41 Las dos mitades
La vértebra caudal medía sesenta y un centímetros y pesaba veintiséis kilos. Hicieron falta cuatro personas y una plancha de espuma técnica para sacarla.
La media vértebra de la Umbría del Sabinar llegó en una caja a medida, con la superficie de fractura protegida por papel japonés.
Consuelo Garcés pidió cuarenta minutos y una mesa firme.
No las juntó directamente. Primero fotografió las dos superficies de rotura con luz rasante desde ocho ángulos. Después las midió: espesor de la pared ósea, diámetro del canal neural, ángulo de las láminas. Después tomó calcos de silicona de ambas.
A las nueve y treinta y cinco puso los dos calcos uno contra otro sobre la mesa, y se vio desde el otro lado de la sala.
Encajaban como encajan dos trozos de un plato.
—Coincidencia morfológica de la superficie de fractura en el noventa y uno por ciento del perímetro —dictó Consuelo —. Continuidad de tres trabéculas internas de más de cuatro centímetros. Continuidad del patrón de fracturación radial. Y continuidad, señoría, de una cosa que no esperaba.
—¿Cuál?
—De una raya. —Señaló con el meñique—. Aquí, en el borde. Hay una marca de herramienta de punta plana de doce milímetros que empieza en una mitad y sigue en la otra. La hizo alguien con una palanqueta, con el hueso todavía entero, apalancando para sacarlo del estrato. Y se rompió.
La jueza Lourdes Grao se quitó las gafas.
—Deje constancia el secretario —dijo— de que la pieza expuesta bajo la cartela «CU-99-001, Cantera de la Umbría, nivel 3» y la pieza recuperada en el paraje Umbría del Sabinar, finca 4.112, son fragmentos de un mismo hueso separados mediante herramienta.
Nadie dijo nada.
Nieves, que estaba de pie junto a la puerta, no miraba la mesa. Miraba a Elisa Bádenas, que estaba apoyada en la pared del fondo con los brazos cruzados y la cara de una persona que ve derrumbarse un edificio en el que vive.
Y entonces Elisa hizo algo raro.
Cerró los ojos y asintió despacio, tres veces, como quien confirma una cuenta que llevaba años haciendo.