32 La primera declaración
Llevaba la misma chaqueta de punto gris. Tenía ojeras y las manos frías.
—Sí, subí el jueves. Llegué a las cinco y cuarto y me fui sobre las seis menos cuarto.
—¿Para qué subió?
—¿Y qué vio?
—Vi once piezas sobre una mesa. Ocho son material didáctico sin interés: conchas, un erizo, madera fósil. Tres son fragmentos óseos de dinosaurio en matriz.
—¿Se llevó usted algo?
Elisa levantó la vista.
—No. No me llevé nada. No podía llevármelo: el depósito de material paleontológico requiere un acta de la Dirección General de Patrimonio, un número de registro y la firma del titular. Se lo expliqué a ella y quedamos en que yo tramitaría el papeleo y volvería.
—¿Quedaron en algo más?
—En nada más.
—¿Habló usted con ella de las etiquetas?
Un parpadeo. Medio segundo.
—Me dijo que la letra le parecía de un vecino.
—¿Y usted qué le dijo?
—Que podía ser. Que en los años noventa mucha gente recogía fósiles por su cuenta.
Nieves puso sobre la mesa una impresión de la foto de la etiqueta: «Umbría del Sabinar, 9-5-99.»
—¿Sabe usted dónde está la Umbría del Sabinar?
Elisa Bádenas miró la foto durante tres segundos largos.
—Sé que es un paraje del término de Cañigral.
—¿Ha estado allí?
—No.
—¿Nunca?
—Nunca.
Nieves dejó pasar el silencio. Después cambió de tema con una brusquedad deliberada.
—¿A qué hora llegó usted a su casa de Teruel el jueves?
—Sobre las siete y media.
—¿Alguien puede confirmarlo?
—Vivo sola.
—¿Salió después?
—No.
—¿Su coche salió después?
Elisa se quedó completamente quieta.
—¿Perdón?
—Su coche —repitió Nieves con amabilidad—. ¿Salió después?