45 La segunda declaración
Se sentó muy recta. Llevaba el pelo recogido y no llevaba las gafas colgadas del cuello.
—Sí.
El abogado le tocó el brazo. Elisa miró la mesa.
—Me acojo a mi derecho a no declarar.
—¿Estuvo usted en la pista de la Loma?
—Me acojo a mi derecho a no declarar.
Nieves abrió una carpeta y sacó tres folios. No los empujó hacia ella; los dejó del lado suyo de la mesa, bien visibles.
—No voy a hacerle más preguntas sobre el 15 de octubre. Voy a hacerle una sola pregunta sobre otra cosa y después terminamos.
Silencio.
—El 2 de junio de 1999, Benjamín Lahoz escribió dos hojas y se las entregó al profesor Aurelio Pobo.
Las hemos encontrado en el archivo de su fundación, dentro del cuaderno de campo, donde llevan veintisiete años.
—Nieves giró la primera hoja—. Usted ordenó ese archivo en 2014. Hay un acta firmada por usted.
Elisa no miró el papel.
—Me acojo a mi derecho a no declarar.
—Usted vio esas hojas en 2014 —dijo Nieves, sin subir la voz—. Y las volvió a dejar donde estaban.
Fue entonces cuando Elisa Bádenas levantó la cabeza, y por un segundo, uno solo, se le vio todo: el miedo, el cansancio y una especie de furia antigua.
—Usted no sabe lo que es —dijo.
El abogado le puso la mano en el brazo otra vez y ella se calló.
—¿Lo que es qué? —preguntó Nieves.
—Me acojo a mi derecho a no declarar.
Cuando se la llevaron, el capitán Tortajada, que había estado detrás del cristal, entró en la sala y se sentó pesadamente.
—«Usted no sabe lo que es» —repitió—. ¿Lo que es qué?
—Deber algo a alguien —dijo Nieves—. Eso es lo que iba a decir.