Turoliense 58 Declaración de una mujer de cuarenta y un años
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58 Declaración de una mujer de cuarenta y un años

Lo hizo en tercera persona durante los primeros diez minutos y después ya no pudo.

—¿Y por qué se quedó en la pista?

—Porque ella me dijo que había llamado a la Guardia Civil por la mañana y que iba a mandarles el correo con las fotos esa misma noche, desde el ordenador de la escuela, cuando volviera de Orihuela.

—¿Y usted qué pensó?

—Yo pensé: si manda ese correo, se acaba. —Elisa miraba un punto de la mesa—. Y me fui al coche y bajé por la pista y a los tres kilómetros paré. Y me quedé parada. Y al principio lo que quería era llamarle a él y preguntarle qué hacía.

—¿Le llamó?

—No hay cobertura. Eso lo sabía. Por eso paré allí.

La jueza levantó la vista.

—¿Está usted diciendo que se detuvo en un punto sin cobertura a propósito?

Elisa tardó en contestar.

—Estoy diciendo que sabía que allí no había cobertura y que paré allí. Interprételo usted, señoría, que yo llevo cinco meses interpretándolo.

—Siga.

—Estuve cuatro horas. Se me pasaron por la cabeza muchas cosas.

Pensé en irme. Dos veces arranqué el coche y lo volví a apagar.

Pensé en subir a la escuela y quitar el cable del teléfono, se lo juro, eso lo pensé y me pareció una idea buenísima durante media hora.

Pensé en contárselo todo a ella. —Se le fue la voz—.

Y a las diez y pico vi las luces de su coche subiendo por la pista.

—¿Y qué hizo?

—Encendí las de emergencia y me puse en medio. Ella paró. Se bajó preocupada, pensando que me había quedado tirada. Me dijo: «Mujer, ¿otra vez por aquí?» Y se rio.

Silencio en la sala.

—Le dije que había perdido una lente de contacto en la escuela por la tarde y que subiendo a buscarla se me había hecho de noche y me había desorientado, y que había visto una luz en la vaguada y que me daba miedo. Y ella cogió la linterna del coche y me dijo: «Vamos a mirar.»

—¿Subieron juntas?

—Subimos juntas trescientos metros, señoría. Con su linterna. Hablando. Me contó que su hermana iba a ser abuela.

Elisa se detuvo. La letrada le acercó el vaso de agua y ella no lo cogió.

—Llegamos a la nevera. Ella se acercó al brocal a mirar dentro, con la linterna. Se apoyó con la mano izquierda. Y se giró hacia mí y me dijo: «Aquí no hay nada, Elisa, ¿tú estás bien?»

—¿Y qué hizo usted?

—La empujé.

—¿Con qué parte del cuerpo?

—Con las dos manos, en el hombro. —Elisa Bádenas levantó la cabeza por primera vez—. Señoría, no me pregunte si lo pensé, porque le voy a decir que no y no es verdad. Lo pensé durante cuatro horas en un coche. Lo que pasa es que en el momento de hacerlo no pensé nada.

—¿Qué ocurrió después?

—Que no se oyó nada. —Se le llenaron los ojos—. Eso es lo que nadie sabe. Que un pozo de ocho metros no hace ruido. Que la llamé por su nombre durante cinco minutos y no me contestó nadie, y que la linterna se le había caído dentro y se veía un poco de luz en el fondo.

—¿Y el teléfono?

—Se le había caído fuera, junto al brocal.

Yo lo pisé sin querer y lo recogí y no supe qué hacer con él.

—Cerró los ojos—. Y lo tiré dentro. Para que estuviera con ella.

Eso es lo que pensé. Y después, en el coche, me di cuenta de que había hecho algo aún peor, porque así parecía un accidente, y yo no quería que pareciera nada, yo solo quería que aquella noche no hubiera pasado.