40 Una escritura y un hombre en el abrevadero
—Veintisiete años pagando el IBI un muerto —dijo Delia—. Lo pagaba la hermana, de su cuenta. Dice que no supo hacer otra cosa.
Cuando terminó, Pura tardó en hablar.
—Mi hermano no quería dinero —dijo—. Se lo juro por lo que usted quiera. Él quería que en el cartel pusiera de dónde había salido.
—Lo sé.
—¿Y va a poner?
—Voy a intentarlo.
Pura Lahoz asintió despacio y después dijo una cosa que Nieves no esperaba.
—Ese hombre, el del abrevadero. El de los perros. ¿Es amigo suyo?
Nieves se quedó quieta.
—¿Por qué lo dice?
—Porque los coches se ven, hija. Aquí se ven todos los coches.
Aquella misma noche, a las ocho y media, Nieves aparcó en el rellano de la pista de la Umbría. Cas estaba metiendo sacos en el maletero y los perros la saludaron como siempre.
—Tenemos que hablar —dijo ella.
—Eso nunca ha significado nada bueno.
—Su finca del rellano alto linda por el este con la finca 4.112.
Cas dejó el saco en el suelo.
—Linda, sí. Con el Sabinar de Beni.
—Y usted tiene un derecho de paso por esa finca para llegar a la suya.
—Desde mil novecientos ochenta y tantos. Era de mi padre.
—Y no me lo dijo.
—No me lo preguntó. —Se irguió—. Teniente, en esta sierra todo linda con todo. Si usted empieza a mirar quién tiene paso por dónde, aquí somos culpables los ciento veinte que quedamos.
—Ya. —Nieves se metió las manos en los bolsillos porque no sabía qué hacer con ellas—. He tenido que escribir un informe explicando por qué yo sabía lo que era una nevera. Y he tenido que poner su nombre. Y mañana ese informe lo lee un abogado defensor.
Cas la miró un momento largo, sin enfado.
—¿Y qué quiere que le diga?
—No quiero que me diga nada. Vengo a decirle yo una cosa, que es que a partir de ahora no puedo subir a esta pista si no es de servicio. —Se le quebró un poco la voz y la rehízo—. Y que lo siento mucho.
Casiano Villarroya se agachó, cogió el saco y lo metió en el maletero.
—Va a nevar el martes —dijo—. Suba con cadenas, de servicio o no.