UBI TU, IBI EGO
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PRÓLOGO
No había vuelta atrás.
Siempre tuvo la esperanza de que, llegado el momento de su muerte, los campos elíseos le estuvieran esperando a su llegada. Pero el destino tenía planes muy diferentes para ella.
La mujer hizo aquello porque, ¿acaso le quedaba otra alternativa? Aquel despiadado hombre le había advertido algún tiempo atrás, e incluso habiéndolo hecho, lo desobedeció.
Empuñó el arma frente a su esposo y frente al resto de la ciudadanía que lo único parecía desear era ver la sangre correr, empapando la arena de aquel anfiteatro.
Él fue testigo de todo, muy a su pesar. Anhelaba más que nada volver a ser libre junto a ella, porque esa mujer había conseguido calar en lo más profundo de su ser desde hacía más tiempo del que jamás reconoció en vida, pero que por azares del destino, acabaría confesando.
Cuando sus ojos derramaron la última lágrima y su boca expiró su último aliento, lo hizo con la mano en el vientre, tratando de proteger algo que ya no estaba ahí. De nada había servido todo lo sufrido, todo lo luchado.
Debió resignarse ante la mirada de un pueblo que en su día la veneró, pero jamás la amó realmente; porque lo que apreciaban en verdad no era otra cosa más que lo que hacía por ellos y que cuando su esposo estaba prestando total atención a ella, parecía que todos respiraban más tranquilos.
Nadie lo admitió nunca, pero toda Roma le temía, y el hecho de que esa mujer se hubiera unido a él ante los ojos de los dioses; con un hombre al que toleraba, pero no deseaba, fue la clara demostración del poder que tenía sobre todo y sobre todos. En especial, con esa pobre mujer.
La vida fue cruel con ella y con quienes la rodeaban: unos por destino, y otros por decisiones personales basadas en el beneficio propio, que cambió la vida de la joven mujer para siempre, y la del hombre que hubiera dado su vida por ella, de haber sido necesario.
—¿Acaso creíste que jamás me enteraría? —susurró tan cerca de su oído, que incluso el vello de los brazos se le erizó, pero no fue tanto por el gesto, sino por lo que traía consigo—. Querida… Debiste ser más cauta. Lo único que te pedí fue que me obedecieras, ¿no es así?
—No podía soportar seguir viviendo bajo las órdenes de nadie, y menos aún de las tuyas.
El hombre siseó, mientras negaba con la cabeza y sonreía de forma que ella percibió como peligrosa: y vaya si lo era.
—Luna mía, no sabes la de sacrificios que debí hacer en su día para tenerte hoy conmigo, ¿y tú me lo pagas de este modo? No solo eres una desgraciada, también eres una infiel.
Mientras se desangraba, esa conversación se repetía en su mente una y otra vez, como si cambiar sus palabras u oponerse a las acusaciones de su esposo, su final hubiera podido ser uno totalmente opuesto al que fue.
Pero no.
—Mi Fortuna, por favor… —susurraba, arrodillado mientras apartaba aquella daga de su mano cubierta de sangre.
—Es tarde, debemos irnos. —pronunció, con un hilo de voz.
—No. No puedes marcharte, no aún. Por favor.
Pero al ver cómo los ojos de la mujer, que tendida sobre un creciente charco de sangre, se iban cerrando lentamente por mucho que ella tratara de resistir, aquel mercenario no tuvo más remedio que hacer frente a lo que ocurriría a continuación: el amor de su vida se iría para siempre, y con este,
sus propias ganas de vivir.
Ya no le quedaba nada, no le quedaba nadie…
Pese a haberse jurado a sí mismo años atrás no permitirse sentir nunca nada por quienquiera que fuera, enfocarse en defender al emperador y a su hermano, y acatar todas las órdenes que estos le daban, cuando la vio por primera vez en aquel lugar, todo cambió para siempre en su interior:
no volvió a ser el mismo.
Aquellos pequeños detalles a los que antaño no daba importancia, como quitarse el vello de la barba a diario, o que su espada fuese la más reluciente de todas, poco a poco fueron convirtiéndose en pequeñas costumbres de conquista.
Y sí, por supuesto que atraía a muchas féminas, especialmente las de alta cuna con las que solían rodearse los hombres para los que desempeñaba su cargo como mercenario, pero solo le importaba una.
Aún no conocía su nombre, sabía de quién se trataba, de qué casa descendía, pero lo único que llevaba grabado a fuego en su mente eran aquellos dos ojos marrones con los que se había cruzado apenas un instante.
Pero aquello le bastó. Fue suficiente para él, y para su corazón, que se encogió ante esa tímida sonrisa desde la distancia.
Y ahora, debía quedarse con el recuerdo.