Turoliense 49 Un reenvío sin texto
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49 Un reenvío sin texto

El servidor de correo de la Fundación Cañigral estaba alojado en un proveedor de Zaragoza que guardaba copias de seguridad diarias durante dieciocho meses.

Lo que salió de allí ocupaba media página y cambió el caso.

Nieves se inclinó sobre la mesa.

—¿Y la respuesta?

—La respuesta entra el 3 de octubre a las 23.41 desde esa misma dirección. Y fue borrada del buzón el 16 de octubre a las 08.02 de la mañana. —Calomarde levantó la vista—. La copia de seguridad del día 15 la tiene.

Puso el texto en la pantalla.

«Esto es la libreta de la que te hablé. Si esa etiqueta se escanea y se cuelga, se acabó todo: el yacimiento, la fundación, el pueblo y tú. Hazme el favor de ir tú y recogerlo antes de que lo vea nadie más. Y no lo hables con nadie. Nadie, Elisa.»

Se quedaron los cinco callados.

—«Hazme el favor de ir tú» —leyó Delia en voz alta.

—Y «no lo hables con nadie» —dijo Tortajada—. Dos veces.

Nieves se levantó y fue a la ventana.

—Iker. Esa cuenta de Gmail, ¿de quién es?

—Se creó en 2011. El titular declarado es «A. Pobo». El teléfono de recuperación es un fijo de la calle San Francisco de Teruel. —Calomarde carraspeó—. Y desde 2011, el noventa y uno por ciento de los accesos vienen de dos direcciones IP: la de ese domicilio y la de la Universidad de Zaragoza.

—¿Y el 3 de octubre a las 23.41?

—Del domicilio de la calle San Francisco.

Nieves se quedó mirando el tejado de enfrente, donde se había posado una urraca.

—Ya lo tenemos —dijo Amaro Sancho.

—No —dijo ella—. Tenemos a un hombre de sesenta y cinco años que le manda un correo alarmista a su discípula pidiéndole que recoja unas piedras. Eso, en un juicio, es un señor preocupado por su reputación académica.

—¿Y lo del «nadie»?

—Lo del «nadie» es lo que a mí me quita el sueño —dijo Nieves—. Pero lo que a mí me quita el sueño no es un delito.