atención de su atuendo, eran los accesorios que lo complementaban: por lo menos una decena de pulseras, un piercing en el labio inferior,
una cinta en el pelo y unas gafas adecuadas para su alto nivel de miopía con los cristales redondeados y la montura roja.
Accedió a ir con ellas, y en búsqueda de algún local donde terminar de pasar la tarde, consiguieron dar con un sitio que estaba frente al Altar de la Patria, desde donde se podía contemplar este mismo, mientras disfrutaban de un Aperol.
—Así que de Portugal, ¿eh?
—Concretamente de Lisboa —explicó la más joven, dándole un pequeño sorbo a la bebida antes de continuar—: No esperaba estar bebiendo con una británica, creía que la gente distinguida como tú solo bebía té y tomaba pastas…
—en aquel momento Agatha no lo sabía porque no la conocía todavía, pero Yara estaba tomándole el pelo—.
La verdad, dudo mucho que yo pudiera estar tanto tiempo sin sentir el sol broncearme…
—Nunca has estado en Londres, ¿verdad? Tal vez solo conozca a un par de personas con las que el adjetivo «distinguidos» encaje —rió—. Y a decir verdad, te sorprendería el clima que tenemos allí en ocasiones.
—¿Y qué te trae por Roma? Nosotras nos hemos tomado un año sabático.
—En realidad es la excusa perfecta para pasar el verano aquí, en la tierra del sol, el aire y las pizzas.
—Un cambio de aires —respondió—. Llevaba tiempo queriendo pasar el verano conmigo misma y aquí estaré hasta finales de agosto.
—¡Vaya…! Eso deberíamos haber hecho nosotras, pero mi hermana insistió en ir de acá para allá. Pero, ¿sabes qué? Yo preferiría quedarme por aquí tranquilamente, y… —admitió, mientras sacaba un espejito de su bolso y comenzaba a retocarse algunos mechones de pelo.
—Yara… —renegó la mayor.
Pasaron las horas y para ellas fue como si se conocieran desde siempre, porque aunque era abierta, Agatha solía mantenerse al margen en las conversaciones, era más de observar que de intervenir, pero con las Pereira fue completamente distinto.
Puede que el destino quisiera unirlas en ese viaje, o quizá simplemente fuera la casualidad…
Pero el caso es que tras esas copas fueron a cenar algo y después a una conocida plaza donde, según les aconsejó la camarera, alguna que otra noche de verano los músicos se ponían ahí a tocar, pero finalmente no había nadie actuando.
—No hay música pero podemos contemplar… —Yara hizo una pausa—.
¡Esa pared…! Qué elegancia, qué presencia.