Turoliense 36 Lo que quedó en la trinchera
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36 Lo que quedó en la trinchera

Encontraron, en orden de aparición:

Una cuña de acero de veintidós centímetros, oxidada hasta la médula, con restos de mango de fresno.

Una palanqueta de hierro de un metro diez, con la punta doblada.

Cuarenta y un fragmentos de escayola endurecida, de esos que se usan para hacer camisas protectoras a los fósiles, con fibra de arpillera dentro, en tres tonos distintos.

Ciento veinte metros más abajo, en la vaguada por donde cualquiera bajaría con peso, dos huellas de rodada fosilizadas en un barro que se secó y nunca más se mojó, con un dibujo de neumático de tacos anchos.

Y, el día séptimo, en el fondo de la banqueta, bajo cuarenta centímetros de derrubio, media vértebra.

Media vértebra de saurópodo, de unos treinta y cinco centímetros, partida por un golpe reciente, abandonada allí porque estaba rota y no valía para nada.

Consuelo Garcés estuvo un cuarto de hora de rodillas, sin tocarla, con la cámara.

—Teniente.

—Dígame.

—¿Se acuerda de la pieza estrella del museo? ¿La caudal grande de la vitrina central, la que sale en todos los folletos?

—Me acuerdo.

—Está partida —dijo Consuelo—. Le falta la mitad. En la cartela pone que se fracturó por causas tafonómicas antes del enterramiento.

Nieves miró el trozo de hueso en el suelo, en aquella ladera sin camino, a cuatro kilómetros del cartel de chapa.

—¿Y no es verdad?

—Una fractura antigua está mineralizada, tiene el mismo color por dentro que por fuera y suele ir rellena de sedimento.

—Consuelo se sentó sobre los talones—. Esta fractura es limpia, es reciente y tiene el interior más claro que el exterior.

Esto se rompió con una palanca. Y la otra mitad está en una vitrina, a tres kilómetros de aquí, con un foco encima y veinticuatro años de folletos.

Se quedaron las dos calladas. Abajo, en el barranco, se oía el agua.

—Si las dos mitades encajan —dijo Nieves despacio—, ¿qué tenemos?

—Si las dos mitades encajan, teniente, tenemos que la pieza más famosa de esta provincia salió de una ladera privada sin permiso, sin registro y sin nombre. —Consuelo Garcés se levantó y se sacudió las rodillas—. Y tenemos que el hombre al que mataron tenía razón.