Turoliense 54 El diez de febrero
78%

54 El diez de febrero

Le leyeron sus derechos en el salón, delante de su mujer, que no dijo una palabra ni entonces ni en los quince meses siguientes.

Pidió ponerse una corbata. Se la dejaron.

Declaró ese mismo día a las cinco de la tarde, con dos abogados, durante una hora y cuarenta minutos, y, contra el consejo expreso de ambos, contestó a todo.

—Sí, mandé ese correo. Sí, lo escribí yo. Sí, estaba asustado.

—¿De qué estaba asustado?

—De que apareciera en internet la fotografía de una etiqueta escrita por un hombre al que yo le quité lo que era suyo.

—Tenía las manos encima de la mesa, muy quietas—.

Teniente, esto lo voy a decir una vez. En 1999 yo utilicé material procedente de una finca particular y lo registré como procedente de la cantera municipal.

Lo hice porque el propietario me lo había ofrecido a cambio de una condición que a mí me pareció absurda y por la que hoy daría diez años de vida.

—¿Qué condición?

—Que constara su nombre. —Aurelio Pobo tragó saliva—. Quería que constara su nombre, teniente. No dinero. El nombre.

—¿Y usted por qué no quiso?

—Porque tenía treinta y ocho años y era un imbécil con ambición, y porque en mi cabeza aquello era mi hallazgo y él era un pastor con un pico. —Levantó la vista—. Y ahora dígame usted qué pena corresponde a eso, porque llevo veintisiete años buscándola en los libros y no la encuentro.

Nieves dejó pasar tres segundos.

—Profesor, ¿usted le pidió a Elisa Bádenas que matara a Marisol Sanz?

—No.

—¿Usted sabía que iba a matarla?

—No.

—¿Usted sabía que Benjamín Lahoz estaba en aquella sima?

Aurelio Pobo Cañada la miró con unos ojos completamente serenos.

—No —dijo—. Yo creí, como todo el mundo, que se había ido a Francia.

Y fue la primera respuesta de toda la tarde que Nieves Escriche no se creyó en absoluto.