31 El armario del fondo
La mesa grande de los de tercero tenía encima un paño verde.
El paño verde estaba vacío.
—Once piezas —dijo Nieves en voz baja—. Aquí había once piezas.
Marzo empezó por el paño. Levantó luz oblicua y en el tejido se dibujaron once rectángulos y redondeles de polvo, once siluetas limpias donde algo había estado apoyado el tiempo suficiente para dejar sombra.
—Estuvieron aquí —dijo—. Y se fueron después de que se posara el polvo. Semanas, no horas.
En el armario del fondo, con la puerta forzada por un destornillador y la cerradura vieja colgando, quedaban tres cajas de cartón con la palabra GEOLOGÍA en rotulador y, dentro, papel de periódico arrugado con la forma de las piezas que ya no estaban.
—Conchas, un erizo, madera petrificada —leyó Nieves de la lista manuscrita que Marisol había dejado en la mesa del maestro, bajo un bote de lápices—. Está numerada del uno al once. Con el sitio y la fecha copiados de cada etiqueta.
Se la pasó a Delia, que leyó en voz alta:
—Ocho, Barranco del Cubillo. Nueve, Los Pozuelos. Diez, Umbría del Sabinar, nueve de mayo del noventa y nueve. Once, Umbría del Sabinar, nueve de mayo del noventa y nueve.
Nieves fue hasta el corcho de la pared, donde seguían clavados los dibujos de junio. Había uno grande, de un dinosaurio de cuello larguísimo, firmado con letra de niño: «Aitana, 8 años».
—Delia. En la libreta de Beni, la última entrada dice «las he puesto donde no las van a buscar, si me pasa algo están donde los críos».
—Aquí.
—Aquí. —Nieves se giró—. Ese hombre metió cinco piedras en el armario de la escuela de su pueblo en noviembre de 1999 y se murió sin decírselo a nadie.
Y las piedras se quedaron ahí veintisiete años, pasando de maestro en maestro, hasta que una mujer que cerraba la escuela las sacó, las fotografió y se lo contó a la persona equivocada.
Miró el paño verde vacío.
—Y ahora tenemos las fotos. Lo cual significa que quien se las llevó hizo un trabajo perfectamente inútil.