Turoliense 35 La Umbría del Sabinar
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35 La Umbría del Sabinar

Chesús Piquer Andrés, agente de protección de la naturaleza, cuarenta y ocho años, treinta de ellos andando por aquella sierra, miró el papel diez segundos.

—Esto es el corral de Cañete —dijo—. Y esto de aquí es el barranco de la Hoz Seca. Y el punto está en la ladera de solana de enfrente, que no es umbría de nada, pero aquí le llamamos la Umbría del Sabinar porque lo era el monte de al lado antes de que lo cortaran en el cincuenta y tantos.

—¿Puede llevarnos?

—Puedo llevarlos. No hay pista. Son cincuenta minutos andando desde donde se acaba el camino y hay que cruzar el barranco.

Subieron el sábado 7 de noviembre: Piquer delante, después Nieves, Consuelo Garcés con una mochila de veinte kilos, el guardia Sancho y la sargento Marzo con la cámara.

El barranco de la Hoz Seca tenía agua a pesar del nombre. La cruzaron por unas piedras. Al otro lado la ladera subía fuerte entre sabinas negras retorcidas, algunas enormes, algunas de mil años.

A los cuarenta minutos, Piquer se paró.

—Es aquí arriba. Miren la costra.

Sobre la ladera, siguiendo la curva de nivel, había una banda de roca clara que asomaba entre la vegetación como un cinturón: dos metros de espesor, color crema tirando a rosa.

Consuelo Garcés dejó la mochila en el suelo, subió los últimos treinta metros deprisa y puso la mano en la roca.

—Aquí está —dijo, sin volverse—. Aquí está el Mioceno. Y debajo...

Se agachó, apartó la hojarasca con las dos manos y descubrió, bajo el labio de la costra clara, la superficie gris amarillenta de una arenisca distinta.

—Y debajo está el Jurásico.

Nieves llegó a su altura y miró lo que ella miraba.

No hacía falta ser geóloga. A lo largo de unos quince metros, bajo el resalte de la costra, la ladera tenía una forma que no era natural: una banqueta horizontal de metro y medio de ancho, con la pared trasera cortada a pico, y debajo un cono de derrubio de cascotes angulosos que ya tenía encima sabinas de cuarenta años.

Era una excavación. Vieja, abandonada, comida por el monte. Pero era una excavación.

—Sargento —dijo Nieves—. Fotografíelo todo antes de que respiremos encima.