52 Una estrategia fea
Volvieron a la sala del primer piso aquella misma tarde y estuvieron cuatro horas.
—Resumo —dijo Nieves, de pie ante la pizarra—. Tenemos un asesinato que no podemos perseguir y un asesinato que sí. Y tenemos la sospecha razonable de que el primero es la causa del segundo. Nuestro problema es que la única persona que puede unir los dos está en Zuera y no habla.
—¿Y por qué no habla? —preguntó Amaro Sancho.
Delia Barrachina contestó antes que nadie.
—Porque la están pagando.
—Porque la están pagando —repitió Nieves—, y porque cree que está protegiendo algo que merece la pena. Y esa es la parte que nos toca a nosotros.
Escribió en la pizarra tres palabras: LO QUE ELLA CREE.
—Elisa Bádenas tiene cuarenta y un años y lleva veintiuno en esto. Entró con veinte y él la hizo. Le dirigió la tesis, le dio el trabajo, la puso al frente de la fundación en 2018. Cuando ella ordenó el archivo en 2014 encontró las hojas de Beni y no las sacó. ¿Por qué no las sacó?
—Por no hundirlo —dijo Delia.
—Por no hundirlo. Fíjate en la palabra que no has usado. No has dicho «por no hundirse».
—Es que no es por ella.
—Exacto. —Nieves se giró—. Ella no está tapando una carrera. Está tapando la de él. Y sobre todo: cuando mató a Marisol Sanz, ¿qué creía que estaba tapando?
Se hizo un silencio.
—Un fraude académico —dijo Calomarde.
—Un fraude académico —confirmó Nieves—. Feo, vergonzoso, capaz de destrozar la vida de un anciano al que adora y de cerrar un museo que da de comer a su pueblo de adopción.
Eso es lo que ella cree que estaba en juego.
—Dejó el rotulador en la bandeja—. Y no lo era.
Lo que estaba en juego era un asesinato del que ella no sabía nada.
Tortajada, desde el fondo, habló con voz muy baja.
—Teniente, lo que está usted pensando es meterle en la cabeza a una mujer que ha matado por lealtad que el hombre al que ha sido leal mató antes, y dejarla sola con eso.
—Sí, capitán.
—Es una faena.
—Es una faena —dijo Nieves—. Y es la única puerta que tiene esa causa. Y, si me permite, también es la única puerta que tiene ella.
—¿Ella?
—Si sale de aquí sin saberlo, capitán, cumple veinte años creyendo que ha hecho algo horrible por una causa decente. —Nieves recogió sus papeles—. Y eso, con perdón, me parece la segunda cosa más cruel que le puede pasar a una persona.