Turoliense 43 Un coche que no estaba en casa
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43 Un coche que no estaba en casa

Movió el cursor.

La línea roja no bajaba hacia Teruel. Subía.

Delia se inclinó hacia la pantalla.

—¿Cuatro horas sentada en el coche en una pista de monte en octubre?

—Cuatro horas menos cuatro minutos. A las 21.54 hay un encendido de dos minutos, seguramente para poner la calefacción. Y a las 22.06 arranca de verdad.

—¿Y a dónde va?

—A ningún sitio. —Calomarde amplió—. Hace doscientos metros por la pista hacia arriba, se detiene siete minutos, y da la vuelta. A las 22.13 empieza a bajar. A las 23.28 aparca en su plaza de garaje de Teruel.

Nadie habló durante unos segundos.

—El coche de Marisol Sanz —dijo Nieves— apareció en ese mismo ensanchamiento.

—Sí, mi teniente.

—O sea que la esperó ahí cuatro horas. Sabiendo que volvía de la reunión de Orihuela por esa pista.

—Por esa pista se va a Cañigral atajando doce kilómetros —dijo Delia—. Lo hace todo el mundo del pueblo, y la maestra llevaba nueve años haciéndolo.

Nieves se quedó mirando la línea roja y el punto quieto durante casi cuatro horas.

Cuatro horas es mucho tiempo. Cuatro horas es tiempo para arrepentirse dieciocho veces, para arrancar y no arrancar, para llorar, para rezar si uno reza. Cuatro horas no es un arrebato.

—Iker —dijo—. Quiero saber si en esas cuatro horas ese teléfono habló con alguien.

—En esa pista no hay cobertura, mi teniente.

—Pues quiero saber con quién habló antes de entrar y después de salir.