48 Diecisiete de diciembre
No se resistió, no preguntó nada y no lloró. Le dijo al guardia Sancho, que fue quien la esposó, una única frase:
—Tengo un gato. Se llama Mío. Está solo.
El registro empezó a las siete y cuarenta con la jueza Grao presente y duró seis horas y media.
Encontraron, en el armario del dormitorio, un chaleco de forro polar azul marino con el logotipo de la fundación y una rotura de dos centímetros en el puño izquierdo.
Encontraron, en el cajón de la mesilla, un blíster de lorazepam con receta de septiembre y quince comprimidos consumidos de treinta.
Y encontraron, en el segundo estante de la librería del salón, entre una guía de campo y un manual de conservación preventiva, un sobre de papel de estraza con veintidós fotografías impresas: excavaciones, campamentos, grupos posando con la camiseta de la campaña.
En todas ellas, en algún sitio, había un hombre alto de barba.
En la última, tomada en agosto de 2005, una chica de veinte años cubierta de polvo se reía junto a un bloque de roca. Detrás, escrito con bolígrafo, ponía: «Elisa, tu primer día. Bienvenida a la única cosa que importa. A. P.»
Nieves estuvo un rato con esa foto en la mano.
—Mi teniente —dijo Sancho desde la puerta—. El gato, ¿qué hacemos con el gato?
—Llévalo a casa de su hermana. Está en la agenda.
Bajó a la calle y respiró el aire helado de Teruel en diciembre, ese que hace daño al principio.
Tenía a la autora del asesinato de Marisol Sanz Alegre detenida, once piezas recuperadas, una fibra, un mortero de cal, cuatro horas de un coche parado en una pista de monte.
Y tenía la sensación, exactamente la misma que tenía desde el día en que subieron el cráneo por la boca de una sima, de estar deteniendo a la persona equivocada en el momento adecuado.