Turoliense 46 Cinta de sesenta minutos
67%

46 Cinta de sesenta minutos

—Yo no sé si esto sirve para algo, pero lo he visto ocho veces en la tele local y siempre sale mi cuñado.

Calomarde tardó dos días en encontrar un aparato que la leyera y otro en digitalizarla sin estropearla.

Los primeros nueve minutos eran el interior del autobús, de noche, a las cinco y media de la mañana. Se veían asientos, gorros, termos, una bota de vino, gente cantando la jota. El cámara iba pasillo adelante, saludando de fila en fila, diciendo nombres.

—«Aquí los de Griegos. Aquí Ovidio, que nos lleva. Aquí don Aurelio, el de los huesos, que hoy también viene.»

Y ahí estaba: sentado junto a la ventanilla, fila diez, con un anorak verde y el pelo todavía oscuro, un hombre de treinta y ocho años levantando la mano hacia la cámara con una sonrisa incómoda.

Nieves y Calomarde vieron los cuarenta y un minutos dos veces seguidas.

En el minuto veintidós, la cámara volvía a recorrer el autobús. Era de día. Se veía por las ventanillas un paisaje llano y un cartel de la carretera N-234. El cámara iba otra vez fila por fila, contento, grabando caras.

La fila diez estaba vacía.

En el minuto veintitrés, una voz de mujer decía fuera de campo:

—«¿Y el profesor?»

Y la voz del cámara, riéndose:

—«Se ha quedado en Cella. Que tiene un papeleo. Ya ves tú, hoy.»

Calomarde paró la imagen.

—Está fechado, mi teniente. Hay dos fechas: la de la carátula y la del contador interno de la cámara, que se grabó en el arranque y es 20-11-1999.

Nieves miró el asiento vacío en la pantalla granulada.

—Iker, ¿dónde estaba el autobús en el minuto veintidós?

—Por la fecha, la hora del contador y el cartel, entre Monreal y Calamocha. Son las 8.20 de la mañana.

—Ponme al lado la otra cosa.

Calomarde abrió el otro documento: la fotocopia de un talón de una estación de servicio de Cella, recuperada en las catorce cajas del trastero, porque el conductor del autobús adjuntaba siempre los gastos al fletamento.

Debajo del repostaje del autocar, engrapado por error, había otro ticket: un repostaje de 4.100 pesetas, de un turismo, pagado en efectivo, con la fecha del 21 de noviembre de 1999 y la hora impresa: 01.12.

—Un coche repostando en Cella a la una y doce de la madrugada del domingo —dijo Nieves—. En el pueblo donde se bajó el profesor Pobo diecinueve horas antes.

—No pone la matrícula, mi teniente. En el noventa y nueve no se ponía.

—No pone nada. —Nieves se echó hacia atrás—. Solo pone que a la una y doce de la madrugada, en un pueblo de la carretera de Zaragoza, alguien echó gasolina para cuatrocientos kilómetros.