Turoliense 47 Té con el profesor
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47 Té con el profesor

Estaba más delgado. Tenía el periódico doblado sobre la mesa, con el titular a la vista.

—Le voy a ahorrar el rodeo —dijo—. Sí, me bajé en Cella. Y no fui a Madrid.

—¿Por qué no nos lo dijo en septiembre?

—Porque no me lo preguntó, y porque llevo veintisiete años sin decírselo a nadie. —Se sirvió el té con pulso firme—. ¿Sabe usted lo que era aquel día en esta provincia? Aquel día no ir era una traición. Y yo no fui.

—¿Por qué no fue?

—Porque tenía que ir a Zaragoza. Estaba en juego la prórroga del permiso de excavación y había que entregar una documentación el lunes a primera hora, y yo, que soy un desastre, la tenía a medias.

—Bebió—. Cogí mi coche en Cella, donde lo había dejado el viernes, subí a Zaragoza, estuve en mi despacho de la facultad hasta las ocho de la tarde y volví.

—¿Alguien lo vio?

—El sábado en la facultad no hay nadie, teniente. Esa es la gracia de ir un sábado.

—¿Y a qué hora volvió?

—Tarde. Muy tarde. —La miró por encima de la taza—. ¿Va a preguntarme por una gasolinera?

Nieves no contestó.

—Pues sí, eché gasolina en Cella de madrugada, porque volvía de Zaragoza con la reserva, y a esa hora es lo único que hay abierto en cien kilómetros.

Y después dormí en mi casa de Teruel y el lunes entregué el papel.

Y todo eso, teniente, es exactamente lo que hace un profesor de universidad mediocre y cumplidor, que es lo que yo era en 1999.

Nieves esperó.

—Profesor, el 2 de junio de 1999 Benjamín Lahoz le entregó a usted dos hojas escritas a mano.

Fue la primera vez que lo vio quieto de verdad.

Aurelio Pobo dejó la taza en el plato con mucho cuidado, como si fuera a romperse algo.

—Sí —dijo.

—¿Qué hizo con ellas?

—Las guardé.

—¿Por qué no las incorporó al expediente de la campaña?

El anciano se quedó mirando la ventana, el balcón, la tarde de diciembre.

—Porque si las incorporaba —dijo—, aquello dejaba de ser un descubrimiento y pasaba a ser una denuncia.

Y yo tenía cincuenta y ocho horas de trabajo invertidas, un equipo de nueve personas y un animal de veintiséis metros debajo de una ladera.

—Volvió la cara hacia ella—. Y tenía treinta y ocho años, teniente.

Usted ahora tiene más y entenderá lo que le digo: a los treinta y ocho uno cree que el tiempo para arreglar las cosas es infinito.

—¿Y lo arregló?

—No.

—¿Y qué pasó con el hombre que escribió esas hojas?

Aurelio Pobo Cañada sostuvo la mirada sin pestañear.

—Se fue a Francia —dijo—. Eso es lo que yo supe durante veintisiete años.