39 El pueblo entero en la puerta
Al día siguiente había dos cámaras de televisión en la plaza de un pueblo de treinta y un habitantes.
—Usted viene a hundirnos —le dijo un hombre de unos sesenta años, sin levantarse.
—Yo vengo a averiguar quién mató a dos vecinos suyos.
—Beni no era vecino mío, era mi primo. Y la maestra le dio clase a mi nieta. —El hombre le sostuvo la mirada—. Y ahora dígame qué va a pasar con el museo.
Fermín Lozano, el alcalde, la esperaba fuera, con el chaleco del ayuntamiento y una cara de haber dormido tres horas.
—Once puestos de trabajo —dijo mientras caminaban hacia la iglesia—. En la comarca, treinta y tantos si cuenta el hotel, el restaurante y las dos casas rurales. Nueve mil visitantes al año. Un microbús. Una fiesta del dinosaurio en agosto que trae a mil personas.
—Lo sé.
—No, no lo sabe. —Se paró—. Usted sabe los números.
Lo que no sabe es lo que es un pueblo que se muere y de pronto no se muere.
Aquí hubo un año, el noventa y siete, en que no nació ningún niño y se murieron cuatro.
Ahora hay tres críos en el autobús de Orihuela.
Tres. Y esos tres están ahí porque hay trabajo, y hay trabajo porque hay un bicho de chapa en un tejado.
Nieves esperó a que terminara.
—Señor alcalde. En 1999, cuando Benjamín Lahoz fue a decirle a usted que las piedras salían de otro sitio, ¿qué le contestó?
Fermín Lozano Tello se quedó mirando el suelo empedrado un rato muy largo.
—Le contesté que qué más daba de dónde salieran si era todo del término —dijo—. Y la parte de arriba del Sabinar no es del término. Es de propiedad particular y linda con el monte de Villar. Y yo eso lo sabía.
Levantó la cabeza y tenía los ojos rojos.
—Y esa frase la he repetido yo en mi casa, solo, muchas noches. Muchas.